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Alirio Pérez Lo Presti: El outsider

En los asuntos sociales no existe vacío. Cada espacio es ocupado si se descuida o se deja solo. Tal vez el caso venezolano es la mayor prueba de eso y los vaivenes “nivel carrusel” de los liderazgos hacen de nuestro país una demostración casi obscena sobre los alcances y calamidades relacionadas con asumir la responsabilidad de ser un guía, no ejecutar ese rol acertadamente y sus respectivas consecuencias negativas.

Ante la ausencia de un liderazgo coherente, sensato, no autodestructivo y la premura de conducir al país a mejores senderos, lo normal es que aparezcan protagonistas emergentes. Es algo tan obvio que esperar lo contrario parece incluso ingenuo; de ahí que como fenómeno social es un asunto atractivo, porque adquiere un carácter de predictibilidad del cual es difícil no interesarse. ¿De dónde surge un liderazgo emergente? Del sector que en el entramado de una sociedad se encuentre marginado o afectado en sus intereses, porque en cualquier estructura, poner a un lado a uno de sus protagonistas es hacer tiempo para que inevitablemente reaparezca, pues creemos que tratar de dejar a un grupo humano fuera de juego es como intentar desviar el cauce de un río. Cada grupo de poder termina tarde o temprano por reclamar ese espacio del cual ha sido desalojado. Es la historia de la humanidad repetida hasta el cansancio.

Necesariamente, por representar un liderazgo ajeno a la estructura de los partidos, los que suelen dar este tipo de sorpresas deben desprenderse de los políticos de oficio y el discurso en el cual se asoma la asepsia política es el arma indoblegable que caracteriza a este tipo de fenómenos. Por eso, no puede compararse, mucho menos medirse con ningún otro aspirante en procesos de “primarias”, u otra manera de atajar sus aspiraciones, porque su fuerte es precisamente el distanciarse de “los fracasados” en el constructo metal del ciudadano.

El outsider ha de presentarse como quien no ha tenido experiencia en el lupanar político o de lo contrario, su candidatura se desmembra. En fin, que quien surge debe provenir de sectores marginados o representante de los que están a un lado y estratégicamente no puede ser asociado con el sistema de partidos. Así ha sido de manera recurrente a lo largo de la historia y los ejemplos sobran. Profesores universitarios, gerentes, empresarios e intelectuales, llámense músicos, poetas, dramaturgos, escritores y hasta alucinados, van y vienen en la historia de los pueblos, unos con resultados muy positivos y otros mostrando sin pudor su escandaloso fracaso.

En el fondo se trata de una paradoja perfecta, porque en sus aspiraciones, ha de recurrir al discurso antipolítico por antonomasia, que tanta desconfianza genera en los más responsables sectores del pensamiento occidental. Un liderazgo de este tipo, si aparece, tendría la potencial posibilidad de ofrecer como promesa, en una maniobra certera, unir a todos los sectores enfrentados actualmente en Venezuela. Ajeno a la politiquería, el outsider viene a unificar, porque al no tener en el imaginario un saco de defectos a cuestas, funciona como un redentor que sobrepasa los linderos del bien y el mal. De la idea de salvación operativa al mesianismo más rancio sólo hay un paso y ese es uno de los riesgos propios de este tipo de casos. La aparición de un mesías ocurre cuando los hombres no saben hacer política.

En países en donde la política fluye adecuadamente no aparecen estos fenómenos, mas en el caso de Venezuela, el asunto parece que es la única opción entusiasta que podría tener el votante opositor en el escenario de unas elecciones presidenciales cercanas. El outsider no se “ensucia” con políticos de oficio, porque representa el futuro y lo esperanzador, todo lo cual es asumido como un valor, produciendo gran movilización de emociones, las cuales se transforman en vínculos de carácter pasional. En el surgimiento de estos fenómenos políticos, dado su carácter arrollador (cuando sucede), juegan un rol determinante los asesores (potenciales caimanes en boca de caño), porque a fin de cuentas la genialidad de un político radica en saber seleccionar a las personas con las cuales se rodea. Si sabe escoger a los mejores, la cosa podría potencialmente tener buen rumbo y si escoge malos consejeros, será un desastre seguro.

En la arena política, no tiene nada de raro que se cumpla el adagio y cachicamo suela trabajar para lapa. Cuando esto pasa, se percibe al iluminado de manera dicotómica, como las dos caras de una moneda y se asume la posición “todo o nada” de la vida, y para los que no creemos en cuentos de hadas se da pie a que nos invada la más decantada incertidumbre. Al evaluar resultados de esta clase de fenómenos, como sujetos, unos han optado por aferrarse al poder y minar su imagen y otros han quedado para la historia como los salvadores de su tiempo y de su generación. Desde esta esquina nos dedicaremos a seguir de cerca lo que pareciera propio de una dinámica aparentemente factible.

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