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Rafael Del Naranco: El drama de la emigración

El éxodo de venezolanos hacia medio mundo es la odisea de una crisis económica y política que no cesa, mientras su contexto es cada día una herida que no termina de cicatrizar.

No ha acontecido aún que los venezolanos tengan que hacer lo que los emigrantes llegados de los países africanos, del conflicto del Medio Oriente o unos años atrás de Cuba: subir a enclenques chalupas, pateras, lanchas neumáticas, con el ardiente deseo de pisar tierras de Europa  o Estados Unidos para poder salir de la sórdida existencia en la que han vivido hasta entonces.

Macilentos, exhaustos, rotos, los emigrantes, cuando consiguen burlar los controles de la policía, saben que empieza un nuevo calvario: huir, esconderse, ser explotados una vez consigue pisar un litoral o cruzar fronteras y en el camino encontrar a malévolos individuos que les pagan por doce o catorce horas de trabajo una miseria, mientras los amedrentan con entregarlos a las autoridades si no aceptan ese sometimiento.

Los versos del poeta alejandrino  Constantino Kavafis, que tal vez ignoren, comienzan a amortajarlos con sus estrofas afligidas: “Iré a otra tierra, iré a otro mar. / Otra ciudad encontraré mejor que ésta. / Cada esfuerzo mío es una condena escrita, / y mi corazón, como un muerto, está enterrado”.

La andanza de todo expatriado, sea en nuestra Venezuela o en cualquier parte del planeta donde los seres humanos son mancillados, viene creciendo con ardor incandescente desde la primogénita alborada de los tiempos: dentro de cada hombre o mujer hay  una profunda avidez de hallar mejor existencia, y pocos consiguen ver el edén idealizado.

Cada obligada emigración crea una ruptura penetrante difícil de explicar, es un ahogo que los años no ayudan a amainar, y va alejando esas emociones indescriptibles que hablan de países repletos de leche, miel y son como  un mascarón de proa preparándonos a surcar el piélago de la esperanza.

Miles de seres –el escribidor entre ellas– pertenecemos a la escala de los emigrantes y sabemos en qué consiste dar la vida por alcanzar un lar idealizado.

Nos hemos pasado años hablando, escribiendo hasta dolernos el aliento,  de los desterrados adoloridos y la razón de esa herida sin cicatrizar se halla, y aún sigue ahí, en las estribaciones de la piel: hemos sido expatriados durante más de media vida , y esa condición crea carácter, una manera de vivir que se torna aletargada, retuerce las ilusiones, vuelve mixturas las ilusiones y el anhelo de regresar al viejo lugar materno se va disipando, volviéndose somnolencia que el tiempo, que todo parece curar aún no siendo cierto, va ayudando a disipar.

Es cierto, dentro de nuestra condición de emigrados: hemos sido recubiertos dentro del espacio que nos obliga a envejecer, y sobre él borroneamos historias para tachonar las brumas del tiempo; unas son alucinadas, otras alicaídas, la mayoría con total ausencia de singularidad. De la emigración se ha escrito infinidad de párrafos con largos borrones extenuados.

Uno es escribidor de penurias adoloridas. Si pudiera, no deslizaría las letras sobre ninguna cuartilla. Nací renuente a las palabras y lo sigo estando.

¿Entonces? ¿Y las docenas de páginas embetunadas con miles de palabras? ¿Los libros publicados? ¿Las jácaras sobre la enigmática Patricia? Vaho de la mente para apagar el tedio, la soledad y algunas veces –demasiadas– el miedo al olvido.

Pienso en los venezolanos que en estos últimos años se han ido a otras naciones empujados por atormentas circunstancias y que en ningún instante han creído que la marcha sea para siempre. El país idolatrado va con ellos y son renuentes al completo olvido. Idealizan en sus querencias que siempre habrá una vela encendida que les recuerda volver. Y eso harán en el momento que en Venezuela amainen las aguas turbulentas.

Ahora percibo el libro de Imre Kertész, ese Premio Nobel de Literatura culpable de haber sobrevivido a los horrores de los campos de concentración, el estalinismo y, en su tierra natal, el llamado kadarismo.

Los ruiseñores mueren a despecho de que cantan. Entre el ave y el inmigrante hay un arroyo de silencios, palabras heridas, arrebatos y amapolas mustias.

Es el tintineo del alma cuando unos ojos cubiertos de vaho escudriñan el horizonte buscando en lontananza la tierra deseada, y solamente siguen hallando aguas turbulentas o senderos interminables.

Estamos ante un trágico drama: la realidad de la diáspora venezolana vivenciada hoy en nuestra columna con el deseo de repartir en ella alientos y canturreos consoladores.

Los desplazados saben que un tramo de heredad no es igual a otro; cada lugar posee sus innatas características; no sólo a recuento de que una llanura, pueblo, río o un acantilado nos recuerden lo nuestro, sino por seguir ansiando el terruño que forma la Venezuela siempre anhelada.

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