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Rafael Del Naranco: El petróleo y Papá Noel

Venezuela ha sido enaltecida por los dioses del Olimpo, y al creerse ceñida en ellos, comenzaron sus derroches, jaranas, y desmedidos gastos, siendo la raíz que hoy  la nación se halle en la cola del padecimiento económico.

Despilfarrando sin medida su opulencia anterior, cada Gobierno de turno dejó de sembrar esa riqueza en un continuado progreso económico  como venía solicitando Arturo Uslar Pietri.

Quizás esos  mismos dioses del Edén mitológico nos dirían ahora que no derramemos lágrimas nuevas sobre penas antiguas, olvidando ellos que nuestra amargura es más inmensa y nefasta, mientras ellos siguen con sus bacanales inmortales.

Esta tierra de gracia, ese país que los carteles turísticos coloreaban y ensalzaban como un nirvana hace nada más que 20 años, en dos décadas se ha recubierto de unas palabras que solamente habían sido utilizadas en los conflictos armados: sangre, sudor y lágrimas.

No somos expertos -ni falta que nos hace- en hidrocarburos; sólo esperábamos, como sería normal en una nación civilizada y democrática, asumir cada día una existencia mejor, en donde funcionara la administración, el seguro sanitario, sus hospitales, las universidades, escuelas y los alimentos fueran una realidad integral de cada día. No ha sido posible, al convertirse la corrupción del régimen en el quinto “Jinete del  Apocalipsis”. Una hecatombe total.

Corría el mes de julio del año de gracia de 2008, cuando el petróleo de la OPEP alcanzaba su cuota más alta: 131,222 dólares. Cinco años antes estaba a $25,24. Y anteriormente, en 1999,   a $10$. En 2013 llegó a tener un valor de 100 dólares. “Una guará”, que dirían pasmados los cubanos.

El precio medio del barril de la OPEP ha subido en el terminado del actual  noviembre los $60,71, partiendo de los $55,36 en el  anterior, lo que configura un 9,66 por ciento de subida.

Analizando como un lego con sentido común ese batiburrillo petrolero que tanta decrepitud nos produce, la dolorosa situación financiera y social del país es funesta, al ser el único maná de los venezolanos al haber abandonado toda clase de industrias pesadas, desatendido el campo, deshecho las empresas de tecnología, pesca, construcción y dejado a su suerte a los pequeños empresarios que son base en cualquiera de las sociedades razonables.

En ese predio de gracia, los hidrocarburos del subsuelo, ha sido bendición y calamidad mientras poseían algo de maligno. El mismo color azabache guarda una similitud con lo escabroso y prohibido, la hechicería y otros planos  en el submundo del sortilegio.

Los mexicanos, a nuestro entender, le dieron al petróleo el mejor nombre posible: chapapote. En Venezuela “mene”, mientras en el resto del mundo, “escupitajo del diablo”, debido a los desarreglos que siempre viene acarreando al ser un producto de lo más recóndito de las entrañas de la tierra, donde la nigromancia y todas las ciencias esotéricas ubican el trono de Satán.

En la Sagrada  Biblia, el petróleo es designado con nombres vernáculos. Se le menciona como brea, asfalto o aceite de piedra. En las riberas del Mar Muerto era tan abundante que los romanos lo designaron “Lacus Asfaltitos”. Los persas le decían “mum” y los egipcios “muniya”.

Las barcazas de Cristóbal Colón pudieron fondear en estas costas del “nuevo mar océano” gracias a la brea; de lo contrario, las maderas se hubieran resquebrajado a los pocos días de salir de Palos de Moguer, en la provincia española de Huelva.

En lo privado, el mundo del petróleo nos importa un comino, pero el crudo no hace lo mismo con nosotros. Vivimos, de una forma u otra, embetunados de esa resina que necesitamos como el aire en esta heredad que ha terminado por no producir casi nada o muy poco.

Los antepasados aborígenes lo tenían más claro; ellos mismos, sin falta de multinacionales o trabajos químicos, utilizaban la brea para sus actividades cotidianas. Y no digamos del sentido de la inmortalidad dado por los embalsamadores gracias a los poderes de conservación que poseen.

Debido a esa gnosis es nuestro tótem, el amuleto de dichas o desgracias, el padrote de la amargura o felicidad, el hacedor de la vida cotidiana. La hogaza que necesitamos cada día.

Y aún así, salta la consulta: ¿Por qué razón, si el petróleo está por encima de los 50 dólares seguimos cada día peor y la moneda nacional con referencia al dólar está convertida en una migaja?

Añadamos en medio de esta situación otra pregunta: ¿Venezuela sigue suministrando en invierno, como un Papá Noel desprendido, combustible barato a miles de hogares estadounidenses de bajos recursos económicos en Boston (Massachusetts) y Nueva York?

Un añadido equitativo: Si así es, se podrían dar unos barriles igualmente a España, Italia y Portugal para que los jubilados venezolanos en esos países puedan cobrar estas navidades su jubilación venezolana que no reciben desde hace dos años.

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