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Luis Martínez: El pueblo no está quieto

En un escenario de profunda crisis como la que agobia a Venezuela, es inexplicable que  aun el gobierno conserve no despreciables porcentajes de popularidad. Las razones pueden ser múltiples y variadas, por ejemplo: conservar el poder casi absoluto durante 18 años ha permitido reciclar promesas y establecer dependencia política a parte importante de la población que recibe el subsidio gubernamental. Utilizar la represión como medida persuasiva para generar miedo en vastos sectores que se cohíben de mostrar su descontento, incluso en procesos electorales. Tener el control  absoluto de los medios de comunicación del estado, además de abusar del tiempo de los medios privados, los cuales satura con permanentes cadenas que trasmiten mensajes que buscan imponer la visión del gobierno. Poseer el control del CNE el cual maneja a su antojo y conveniencia, el cual manipula los procesos electorales que sea de su interés; así como del TSJ y la fiscalía usurpada, para que le sirva como instrumento represivo y de amenaza sobre la libertad de los ciudadanos. Construir enemigos políticos nacionales e internacionales que le permita producir polarización y mantener su maquinaria en constante movimiento sin importar la crisis, la cual achacan a esos enemigos políticos. Acabar con el sector productivo nacional lo que le permite establecer dependencia de las importaciones y un control casi absoluto de la distribución alimentaria, sobre todo en sectores más desposeídos y vulnerables, sin importar el empobrecimiento masivo que sufre la población venezolana como consecuencia de tan nefasta política. Para ellos lo único importante es el control político y económico que garantice la dependencia de parte importante de la población, como manera de perpetuarse en el poder.

Por otro lado, el gobierno ha logrado resquebrajar la unidad de los sectores opositores que se baten sobre dos posturas claramente encontradas: una que impulsa una política abstencionista, a mi manera de ver casi suicida. Y la otra que impulsa la participación electoral como manera de movilizar y organizar a la población para desencadenar eventos que pueden llevar al cambio político en el país. Quienes comulgan con la primera idea no han mostrado caminos claros que permitan hacer creíble tal propuesta, independientemente de que se esté de acuerdo o no con ella, su base fundamental está en la denuncia nacional e internacional, pero sin especificar la forma de producir el cambio. Quienes comulgan con la segunda idea, se han debilitado porque asumen los procesos electorales de manera tradicional cuando están en escenarios inéditos, pues es al estado a quien se enfrentan. En ambos casos hay falta de conexión física y comunicacional con las bases sociales, muchas de las cuales están descontentas con el gobierno, pero no se sienten comprometidas con la oposición. Ambos casos no acompañan de manera continua, a una población que vive en penurias, que sufre una aberrante crisis alimentaria y de salud, que desesperanzada, por ahora, recibe la mesada de sobrevivencia que le da el gobierno, porque no ve alternativa clara, contundente y esperanzadora en el horizonte, capaz de generar un vasto movimiento de cambio que, aun en escenarios electoralmente precarios, arrasaría con este criminal gobierno. El pueblo no está quieto.

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