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Rafael Del Naranco: Un cambio de luminiscencia

Existe en nuestro interior un ser arrullado por indefinidas pleuras de lluvia, y el alma rezuma humedad. En el lejano terruño, collado escondido al norte de Hispania, llueve tan continuo que las miradas de los niños son ánforas, y las gotas de escarcha la  nana que los hace adormecerse.

“Duérmete hijo del alma que viene el coco, y se lleva a los niños que duermen poco”.

Fuera, tras las cortinillas de la opaca ventana, sobre el campo sembrado de robles, abedules, castaños y pinos negros, el agua se aletarga entre los duros troncos. La niebla se esparce en el aprisco mientras dentro de la casa solariega, el calor de la lumbre incita a una dúctil duermevela o a la lectura de añejos libros acumulados sobre la hornacina.

Ojeo, intentando conjurar la alucinación del sueño, una antología de Joseph Brodsky (“No vendrá el diluvió tras nosotros”). Releo a pedazos la “Gran elegía a John Donne”: “La cama se ha dormido; se han dormido mesa, ganchos, pestillos, alfombras, ropero, aparador, la vela y las cortinas”.

Uno sobrevive de mengua, soledad, abandono o desaliento. La causa  quizás sea lo de menos; lo es sin duda ese concepto afligido y subrepticio llamado indiferencia.  Se ha escrito a lo largo de la historia de la existencia tanta filosofía, poesía y novela que, si la amontonáramos y levantáramos una escalera, llegaríamos a las mismas puertas del nirvana para preguntarle a Dios si en verdad Él es Él o una perturbada invención de la angustiada quimera humana.

Por supuesto, no habrá respuesta. Hace siglos, demasiados, que los dioses del Olimpo a partir de “La Odisea”, “El libro de Job”, “El Mahabarata” -sin duda uno de los documentos religiosos importantes- igual a “La Biblia” y “El Corán” y mucho antes “El Poema de Gilgamesh”, ya no hablan con los hombres; por eso hay que leer los poemas de Du Fu -en opinión del norteamericano Kenneth Rexroth, “el mayor poeta no épico ni dramático que jamás haya existido en lengua alguna”- y en estas horas de tanta incertidumbre en el ciclo de la historia actual con más espoletas atómicas que espigas en un carromato de bueyes, a Brodsky:

“Y no importa que un vacío empiece a abrirse / de entre tus sentires, que tras la gris tristeza / crepite el miedo y, digamos, un foso de furor.

Porque en la era atómica, cuando tiembla hasta la roca, / podremos sólo salvar los muros del hogar, / los corazones, fundiéndolos con fuerza igual  y nexo semejante a la muerte que los viene a acechar. /Y temblarás al escuchar decir: “Querido”.

Siendo hermoso solamente es un poema incomparable y, aún así, nos hace exclamar al cielo protector: Si muere el mar, ¿por qué no lo vamos a hacer nosotros, débiles seres indefensos, hendidos de miedos, dudas y aprensiones?

Estamos hechos de salitre, guijarros, arena fina, caracolas, algas, promontorios solitarios y horizonte ancho e inmenso.

Primero fue la palabra vuelta espíritu en el Génesis. “Yo Soy el que soy”, palabras de Jehová en el primer pasaje de la Biblia, y es que siendo Dios omnipresente, todo se convierte en vocablo bienhechor cuando se expresa  en las páginas de los libros.

 

Ahora los científicos, los nuevos dioses, en tubos de ensayo, sobre guarismos y en caldos fermentados, igual a la vieja Cábala, crearán el nuevo hombre, el súper Adán. Le inyectarán sustancias con la ensoñación de que la maldad decrezca y la bondad aflore por cada uno de  sus poros. Era el sueño de Parcelso, Miguel Server, Campanella, Leonardo da Vinci y otros alquimistas del siglo XVI.

Nadie lo sabe bien, pero quizás  podrá llegar un día en que la humanidad ame a sus semejantes con diáfano afecto en lugar de matar y destruir. Es una utopía y aún así los nuevos descubrimientos de la ciencia abren esa esperanza.

Hace unos años se hizo  una receta  para crear una persona. El genoma fue completado en forma de lenguaje químico y con millones de bases nitrogenadas hacer la nueva raza intercambiando cromosomas.

A lo mejor sucede todo lo contrario y nos destruiremos antes de lo previsto en un cataclismo que dudaría solamente 3 minutos y no quedaría absolutamente nada.

Friedrich Nietzsche predijo la muerte de Dios, otros lo inventan cada día. Algunos, como Henry Miller, le piden que solamente sea amor. Yo añadiría esperanza, sostén de los anhelos al ser  la verdadera razón de vivir.

Ya se ha desvelado el mecanismo genético que controla el desarrollo del cerebro y la capacidad en los mamíferos superiores, incluyendo indudablemente al homo sapiens.

¿Pudiera entonces aparecer un mítico doctor Moreau y convertir animales en seres pensantes?

Fuera de una duda razonable, la existencia toda, sea insignificante o no, hay que contarla, exponerla en papel, papiro o barro cocido, sobre la palma de una mano o impresa en la mirada del ser que uno ama. Si así sucede, la muerte se volverá simplemente en un cambio de luminiscencia. Nada más.

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