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Néstor Francia / Análisis de Entorno: Un Congreso Nacional de Economía  (22-11-2017)

Es bueno decir que la aprobación de la Ley Constitucional de Precios Acordados por parte de la ANC es una medida positiva y además que está lejos de resolver las graves dificultades económicas que tienen origen tanto en la guerra económica como en los errores cometidos. Los problemas de nuestra economía son de índole sistémica, estructural. Hasta que no se trate el asunto realmente como un gran problema nacional inherente al sistema económico, con hechos y no con palabras, tales problemas continuarán y hasta podrían agravarse.

Nadie puede negar el gran esfuerzo que hacen el presidente Maduro y el Gobierno Bolivariano para aliviar en algo la dura carga que cae sobre el pueblo, pero en nuestra opinión las soluciones reales y duraderas no están a la vuelta de la esquina, y quien diga lo contrario estaría haciendo demagogia y tratando de engañar a la gente.           Nosotros no estamos en capacidad de pontificar ni de ofrecer recetas, ya hemos dicho que somos legos en el campo de la economía. Pero hay asuntos que son de bulto o como decimos en Venezuela, de cajón, como que la solución profunda y estable no se puede lograr con paños calientes, medidas aisladas, operaciones de emergencia ni buenas intenciones. Tampoco puede solo el Gobierno, el daño es demasiado grave.

Así como dijimos públicamente en julio de 2016 que en el terreno de la política se acercaba el momento de convocar una Asamblea Nacional Constituyente, idea que ratificamos como propuesta detallada el 24 de abril de este año, una semana antes de que la convocara el Presidente, hoy presentamos responsablemente la propuesta de llamar a un Congreso Nacional de Economía (nacional, no del Gobierno ni del PSUV) que aborde de madera integral el tema del sistema económico que debe darse Venezuela para superar el modelo rentista e improductivo en el marco de la realidad venezolana.

Hay un asunto que hemos planteado más de una vez, que es la necesidad de definir claramente el carácter de la revolución venezolana en este momento histórico. Lo primero es entender que Venezuela no es un país de economía socialista, por más de que haya ensayos de formas económicas que apunten en esa dirección, aun embrionarias y  no decisivas en cuanto a la definición de la estructura económica. Hemos dicho, y así lo ratificamos, que el nuestro es un país capitalista con un gobierno popular-progresista que propone una transición evolutiva hacia el socialismo. Esto implica al menos dos cosas: una, que somos afectados profundamente por la crisis global-estructural del capitalismo y otra, que nuestro sistema económico, que no está aun preparado para una radicalización socialista, debe conformarse como un sistema capitalista progresista que combine distintas formas de organización económica apuntando estratégicamente al fortalecimiento de las formas de propiedad y producción social en función de una larga evolución hacia el socialismo. Un programa económico planteado clara y abiertamente en esos términos podría convocar a la mayoría de los venezolanos a su construcción, mientras se acuerde igualmente no solo continuar sino además profundizar la acción social destinada a paliar los sufrimientos de los sectores más vulnerables de la sociedad.

En la historia del último siglo (1917-2017) hay dos casos emblemáticos de  grandes virajes económicos en medio de importantes experiencias de índole socialista. Uno es el de la Nueva Política Económica (NEP, según la nomenclatura rusa) propuesta por Lenin en la Unión Soviética, decretada el 21 de marzo de 1921. Esta política, adoptada ante los graves problemas económicos en la naciente revolución soviética, que generaban gran descontento en el pueblo, planteaba el viraje hacia formas del capitalismo de Estado y hacia una economía mixta que permitiera el retorno de algunas formas de la economía de mercado que habían sido dogmáticamente suprimidas, y concitó el rechazo de la llamada “oposición de izquierda” en el partido bolchevique. Este sector se pronunciaba a favor del control férreo y absoluto del Estado en la economía y calificaba la propuesta de Lenin como una traición al socialismo. Lo cierto es que para 1928, cuando Stalin puso fin a la NEP y dio inició a la etapa de los “planes quinquenales”, la producción industrial y agrícola había sido restablecida a los niveles que alcanzaban antes de la Primera Guerra Mundial. También había disminuido el desempleo, aunque igualmente se amplió la brecha entre las clase sociales. Sobre esto último, vale recordar la famosa frase del líder chino Deng Xiaoping, cuando la “oposición de izquierda” en el Partido Comunista de China criticó su idea de apertura al capital extranjero, aduciendo que entrarían a China los vicios del capitalismo: “Cuando abres las ventanas para que entre aire fresco, no puedes evitar que se metan algunas moscas”. Todo tiene sus bemoles. Lo cierto es que la NEP abrió las puertas de la conversión de la URSS en una gran potencia.

El otro caso es precisamente el de China bajo el liderazgo de Deng Xiaoping. Con la conducción de Deng, China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista que permitieron a este país alcanzar impresionantes cotas de crecimiento económico. A partir de 1978, el sistema de comunas fue frenado progresivamente y los campesinos empezaron a tener más libertad para administrar las tierras que cultivaban y vender sus productos en los mercados. Al mismo tiempo, la economía china se abrió a la inversión extranjera. Ya a finales de aquel año, la empresa aeronáutica Boeing había anunciado la venta de varios aviones 747 a las líneas aéreas de la República Popular China, y la Coca-Cola había hecho pública su intención de abrir una planta de producción en Shanghái. Por supuesto, este viraje hacia una apertura económica tuvo la oposición de sectores de “izquierda” en el PCCH. Las reformas de Deng permitieron a China acceder a un período de prosperidad y la convirtieron en la gran potencia que es hoy, aunque ciertamente se fortalecieron características del capitalismo y se amplio, al igual que con la NEP, la brecha entre las clases sociales. Digamos de nuevo que todo en la vida tiene sus bemoles.

Sin duda, nosotros no somos ni la URSS ni China, tenemos nuestras propias condiciones. Precisamente la propuesta de un Congreso Nacional de Economía apunta a establecer los virajes y elementos convenientes en una economía como la venezolana, y la dejamos en el tapete a ver si alguien puede recogerla y perfeccionarla.

Un Congreso Nacional de Economía no debería excluir a nadie, y convocar inclusive a factores del gran capital monopolista, como Empresas Polar y la banca privada. Es audacia, innovación, creatividad, fin del dogmatismo y la consideración errónea del carácter de nuestro sistema económico ¿Por qué, si nos estamos reuniendo con un representante del fascismo terrorista, como Luis Florido, no podríamos hacerlo con algunos demonios del capital, si ellos ayudara a favorecer al pueblo? ¿Podemos recordar que Chávez se reunió en secreto con Gustavo Cisneros, tal como después se pudo conocer de su propia boca?

Por supuesto, un evento como este presentaría ante el país una lucha entre los preceptos del neoliberalismo y los del progresismo social representado por los socialistas. Pero si se trabaja sin dogmas ni ideas fijas, podría también abrir cauce a consensos que permitan al pueblo ver la luz al final del túnel. Ahí dejamos la idea.

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