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Rafael Del Naranco: “Casablanca”, la película inolvidable

Se ha dicho, y es certero, que la película “Casablanca” es la memoria de un sueño compartido y añadido a las equivocaciones que se van integrando en los huecos de los entretelones de la propia existencia.

Se cumplen 75 años de tal vez la mejor película en la historia del cine –uno posee esa certeza– y cuya filmación, que no se hizo en la ciudad marroquí de su nombre, ha estado colmada de permanentes momentos  dubitativos.

Hacerla fue intentar unir un rompecabezas diseminado en una inmensa playa. Un director –Michael Curtiz– que aún siendo genial, le puso poco o ningún interés; unos actores negados a hablarse entre ellos, con un guión construido a pedazos y sin ninguna idea de lo que en realidad se quería hacer, resultó al final que ese drama “kitsch”, algo parecido a una horterada cursi, se convirtiera en el reflejo íntegro de las efusiones pasionales en su mayor grandeza, y es que en la película se ensamblaron cada uno de los eternos arquetipos que ya habían germinado en los albores del espacio y que moldearían la condición humana, partiendo del incomparable “Poema de Gilgamesh”, al comienzo de la historia en tierras de Mesopotamia.

En la cinta fílmica se encuentran los imperecederos arquetipos que moldean, hunde o ensalzan  a los hombres y mujeres en el largo correr del tiempo, concentrados inapelablemente en el amor desventurado, las pasiones encadenadas, el sacrificio sangrante o la entrega más allá de la muerte.

Umberto Eco, el  mítico autor de “El nombre de la rosa”, en una de sus reflexiones moldeadas en artículos de prensa, expresó de “Casablanca” que todo estaba impreso en esa película, ya que justamente ahí se representan “otras mil películas y porque cada actor repite en ella un papel interpretado otras veces y opera en el espectador la resonancia de la intertextualidad”, es decir, la relación directa de un argumento con uno o varios textos que son reflejo genuino de las fogosidades, aprensiones, dudas y querencias del ser humano.

Y ahí está, como parte idealizada,  el reflejo palmario de cada una de las ciudades de la entonces Europa devastada, y es que Casablanca, urbe esparcida sobre las orillas del océano Atlántico, es en la película homónima el mito resurgido de una épica centrada en el conflicto bélico que hizo desgarro la Francia pisoteada.

Hace unos días nos hallábamos en Casablanca. Hacía años que no regresábamos a deambular en esa ciudad recordada al ser Rabat nuestro cobijo de pausa en Marruecos.

Una vez en ella, como hace un lejano tiempo, volvimos al Night Club de Rick, falso local que ha explotado con éxito el núcleo de la película, al expandir como negocio lucrativo el melodrama incomparable que se desarrolla allí y que jamás sucedió en esa ciudad.

Todo el espacio del local está dispuesto para que riadas de turistas–muchos japoneses, muchos chinos– se embelesen con una odisea pasional escenificada entre la enigmática y bella Ilsa y el duro Rick Blaine, un personaje mundano, cínico, con pocos escrúpulos, que tira por la baranda sus viejos movimientos al borde de la ley y asume al final el papel del hombre bueno de la historia. Sucede al último minuto, cuando las hélices del avión girando llevarán a Lisboa, y de allí a la libertad, a la mujer que amó en París con locura y que ahora va unida a un héroe de la resistencia francesa contra los nazis.

Rick había tenido en un instante el gesto más homérico de su vida.

Existen escenas que reposan anidadas en los entretelones más emotivos del mejor recuerdo cinematográfico. Han transcurrido 75 años –se cumplen mañana, 26 de noviembre– y “Casablanca” con todos y cada uno de los ingredientes para ser una película sin pena ni gloria, ha subido el escalón con frases inolvidables que se convierten en elementos míticos en el Night Club cuando entra Ilsa –Ingrid Bergman– con su esposo Víctor Laszlo –Paul Henreid– y al verlos Rick –Humphrey Bogart– le dice a Sam –Dooly Wilson– “tócala otra vez, Sam”. Y él toca y canta “As time goes by”- “Como pasa el tiempo”.

Solemos vivir de diversas maneras, y el cine –siempre en nosotros una asignatura pendiente– nos llevó a la urbe de Casablanca a encontrar la noche en que Rick, en una madrugada de niebla, se apoya sobre la barra de su café americano.

Viste chaqueta blanca, la mano izquierda aferrando al vaso. La mirada  ausente en el vaho del tabaco negro que transfigura un amor nunca olvidado vuelto a encontrar aquella anochecida, y en esa escena nos parece ver el retorno que únicamente ocurre una vez en la vida: el reencuentro de una querencia vivencial, un punzonazo, una cicatriz aún abierta y humedecida.

Es cierta esa imagen cinematográfica unida al inexorable tiempo de la vida: se ama de incontables maneras, pero se recuerda cantando o, como en esta ocasión, viendo nosotros esa vieja película.

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