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Alirio Perez Lo Presti: Irresponsabilidad como estilo

Había una vez un profesor, cuya capacidad de responder las preguntas más enrevesadas, con respecto a los más disímiles temas, asombraba a quien lo escuchaba. Se trataba de un hombre sencillo y de lenguaje claro, quien en forma puntual iba resolviendo cada interrogante que se le planteaba. Atraído por sus acrobacias retóricas, no pude dejar pasar la oportunidad de preguntarle cómo era capaz de salir de los enredos intelectuales más complejos, y la respuesta fue simple. Me dijo que su forma de conducirse era consecuente con varias cosas: claridad de propósito, reconocimiento de lo que desconocía, pero por encima de cualquier cosa, me dijo, había sido privilegiado con el don de tener sentido común.

¿Es el sentido común una especie de gracia de la cual muchos carecen y su cultivo obedece a espíritus muy elevados? ¿O simplemente el sentido común es pensar y actuar de manera armónica sin extremismos? ¿Tener sentido común es asunto de mentes sublimes o es propio de gente práctica que percibe la vida como un campo en donde hay que resolver las cosas para bien? ¿La pérdida del sentido común es una forma de locura? ¿La ausencia de sentido común es la gran condena del hombre?

Una de las cosas que va generando como bola de nieve sensación de desconcierto en muchos venezolanos, dentro de los cuales me incluyo, es el hecho de que nos parece que el sentido común de nuestros líderes pareciera haberse extraviado y no percibimos que la brújula del mismo se enderece. Vemos liderazgos atomizados e incapaces de establecer una línea uniforme en lo que respecta a los objetivos perseguidos, haciendo que el ciudadano quede atrapado en una suerte de indefensión en la cual no percibe salidas a sus desgracias cotidianas. Sin liderazgo organizado, el enredo venezolano tiende a perpetuarse, porque si bien es cierto que las luchas por las causas sociales son como los caminos largos y angostos, no menos cierto es que las mismas deben tener una orientación clara y definida. El caso venezolano es ejemplo de improvisaciónde lucha y falta de uniformidad de criterios.

A veces me pregunto hasta qué punto ha de llegar el asunto de agravamiento económico para que se tomen medidas que permitan solucionar los graves asuntos financieros que agobian a las personas. ¿O acaso es un plan para inducir un malestar tan grande para tener un control social que permita implantar recetas anacrónicas asociadas con formas de entender las relaciones económicas que se intervinculan en una sociedad? Por más que algunos se lo quieran plantear como una fantasía, Venezuela no es una isla. Muy por el contrario, los ojos del mundo tienen la vista puesta en nuestra nación y cada yerro es escandalosamente percibido por gentes de otras latitudes en donde reina un mediano equilibrio.

Para quienes tenemos el compromiso de ser generadores de una conciencia de carácter educativo en los centros de estudio en donde laboramos, es muy triste escuchar lo lastimoso que se ha vuelto el discurso de nuestros jóvenes que solo esperan tener una oportunidad de escapar para hacerse la idea de tener un futuro en otra nación.

Soy de los que piensan que una de las características del hecho de cultivar la libertad es asumir la responsabilidad de pagar su costo. Como ciudadano estoy dispuesto a hacer sacrificios si entiendo las razones por las cuales debo hacerlo, mas comprendo que si no se nos da una explicación razonable, una justificación sincera o por lo menos una franca disculpa, inevitablemente entramos en conflicto con una dirigencia que siembra pesares y no resuelve conflictos.

La casta de líderes que ha tratado de señalar cuáles son los caminos que debemos transitar ha sido tan infinitamente irresponsable en la toma de decisiones, que solo podemos pensar que no tienen un mínimo de sentido común; maliciosamente llegar a la presunción de que el caos los beneficia o ambas posibilidades. Este desastroso malestar cultural tiene su máxima expresión simbólica en el uso de las palabras más elementales con las cuales se crea entendimiento en cualquier sociedad. Hablar en Venezuela de diálogo, negociación, concesión, elecciones o entendimiento, ha dejado de tener el sentido que cada uno de estos vocablos posee para terminar convirtiéndose en una suerte de “malas palabras” con las cuales debemos lidiar.

El espíritu sano de una nación se basa en su capacidad para establecer un acuerdo entre partes que jamás debe ser de carácter irresoluble. Negarle espacios de participación a quien piense diferente o cometer el suicida acto de no reconocer su existencia es fuente de terribles estados de desasosiego que deriva en crisis que son muy difíciles de resolver. Si nos empeñamos en hacer a un lado el más mínimo sentido común, estamos condenados a extraviarnos irremediablemente. Si un chispazo asombroso hiciese su aparición y recuperásemos la cordura, entenderíamos la gravedad del mal que padecemos y sería difícil llegar a perdonarnos. Así estamos.

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