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Gloria Cuenca: Sobre la abstención

Les cuento –contradictorios lectores- que en mi larga vida he vivido varios procesos de abstención. El primero que recuerdo fue en el año 1957, cuando Pérez Jiménez, convencido de que lo amaban, lanzó un plebiscito para estar 5 años más en el poder. Un desastre. Hubo soledad en los centros de votación, como ahora.

Muy joven todavía para votar, contemplé sorprendida la poca afluencia en las mesas de votación. Mes y medio después ocurría el 23 de enero de 1958, con las consecuencias que recordamos y festejamos. Hubo en 1952 un llamado a abstenerse; el país votó a pesar de todo. La diferencia entre las derechas y las izquierdas, dirían los españoles. Al saberse rechazados abrumadoramente, la mayoría de los de derechas se retiran. Los de izquierda insisten hasta morir o salir de manera terrible del poder.

En diciembre (1958) hubo elecciones y nadie se abstuvo: primeras elecciones en democracia. En 1963 comenzó nuevamente la historia de las abstenciones: la izquierda en armas, resentida y desesperada, mandó a no votar. Volvió a ganar Acción Democrática. Jóvito Villalba lo cuestionó. Dijo, con apoyo de los abstencionistas, habría ganado; ¿cierto o falso? Nunca se sabrá. Pasó lo que pasó. Según la filosofía hinduista, lo ocurrido es lo que debe pasar, no hay otra. Adolfo L. Herrera preso en los calabozos de la Digepol, que entonces llamábamos la “sotopol” (en alusión al ministro), encargado de manifestar que no se votaría, todos estaban con la abstención.

Si se buscan datos de esa elección encontraremos -probablemente- una respuesta más correcta. ¿Vale la pena? Solo si sirve de enseñanza. ¿A los venezolanos nos cuesta aprender? Aquello de que la historia es “magistra vita”, como decía Cicerón, es verdadero: ¿maestra de la vida?, no aplica entre nos. No recordamos con facilidad, y por ello repetimos las historias, los sucesos vuelven a ocurrir, como si nunca hubieran pasado.

El más terrible de todos, en mi opinión, fue la abstención del 2005. También me abstuve, pero ya en la tarde de ese día me daba cuenta del error cometido. Juré que nunca más lo volvería a hacer. Con trampas, errores y cualquier tipo de situación siempre voto, a menos que no esté en Venezuela. Dicho y repetido muchas veces, esa conducta de “lavarse las manos como Pilatos” para no tomar partido por ninguna de las situaciones electorales o no, es contraria a mi manera de ser. Categórica y enfática, como dicen mis hijos. Anciana para cambiar a estas alturas. Votaré siempre.

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