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Enrique Meléndez: El odio por el odio

 

La verdad es que el primero que sembró odio en este país fue Hugo Chávez; desde el primer día en que lo vimos salir del antiguo Congreso Nacional; donde se había juramentado; caminar hacia la esquina de Carmelitas, rumbo a Miraflores, y de modo que, al llegar a la avenida Urdaneta, entonces golpeó su puño contra su palma; como queriendo decir que el pueblo entonces pasaba a golpear a la oligarquía; un término que no se oía en Venezuela desde la caída del Liberalismo amarillo con Cipriano Castro, y su famosa revolución Restauradora; pero que había atizado las pasiones políticas durante el siglo XIX: los años o los días de la ira; lo que significa que su llegada entonces a Miraflores removía ese odio.

No se olvide que él hablaba del “árbol de las tres raíces”, Simón Rodríguez, Bolívar y Zamora; un Zamora sobredimensionado por algunos historiadores de izquierda. Pero era en el que Chávez más se apoyaba, y esto porque en su época fue el típico caudillo latinoamericano; que vivió del pillaje, a cuenta de actuar por el partido de los pobres; destruir propiedades en plena producción agrícola, sólo por venganzas partidistas; la verdad es que la conciencia de Chávez en ese momento estaba muy empañada, con respecto a lo que era este señor, el hecho es que su improvisada presidencia desde un principio lo llevó a tener que valerse de la máxima de Maquiavelo: divide para que reines, y así que necesitó crear un enemigo: la nueva oligarquía venezolana, para poder gozar del favor de las grandes mayorías; tratándose de un pueblo acomodaticio, simplista, holgazán; muy dado al rebusque, y así que de la noche a la mañana nos vimos convertidos en ellos y nosotros; los escuálidos y los patriotas.

Era el momento en que se admitía que etiqueta que ponía Chávez, así se quedaba: escuálidos, dijo un día Chávez, para hablar de un escualidismo, una mínima proporción, que era lo que representaban las fuerzas opositoras. Entonces, Chávez reventaba las encuestas, y se jactaba de contar con el 80% del apoyo del pueblo venezolano, y su política se basaba en el odio, en la burla, en la arrogancia; sobre todo, porque no contaba con ningún programa de gobierno, y no quería hombres de talento a su lado; que le permitieran la continuación de la realización de obras de infraestructura, que se venía llevando a cabo desde la misma época de Juan Vicente Gómez; quien inicia la construcción de la red vial nocional, que va a unificar al país en la primera mitad del siglo XX, y que fue una continuación de todos los gobiernos, mal que bien, digamos así.

Incluso, la llegada de Chávez al poder fue una expresión misma de violencia, y que se materializó; cuando en el juramento de asunción de la presidencia, expresó que juraba ante aquella moribunda Constitución, y que dejó perplejo a más de un entusiasta de la clase media; que había puesto todas sus esperanzas en el proyecto militarista de Chávez; porque hay que reconocer que este militarismo, que hoy nos oprime como régimen de gobierno, fue producto de esa tendencia del venezolano a identificarse con dicha doctrina; pensando que en la fuerza está el orden, y entonces la sociedad se encamina hacia imperativos de grandeza ética, como los que rigen las sociedades modernas.

Que está visto con la República militarista de Chávez que eso no podrá ser nunca; si se tiene presente que el militarismo es improvisación, y la improvisación no conduce sino a este desastre que tenemos hoy en día. Uno diría que Chávez asumió la candidatura presidencial en el año 1998 un poco a lo deportivo. Tenía el afán por el poder. Pero carecía planes de gobierno, y la prueba está que en el discurso de asunción de mando de lo único que habló fue del desarrollo de un proyecto que comprendía la zona Orinoco-Apure; una idea muy peregrina, que respondía a aquella tesis de que había que poblar el continente, hasta su último confín; sin tomar en cuenta que esa zona había sido declarada zona protegida, distribuida entre reservas forestales y parques nacionales; un proyecto loco, que quedó en el olvido, como miles y miles de proyectos de todo tipo; que este gobierno ha anunciando en forma muchas veces aparatosa, y por donde se han ido miles y millones de dólares, y así nos hemos pasado todos estos años.

Porque como yo siempre lo he dicho: un militar lo que tiene es sembrado caos en su conciencia, y no un cosmos. Obsérvese que ese odio, que sembró Chávez fue el que dio pie, para que se iniciara la ola de invasiones de fincas en pleno proceso de producción; como en los tiempos de Zamora; expropiación y estatización de miles de empresas; que hoy no están produciendo nada, y ocupaciones de inmuebles por todas las ciudades de Venezuela; que dio lugar a lo que hoy en día se conoce como los barrios verticales; a los que suman los inmuebles de la Gran Misión Vivienda, y que vino a ser lo supremo de Chávez en materia de improvisación.

De modo que esta Ley del Odio que discute la constituyente cubana, no es sino un sesgo de cinismo, que se permite esta gente; una provocación más, ganas de tenernos ocupados en temas, que no son los de la palpitante actualidad; pues en este país por todas partes estamos cercados. Hay un toque de queda que el hampa decreta entre 7 de la noche y 7 de la mañana. Estamos en manos del hampa; aparte de que el señalamiento, que se le hace al régimen en el campo internacional, es que se trata de un narcoEstado.

En primer lugar, esa ley del odio debería contener como primer artículo la liberación de los presos políticos; para que tenga algún punto de partida, sino su función será convertirse en instrumento, para acallar cualquier voz disidente en el concurso de la opinión pública; pues ¿a partir de qué condiciones es algo bueno, y a partir de qué condiciones es algo malo? Por ejemplo, todo lo que se transmite por la red de medios oficialistas es bueno, mientras que la de la disidencia es mala.

melendezo.enrique@yahoo.com

 

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