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Rosario Anzola: Los misterios del Díctamo Real

Hace varios años la Fundación Empresas Polar me publicó un libro que titulé “Aguas ardientes”.  La obra es producto de un taller que dictó durante un año la amiga y gran periodista Milagros Socorro. El libro en cuestión versa fundamentalmente sobre el cocuy, una bebida ancestral propia de la zona semidesértica de los estados Lara y Falcón.  El cocuy pasó de ser una bebida escondida a una bebida apreciada en salones y saraos, y es en realidad el equivalente venezolano al tequila mexicano. Si bien el libro describe la tradición, la manufactura artesanal del cocuy y recetas a base de este licor, dediqué un aparte al Díctamo Real, poco conocido entre nosotros, y que hoy he querido compartir con los lectores a objeto de acercarlos a su leyenda y a sus misterios.

El Díctamo es una yerbita que, cuando sale el sol, a las cinco de la mañana, brilla para anunciar el amanecer.  Se da en el Páramo de El Turmal, cerca de Carache. Dice la leyenda que en tiempos remotos un rayo cayó sobre una de estas matas y ésta soltó un jugo especial que es como la concentración de la energía del rayo, del fuego y del sol. Desde entonces todas las plantas que nacieron, como hijas de esa mata,  conservaron el poder… No  sé si es una yerbita o un frailejón o la raíz de un árbol, pero si sé que se consigue una bebida muy medicinal al meter un trozo de Díctamo en una botella de aguardiente.

Cuando el maestro trujillano me echó este cuento, se me desató una inmensa curiosidad por conocer qué era el Díctamo Real. Después de buscar por aquí y por allá, conseguí finalmente una botella en Valera. Es un líquido de color negruzco con una especie de corteza que sobresale hasta tocar la tapa de la botella. Tiene un tirro, sobre la etiqueta, con unas palabras escritas en temblorosa caligrafía: Díctamo R. CaballerosESP. (E) ZAXX. La etiqueta es una fotocopia, también escrita a mano, y en ella se lee: Dicen que el Díctamo Real sirve para mantenerse joven y fuerte, aseguran también que su preparación es un secreto de los habitantes de Carache, como seguramente este Díctamo es más económico que una cirugía plástica, nada pierde usted con llamar a Gonzalo Yépez, a quien llaman “El mago del Díctamo”.

La persona que me vendió la botella de me exigió no nombrarlo y me especificó con vehemencia:

Esto se vende sin permiso y si saben que yo lo comercio ¡me pueden meter preso!  Vea usted, el Díctamo se consigue exclusivamente en el páramo y no lo ve todo el mundo, quien lo llega a ver puede considerarse afortunado para toda la vida. Un amigo mío que sí lo vio, dice que vio un brillo dorado sobre la mata, de un dorado que le picó los ojos. Durante la colonia, le llevaron una botella de Díctamo al Rey de España, para que lo tomara como repotenciador y afrodisíaco. El Rey se aficionó a esta bebida y por eso le acomodaron el nombre de “Real”, categoría otorgada a los productos usados por el Rey. El Díctamo preparado para caballeros se hace con una base de ron o de “miche” y si es para las damas, se prepara con vino de manzanas y algunos lo entierran por un mes o más, antes de beberlo… Se toma media copita diaria, en ayunas.

En el libro “Del rayo y de la lluvia” de Adriano González León, encontramos un hermoso texto dedicado al Díctamo Real, el cual comienza con las palabras de un campesino trujillano:

Debe esperarse a que las nubes se pongan de este lado y comiencen poco a poco su destiemple. Cuando ya estén como hilitos y todo se haiga vuelto claro, cuando usté pueda aguaitar los trigos que están allá, más allá de la última cerca, oiga, mire, cuando ya la neblina se ha vuelto muy blandita, entonces saldrá un chorrito de sol desde el cielo, un chorrito delgado que es el que alumbra la yerba y la yerba que usté vea alumbrada esa es el dítamo real.

El escritor menciona que supo entonces y por primera vez de esa planta milagrosa que dona potencia y hace inextinguible la juventud. Adriano relaciona esta leyenda con otra leyenda que tiene cinco milenios: la odisea de un héroe llamado Gilgamesh, quien atraviesa los bosques sumerios en búsqueda de la inmortalidad, habla también de los afanes del conquistador Ponce de León por encontrar la fuente de la eterna juventud, de la pasión de Shakespeare al profesar la permanencia eterna a través de los versos, del desprendimiento del alma que negocia Goethe para no perder la lozanía y de la persistencia de los poetas para buscar eternamente al poema.

Me conmoví al escribir las últimas líneas de las “Aguas ardientes” en la atmósfera que crea  Adriano González León alrededor del Díctamo Real, pues responde a mi insaciable y permanente indagación acerca de los misterios y eternidades vinculados con el quehacer humano. Brindo por quienes me develaron las ardientes aguas y por las revelaciones acá derramadas en nombre del recuerdo y la memoria.

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