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Alfredo Toro Hardy: ¿Mendigos o poetas?

Tal como señalábamos en artículo reciente, en el transcurso de las próximas décadas debería estar produciéndose el fenómeno más significativo desde la aparición del homo sapiens: la singularidad. La misma representaría el momento en el que la inteligencia artificial sobrepase a la inteligencia humana, lo cual por extensión conllevará al fin de la centralidad humana en el planeta.

No se tratará con toda seguridad de un gran evento noticioso. No será seguramente tampoco un hecho puntual notorio, tal como lo constituiría aquello que se denomina como el test de Turing. Es decir, la prueba clásica que uno de los padres de la computación Alan Turing formuló en 1950 para determinar la consagración de la Inteligencia Artificial. Según éste, cuando un evaluador humano no pueda distinguir si las respuestas a las preguntas que formula en una conversación natural provienen de una máquina o de otro humano, será porque el comportamiento de la máquina y, por ende, su nivel de inteligencia, resultarán indistinguibles de las de los humanos. De hecho, según se asume ya no será probablemente una supercomputadora la que logre albergar a una inteligencia igual o superior a la humana, convirtiéndose por consiguiente en factor de exhibición.

Por el contrario, será seguramente un proceso anónimo, no evidente. Tal como señala Kevin Kelly, uno de los grandes futurólogos de nuestros días, la propia ubicuidad de la Inteligencia Artificial permitirá esconder sus gigantescos avances (The Inevitable, New York, 2017). Ésta irá siendo incorporada a los más diversos productos y servicios de uso diario, facilitando nuestras vidas. Sin embargo, de manera silenciosa su interconexión a una red de millardos de usuarios, su absorción de cantidades ilimitadas de información y su capacidad para enseñarse a sí misma, la hará ir creciendo a pasos agigantados. Sus manifestaciones se irán haciendo sentir progresivamente cuando en sector tras sector de la actividad económica, los seres humanos se vayan haciendo redundantes. Al final, no irá quedando ninguna área donde la Inteligencia Artificial no pueda hacer las cosas mucho mejor que los humanos. Ésta lo envolverá todo.

Mientras los seres humanos nos mantengamos estáticos en el punto en el que fuimos desplazados, encerrados en los límites de nuestra cárcel biológica, la Inteligencia Artificial seguirá avanzando a velocidad exponencial. Bajo estas circunstancias lo único que incrementará será el margen de la irrelevancia humana. Este desplazamiento no sólo está llamado a generar un replanteamiento fundamental de nuestra utilidad como especie, sino la naturaleza de nuestra condición misma. Será, a no dudarlo, un proceso altamente traumático y angustioso.

Dentro de este marco surge una gran interrogante con respecto a la dirección que asumirá la sociedad. ¿Se caerá en un mundo distópico, caracterizado por la pobreza, la exclusión y la incapacidad humana para velar por su propia subsistencia material? ¿Se tratará por el contrario de un mundo signado por un ocio productivo, en donde a la abundancia material se unirá la posibilidad de acceder a ésta sin necesidad de trabajar? ¿Será una sociedad de mendigos o una sociedad de músicos y poetas sin preocupaciones materiales?

Desde luego que si de escoger se tratase, lo segundo resultaría a todas luces preferible. Sin embargo, ya hoy por hoy la Inteligencia Artificial es capaz de producir música o poesía que no logra ser distinguida de la humana. Si bien los algoritmos no son capaces de replicar el flujo de la conciencia humana ni la sensibilidad que la acompaña, pueden sí mimetizar las expresiones externas de aquéllas. ¿Para qué entonces escribir poesía o novela, componer música o pintar cuadros, si la Inteligencia Artificial terminará haciéndolo mucho mejor? ¿Cómo hacer productivo el ocio si aun en este contexto las benditas máquinas serían capaces de desplazarnos?

La disyuntiva no se plantearía por tanto entre una pobreza cuasi apocalíptica y un ocio creativo, sino entre lo primero y una sociedad de “elios”. Esta última no es más que el producto imaginario de H. G. Wells en su obra de ficción La Máquina del Tiempo. En ella, su protagonista viaja al futuro y se topa con un mundo de ocio refinado compuesto por adultos de mente infantil, los Elio. Los esfuerzos del viajero en el tiempo por establecer comunicación con aquellos resultan inútiles, ante la absoluta falta de curiosidad que los caracteriza. En efecto, habiendo conquistado la naturaleza gracias a la tecnología, estos habitantes se han adaptado a un ambiente en el cual la fuerza, la creatividad o el intelecto no constituyen ya una necesidad o una ventaja para la supervivencia. En síntesis, la apatía se ha apoderado de ellos, convirtiéndose en su signo distintivo.

El sentido común apuntaría a la necesidad de mantener bajo control a la Inteligencia Artificial. Sin embargo, la ubicuidad que esconde sus avances, hace también virtualmente imposible controlarla.

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