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Oscar Morales: Algo está mal o muy mal

Hay síntomas inequívocos que manifiestan los padecimientos insoportables del  país. La realidad es necia y nos cachetea diariamente. Hay situaciones incómodas que revelan los desaciertos calamitosos. En todos los ámbitos, la sensación de bienestar se extinguió. La opacidad, la ilegalidad, la confusión entre causas-consecuencias y el contrasentido, se han mezclado para destrozar las bases ciudadanas. Todos los parámetros de normalidad se descontrolaron.

Por ejemplo, intentar imponer por decretos descuentos de ciertos bienes, o procurar que el Estado se ocupe de importar cerca del 80% de los productos y servicios que llegan al país, es una muestra de que algo está mal.

Subsistir con un salario mínimo que no te alcanza para comprar un kilo de jamón, o que te vendan cucharadas de azúcar o leche, son signos de que algo está mal. Sobrevivir respirando una inflación mensual  por encima de 50%  -cuando esta cifra sería la acumulada en 10 años de países cercanos como Colombia, Ecuador o Chile- es una imagen que no se festeja.

Ser el primer país petrolero con hiperinflación en la historia, o que llevemos cuatro años consecutivos de contracción económica, evidencian que algo está muy mal. Hacer posible que tengamos un negocio más rentable que la droga -al tener  un dólar a 10bs y poder transarlo en 10.000 veces ese valor en el mercado paralelo- o que en menos de un año el billete de más alta denominación se multiplicó en 1.000, son marcas del mal rumbo que transitamos.

Declarar que una página web  boicotea las políticas económicas  implementadas, o que debas forzar el límite diario de retiro de dinero en efectivo en los bancos -que  no representa ni el 10% del salario mínimo-, son demostraciones de que algo está muy mal. Estar rodeado de múltiples tipos de cambio, y al mismo tiempo estar saturado de controles de precios, revela que muchas cosas están mal.

Organizar la administración pública de tal manera que el poder militar tenga presencia en más del 50% de los puestos claves, o que te prohíban el acceso a un bien público por no contar con una identificación partidista, es algo bastante malo. Observar como el sector comercio es destruido progresivamente -desde el pequeño carnicero de Quinta Crespo, hasta el sector automotriz que cuenta con  una capacidad instalada de ensamblar 250.000 automóviles y no llegará a los 2.500 este año-,  o que se tengan más de dos años sin publicación de cifras económicas oficiales  y más de 3 años sin indicadores sociales, certifica el oscurantismo y el descrédito.

Me temo que no debe celebrarse como un éxito nacional el  registro de más de 2 millones de venezolanos en el extranjero buscando lo que no puede brindarle su país, o que se bloqueen los canales de ayuda humanitaria internacional para asistir a la población que sufre las carestías. Es malísimo que se pronostique para el año entrante el cierre de más de 1.000 establecimientos industriales,  o que se desconozca las premisas que utilizaron para elaborar el presupuesto de la nación del próximo período.

Permitir que el jefe de Estado administrara –tiempo atrás- semanalmente 120 millones de dólares, provenientes de los ingresos de la principal industria del país, bajo absoluto secretismo, no es algo para aplaudir. Inventar cualquier instrumento para someter y controlar a la población, no es un detalle que pueda presentarse como admirable o saludable.

Cuando se cree que podemos prometer y garantizar millares de derechos sociales, olvidándonos de crecer económicamente, lamentablemente estamos mal y no garantizaremos ni medio derecho. Cuando proponemos el diseño e implementación de un sistema de pago, sin importarnos las dosis de confianza que necesitan los agentes económicos para que acepten la moneda, desafortunadamente no servirá de nada y acabaremos mal. Cuando se afirma que la estabilidad nacional se logra mediante la coacción y la fuerza permanente, ahí todo terminará fatal.

Querido 2017, te extrañaremos.

Esperanzador 2018, estamos mal, lo sabes. No permitas que lleguemos a estar muy mal, por favor. No es mucho pedir.

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