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Earle Herrera: Ana Enriqueta o los políticos

La grandeza de la poesía salva de la pequeñez de la política. Cuando pronuncié el nombre de Ana Enriqueta Terán frente al camarada que ha hecho de su ombligo un perenne mirador turístico, pareció que se le soltó el cable a tierra y quedó en el aire. ¿De quién hablas?, leí en el brusco vacío de sus ojos. Le expliqué despacio para que se recuperara del repentino abismo cognitivo. Después le hablé de una de las más altas voces de la poesía venezolana, la señora de la palabra que una tarde dijo de Andrés Eloy Blanco: “Un poeta que me salva”.

Andaba por esos días con un ajado proyecto de acuerdo en homenaje a la poetisa que la la antipoesía olvidaría la víspera. Allí me internaba en la estética y ética de los creadores. Ambas dimensiones fueron armonizadas en su vida y obra por Ana Enriqueta Terán. De la sincronía del compromiso y la creación hablé muchas veces con dos entrañables amigos que se detuvieron a oírme (y enseñarme) a la vera del camino: Ludovico Silva y Orlando Araujo. Orlando lo escribió en su Contrapunteo de la vida y de la muerte; Ludovico en su Plusvalía ideológica. Lo hablamos en la calle y los hospitales porque los dos se enfermaron de vida.

Ana Enriqueta escribió: “Crecí a la sombra de dos familias enemigas y víctimas de la dictadura del general Gómez. En mi poesía, desde mis primeros versos está todo eso”. Sin panfletos, sin consigna, poesía vital y esencial, nada más. Años después confesaría que su complicidad con los ríos llaneros comenzó de la mano de Hugo Chávez, a quien llama “héroe-poeta”. Acto seguido sentenció: “El mundo cambiaría si todos escribieran poesía”.

No es así, no solo no todos escriben poesía, querida Ana Enriqueta, sino que algunos olvidan poemas que nunca han leído ni leerán, tal mi engreído camarada de verbo sinuoso y azogado. La hija de Valera que colocó siete poemas en sus siete colinas antes de enraizar en Jajó, escribió en días de bibliotecas incendiadas y hombres quemados vivos: “Amo el Sur. Soy una sureña. Apoyo a Nicolás Maduro no solo por su condición de Presidente de todos los venezolanos, sino por haber sido señalado, ya sabemos por quién, y tan pleno como la luna llena”.

Insisto, la grandeza de la poesía salva de la pequeñez política, pero no siempre.

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