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Ramón Hernández: La incompetencia ordena y manda

Estoy molesto con la señora que limpia, me cambia las sábanas y me desordena los libros. Desde los tiempos estudiantiles, que es como acordarse del Mayo Francés y la rebelión estudiantil, siempre han estado juntos, como si uno complementara al otro o lo justificara, La historia de la estupidez humana de Paul Tabori y Sobre la psicología de la incompetencia militar de Norman E. Dixon. Tengo varias semanas en que uno u otro desaparecen de mi vista. Trato de encontrar alguna referencia sobre un par de palabras que cada vez escucho con más frecuencia: «órdenes superiores», que es la única explicación que dan en los cuarteles cuando algún soldado desprevenido pregunta el porqué de una tarea o de alguna disposición caprichosa.

Sin estar legal y legítimamente bajo algún tipo de gobierno militar, de esos que consideran que los ciudadanos –los civiles, como ellos los llaman– son seres obedientes, no deliberantes, carentes de razón, ineptos y sin derecho al raciocinio ni a la libertad, se ha generalizado tanto en el ámbito privado como público, en el mundo oficial y en el oficioso, también en las actividades más tontas e infelices, una modalidad de respuesta que también se escucha en Cuba desde 1959 y que la ha convertido en ese degredo «ideológico» en el que nos quieren ahogar. Ayer, en la taquilla del banco, cuyos propietarios son privados y que como institución, junto con las casas de bolsa, al decir del fracasado Jorge Giordani, son las peores alimañas del capitalismo, me dijeron que tenía que recibir obligado un fajo de 500 bolívares en billetes de 5, esos que solo aceptan en las taquillas del Metro.

No solo podía retirar un máximo de 10.000 bolívares, sino que, además, tenía que aceptar 100 de esos inútiles papelitos naranjo-amarillentos (pobre Negro Primero si supiera lo bien que le ha ido a Aristóbulo). Los tomé e inmediatamente llené una planilla de depósito para devolverlos a mi cuenta. La respuesta del cajero fue que estaba equivocado, que el banco no aceptaba esos billetes, que los fuera a gastar en otra parte. Atontado o estupidizado hice la pregunta: “¿Por qué?”. Adiviné la respuesta. Menté madre y me mordí la lengua.

En el libro de Dixon, que fue oficial de las fuerzas reales británicas y se retiró para estudiar psicología y filosofía, hay explicaciones muy convincentes sobre el daño que han causado en el mundo, sea en las guerras o en las actividades diarias del cuartel, las “órdenes superiores”, esas que no pueden ser rebatidas y que se deben cumplir u obedecer sin chistar. Otros documentos más relevantes e importantes, como el Estatuto de Roma, que no se leen por distracción sino para saber distinguir lo que es delito de lo que no es, han eliminado, borrado, expurgado la “obediencia debida” a la cual tanto apelaban los militares y subordinados para protegerse, blindarse, cuando violan los derechos humanos, que no es solo meter presa arbitrariamente a gente inocente, sino maltratar, humillar e irrespetar, como cuando en cualquier alcabala se adueñan de nuestro equipaje, de la botellas de ron y de las medicinas que le llevamos a la abuela con el argumento de que son “órdenes superiores”.

En Cuba las órdenes son de la dirección del Partido Comunista, que es el órgano que manda sobre los habitantes de la isla; en Venezuela son superiores y es más difícil, casi imposible, determinar de dónde vienen y quién es el último responsable, ni mucho menos cómo se llaman esos superiores que simplemente mandan. Creen que el venezolano, a punta de hambre, represión y maltratos, ha dejado de ser díscolo y retrechero, que los genes que convirtieron el siglo XIX en la polvareda y la plomamentazón que dejaban los hombres a caballo se han difuminado con los versos de Tarek William Saab, los paseítos a La Habana de Luis Britto García y el desarraigo gramatical de los constituyentes ilegítimos. El iluminado Espinoza no repartía cogotazos por órdenes superiores, sino para no tener que obedecer “órdenes superiores” de los que presumían de saber leer y escribir y en verdad eran analfabetas funcionales con uniforme militar o levita gris, ahora vestimenta roja. Vendo insignia y dos chapitas.

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