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César Henríquez: El primer  deber de un alcalde: Comenzar a desmontar  la vieja costumbre política de mandar y obedecer

El municipio constituye un espacio de primer orden para promover una inversión del rasgo decisivo de la política tradicional, al ser ésta el monopolio del ejercicio del gobierno de la ciudad en manos  de las corporaciones políticas, los profesionales de la gerencia pública, la tecnoburocracia y los grupos de poder económico, para quienes la alcaldía es un botín de guerra, que rinde sus mejores frutos cuando se maneja como un coto cerrado. En el municipio debemos formarnos todos, en una escuela abierta, para co-administrar el barrio, el sector, la ciudad y, progresivamente, ejercer el  autogobierno de los ciudadanos, en una escala creciente, en dirección a lo que algunos han denominado las potencialidades de una democracia infinita. Asumimos, con Gramsci, que el principal problema de la política es la separación entre gobernantes y gobernados. Creemos, en el contexto del pensamiento complejo de Edgar Morin, que la democracia es la resultante de la combinación, problemática, aleccionadora, de todas las formas de la democracia posibles: comunitaria, deliberativa, referendaria, protagónica y representativa, con tendencia a reexpresar ésta última en el marco de todas las demás.

En el campo de la transparencia en el ejercicio del gobierno, creemos que los ciudadanos podemos asumir, como premisa, una sana y tajante desconfianza en la autodeclaración de honestidad de los políticos profesionales, que juran y perjuran, más allá de sus diferencias político-ideológicas, que la única motivación que los impulsa a ejercer la política es la intención de servir desinteresadamente al prójimo, nunca para fortalecer sus privilegios o conseguir el enriquecimiento  personal. La corrupción política se encuentra tan extendida en el mundo, afecta a presidentes, ministros, parlamentarios, alcaldes,  o  jueces, y empresarios asociados a estos, que la gente de a pie, por cautela, con sabiduría, debería dormir con un ojo abierto y otro cerrado y dejar de emitir cheques en blanco a este personal, así se trate de monjes benedictinos.  El problema de la corrupción administrativa no es de índole moral, gente honesta y ladrona la hay en todas las profesiones, el  centro de la reflexión hay que ubicarlo en el monopolio, el secreto, con el que trabaja la clase política tradicional y los millones de personas que con su inocencia quedan librados a sus posibles (y frecuentes) desmanes. Está el hecho, además, que los políticos, prácticamente todos ( o casi), coinciden en que hacer negocios “honestos” después que son electos, son totalmente lícitos cuando se trata, por ejemplo, de recaudar fondos para sus partidos, una aberración insólita que a la gran mayoría de ellos no les provoca el más mínimo rubor.

Insistimos, la cuestión no es de orden moral, sino de liquidar el monopolio, la discreccionalidad, cualesquiera sean las intenciones de un político en relación a los recursos que le pertenecen a la ciudad. Esto se traduce en la obligación de contar con mecanismos de control, que aseguren las condiciones para que los ciudadanos, sus asociaciones, puedan postularse libremente- y ser aceptados sin mayores requisitos- para vigilar proyectos concretos de la gestión pública, así como la participación directa de trabajadores de las alcaldías (cuya designación no sea controlada por los sindicatos) para hacer seguimiento desde adentro de la institución a la administración de los recursos , con el libre acceso a la información que maneja la gerencia, en combinación con los usuarios, así como una amplia entrada a la prensa y  las instituciones académicas en relación a la documentación oficial, en cualquiera de las etapas de un proyecto.

En lo que se refiere a la distribución y aprobación de presupuesto, hay que adoptar mecanismos de descentralización profunda, sobre todo por lo que se refiere a la planificación de obras sociales. El criterio señalado por Marta Harnecker, inspirado en la experiencia de participación del estado de Kerala en India, reviste un particular interés, pues se trata de elevar cada año el porcentaje del gasto que es objeto de decisión por las microvecindades, allí donde el contacto se realiza cara a cara, hasta un nivel del setenta por ciento por ejemplo. Allí donde resulte necesario seleccionar proyectos que involucren a sectores más amplios o a toda la ciudad, parlamentos vecinales electos por la base, sin control partidista, podrían someter el mismo a procesos de  discusión global, con el uso consuetudinario de la figura del referéndum (en base a campañas informativas previas, talleres y  presentación organizada de opciones), de forma que los vecinos, además de ocuparse de los aspectos más directos que les atañen, puedan participar en el gobierno de la ciudad.

Asimismo, es importante la promoción de comunidades autogestionarias que puedan impulsar, con criterio propio, formas de especialización territorial a través de proyectos socioeconómicos (como una cooperativa o empresa comunitaria para generar empleo o producción local), o proyectos de índole socio-cultural (de potenciación de la identidad y creación artística), medio ambientales o ecológicos (con producción de energía limpia y rehabilitación de espacios), o también, iniciativas de prevención de violencia y delitos (con involucramiento de todo el vecindario), entre otras. Emprendimientos que podrían dar lugar a redes de colaboración y de trabajo en un ámbito más amplio.

Es importante señalar que los vecinos deben contar con la libertad de crear e impulsar formas organizativas propias, no necesariamente utilizar aquellas preestablecidas en las leyes, sin sometimiento ni  exclusiones de ningún tipo, sean estas de orden partidista o de cualquier tipo. La idea es promover un clima de participación creciente, diversa, plural, que ponga en tensión  a todas las fuerzas sociales y a las instituciones de la ciudad, con miras a dejar atrás, como decíamos en un inicio, la vieja cultura política de encumbrar a los líderes y mantenernos en la pasividad, que afecta la calidad de vida de todos e inhiben la creatividad y la alegría de los que pueden pasar a convertirse en dueños de su propias vidas.

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