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Rafael Del Naranco: Ciudad de Jerusalén

La mística de la fe es un monolito en el alma del ser humano. En ella el raciocinio no concentra olvido, y en su nomenclatura Jerusalén es el enclave enraizado de las tres religiones monoteístas, un torrente de convulsiones en el correr de los siglos.

Esta semana diversos líderes políticos expresaron su inquietud ante  la decisión del presidente  Donald Trump  de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel, aún siendo ciudad sagrada para cristianos, judíos y musulmanes.

Los hebraicos han venido dando diversas concesiones en ese tablado explosivo tras derrotar en junio de 1967, en la “Guerra de los Seis Días”, a un ejército  árabe formado por Egipto, Jordania, Irak y Siria.

Ahora, lo que no están dispuestos bajo ninguna causa, es a entregar la ciudad de David a modo de la revuelta en los años 60-70 después de Cristo  contra los romanos. Desde ese entonces todo hijo de Jacob imprime en cada uno de sus descendientes la esperanza mantenida al calor del deseo jamás olvidado: “El año próximo en Jerusalén”.

Profundos ramalazos vienen estimulando la diáspora a partir de la noche de aquellos tiempos hincados sobre las piedras derruidas del Templo de Salomón y en su consagrada evocación exclaman:

“¡Ah, Jerusalén, Jerusalén!, si llegara yo a olvidarme de ti, ¡que la mano derecha se me seque! ¡Quede pegada mi lengua al paladar si yo no me acordara de ti!”.

Al paso de los siglos ellos vivieron con filisteos, moabitas y fenicios. Han sufrido y anhelado esperanzas sobre los surcos áridos a veces, fértiles y renacidos otros. Compartieron sus rezos ante las mismas piedras, sembraron trigo y recogieron aceite con los vecinos de diversas creencias.

Hace largo tiempo esa convivencia  está truncada sin que nadie apenas recuerde cuando los descendientes de Abraham o de los omeyas sunní saboreaban bajo las jaimas de piel de cabra o de camello en el desierto de Galilea, Samaria, Negev o Sinaí, el mismo café negro, mientras unos invocaban la suras y los otros el Libro de los Proverbios.

La convivencia actual entre árabes y judíos es un nudo en la garganta que impide atesorar un pequeño resquicio de esperanza posible. La sangre llama, y cuando se encuentran, el polvo, el agua y la cutícula cobriza, se cubren de escarlata quejumbrosa.

Historias, de uno u otro signo hay muchas, algunas iguales y a la vez distintas. ¿Y la verdad? Atravesando el aire transparente entre las estribaciones del Río Jordán y las riberas salitradas del Mar Muerto.

No es una frase hueca si decimos que judíos y palestinos están obligados a entenderse mientras el cielo y la tierra coexistan. Han vivido juntos desde el principio de los períodos bíblicos y lo deberán seguir haciendo.

¿Alguien recuerda hoy que por los caminos de Beer Sheba existió un largo período de paz entre esos dos pueblos nacidos a la sombra de los profetas?

¿Algún día renacerá el sueño de Isaías en la brillante luminosidad de esa tierra en la que esas comunidades están destinadas por los dioses a vivir yuxtapuestas?

Así dice el versículo: “Y alegraréme con mi pueblo, y nunca más se oirán voz de lloro ni voz de clamor. Y edificarán casas, y morarán en ellas; y plantarán viñas, y comerán el fruto de sus cepas”.

No es extraño que el síndrome de esa ciudad, tan universal como la luminiscencia y el aire, sea el soplo de una pasión desmedida levantada sobre millones de almas a través de los siglos, desde aquel lejano día en que David lanza una piedra sobre la cabeza de Goliat, lo derriba, es nombrado rey, y comienza la historia más apasionante jamás contada, debido a lo que tiene de sublime locura, ramalazo sin fin, amor a raudales y religiosidad infausta.

Al escribidor Jerusalén le ayudó a comprender la paradoja de esta raza cuya resignación es la expresión de su propia existencia.

Refieren los hechos de este pueblo que cuando el antisemitismo se fortaleció a mediados del siglo XIX, los judíos consideraron  que había llegado la hora de regresar a la tierra prometida, poseer surcos para arar, un pedazo de campo con sinagogas y un rincón inviolable donde enterrar a sus muertos.

El 14 de mayo de 1948, tres milenios después de la primera gran expatriación, Ben Gurión proclamó la segunda fundación del Estado de Israel. Con ella llegó la Guerra de los Seis Días, las revueltas de la Intifada, y nada de ello impidió consolidar la nación y ser el único país con una democracia consistente y ejemplar en el Medio Oriente.

Muy escasas veces en la historia un pueblo ha tenido que moldear cada día su sentido de nación con el empuje, coraje y fe que lo continúan haciendo los descendientes de las Doce Tribus de Israel.

En el Talmud se lee: “Diez medidas de belleza descendieron sobre el mundo; nueve recibió Jerusalén y una, el resto del planeta.

Diez medidas de dolor descendieron sobre el mundo; nueve recibió Jerusalén y una, el resto del planeta”.

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