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Jesús Alberto Castillo: La verdad oculta del conde Eros

En estos días de gran ajetreo académico, justo cuando corregía exámenes y expira el calendario del prologando semestre en la UDO, caí exhausto en la cama. Tuve un sueño revelador que me marcó considerablemente. De pronto me conseguí sumergido en una comarca llamada Sumade, encantadora por sus paisajes naturales, su cristalino río Kunaro con muchas piedras y atractivas praderas.  Un ambiente natural que provocaba correr al aire libre, como esos niños tras las esperanzas de vida. Se respiraba paz, mientras el inmenso cielo azul mostraba un horizonte inalcanzable. Sinónimo de plena libertad y señorío. Pero, como parte de la visión hobbesiana, predominaba el mal entre las almas vivientes.

Divisé hombres y mujeres que festejaban a rabiar. Entre bailes exóticos y bebidas enjundiosas se arrastraban al pecado de la carne. A pleno día danzaban y con movimientos zigzagueantes reflejaban la algarabía de un pueblo mitológico. Era parte de la escena que autorizaba el conde Eros en la víspera de guerra contra sus enemigos. Permitía que su pueblo disfrutara hasta rabiar, le daba comida de sobra, aunque, después, lo sometiera a la hambruna más vil. En medio de la festividad se escuchó la voz del flamante gobernante: ¡Amado y heroico pueblo, aquí les presentó a mis 15 valientes guerreros! ¡Ellos van a defender la comarca del más hostil de nuestros adversarios! ¡Viva Sumacre, viva esta valerosa y legendaria casta, predestinada desde el Cielo!

El conde Eros anunciaba a sus 15 guerreros emblemáticos. ¡Todo sea por la comarca! ¡Yo soy el conde Eros, el conde del amor! La euforia se hizo sentir. Las embriagadas voces de la multitud gritaban ¡Viva el conde Eros! ¡Viva la comarca! Mientras alzaban las manos en señal de victoria, me escabullí por un angosto rincón. Allí presencié como Eros daba órdenes a un selecto cuerpo de soldados para que trajera una carreta abarrotada de monedas de oro. Me impresionó su colosal cantidad. El amarillo brillante del atractivo metal impregnaba a la vista. Todos quedaban atónitos y reían a rabiar. ¡Aquí está lo que mueve el mundo! ¡A combatir para que reciban parte de este metal precioso!, expresaba Eros, mientras su rostro mostraba una carcajada estridente.

Casi cuando terminaba el festín, una sorpresiva comitiva real se apersonó al lugar y tomó por el brazo al burlesco conde. ¡Por orden del rey Delfos, soberano de todos los confines de Magnulia, incluida Sumade, usted conde Eros queda detenido! ¡Se le acusa de acumular una enorme cantidad de oro sin rendirle cuenta a Vuestra Majestad! Fue sacado a la fuerza, mientras sus 15 guerreros se quedaron mudos. El conde se perdió en medio del paraje con la guardia real a cuesta. En palacio, el monarca anunciaba que enviaría a la comarca a un sustituto del infortunado conde. A los 4 días, todo resultó ser una divina comedia, de esa que suele deleitarnos Dante Alighieri. El magnánimo Delfos puso en libertad condicional a Eros tan solo si se limitaba a entregarle su botín y seguir al pie de la letra cada una de sus instrucciones.

En eso me desperté. Cuando volví a la realidad casi tocaba el alba. Me levanté en puntillas para no hacer ruido y me dirigí a la sala. Allí encendí el televisor y vi una serie policiaca por el canal Space. Luego, comenzó la rutina del día. Encendí la radio y el Noticiero de la Patria hacia su entrada triunfal en la hora mañanera. Preparé mi acostumbrado cafecito y en 15 minutos terminó el formato noticioso. Seguidamente empezó la alocución del gobernador de Sucre por varias emisoras, anunciando a sus candidatos a alcaldes. Salí directo a asearme. No supe más del programa. En fin, me alisté para asumir los compromisos académicos del día a día. Pero, en mi mente quedó intacto el sueño por tantas piedras que sonaron en el río Kunaro.

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