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Nelson Totesaut Rangel: De uno a otro

Las transiciones a la democracia requieren de ciertas condiciones para ser exitosas. Tenemos el ejemplo vivo de Zimbabue, cuyo futuro, si bien es difícil de predecir, pareciera complicado proyectar un escenario democrático en el país africano. Primero, por su larga trayectoria colonial y dictatorial. Segundo, porque ni siquiera el escenario de economía más caótico lo logró. Es por ello que la dimisión de Mugabe se da por una pugna interna de poder, que giraba en torno a su sucesión. Es decir, una debilitación del hegemón de turno y una planificación no consensuada de quien vendría después de él.

Índices
Los índices económicos, sin duda, influyen. Los procesos de democratización generalmente están asociados a la mejoría en la economía de un país. Fue el caso de muchos países en Latinoamérica: Venezuela y Chile son ejemplos claros de ello. Sin embargo, también pueden existir excepciones a la regla. Tenemos a China, ejemplo de una dictadura de partido único con índices económicos altísimos. También a Rusia, una dictadura civil, pujante económicamente. Pero, los autores concuerdan -cuasi unánimemente- que los progresos económicos llevarán a una eventual democratización. Contrario al caso de Zimbabue, cuyo desempeño (inflacionario y de depreciación) son similares a los nuestros.

Otro aspecto necesario para una eventual democratización son los levantamientos sociales. El caso de Zimbabue se redujo a una alzada militar, sin respaldo de la sociedad civil. Si bien se vieron actos civiles de celebración, no podemos asociar a los mismos como los responsables de la caída del régimen. Ellos no tuvieron incidencia, no fue un movimiento de masas, fue un golpe militar que actuó desde las elites, con complicidad del exvicepresidente exiliado: Emmerson Mnangagwa, presunto artífice intelectual del derrocamiento de Mugabe.

Estos aspectos (económicos y sociales) nos pueden aproximar a lo que Zimbabue no será en lo próximo: una democracia. A todas luces, pareciera que la transición se esté dando de un régimen dictatorial a otro. Posiblemente con ventilaciones un tanto democratizadoras, para poder justificarse en el tiempo, pero su tradición y situación actual pareciera que le impedirá superar su condición política histórica. Por ende, si algo tenemos que tener claro, es que los aventuras militares solas se encuentran lejos de abrir ventanas a la democracia. Esta, ha de ser producto de ambas facciones que participen juntos bajo pactos políticos que permitan una transición efectiva y nada frustrante.

Venezuela
Mi intención se encuentra lejos de comparar a Venezuela con Zimbabue; más allá de lo económico. Pero hay que recordar que existen varios grupos que le apuestan a la salida armada insurreccional. Nuestra historia democrática es larga, pero no tanto. Somos de los países situados entre la segunda y tercera ola democratizadora. Tenemos una tradición militarista y caudillista delicada que nos lleva a abrazar la idea de una ruptura brusca del hilo constitucional. Carlos Andrés Pérez tuvo que soportar 2 intentos de golpe de Estado. Y, el no haber cedido ante las pretensiones militares, lo hicieron garante de la Constitución y de la continuidad democrática.

La historia nos debería de enseñar al respecto. Un golpe plenamente militar se encuentra lejos de democratizar a un país. Es más, lo fractura y divide más. Las aspiraciones, por ende, en una situación como la nuestra, han de ser en pro a la democracia; los esfuerzos han de aspirar por la búsqueda de pactos políticos que garanticen la convivencia pacífica de todos los actores de una realidad. Por eso es que hay que alejarse de los radicales que nublan el rumbo. Aquellos que pretenden sesgar con su insensatez al colectivo, llevándonos a todos a un abismo político, cuyas consecuencias serán infinitamente peores a cualquiera vivida. Y, probablemente, lo único que termine ocurriendo es lo mismo que en el caso de Zimbabue, en donde no se termina de salir del problema, sino que se va de uno a otro.

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