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Alfredo Monsalve López:  El llanto del animal: ¿Por hambre?

Los gatos y los perros lloran. No es fácil adivinar el o los motivos del llanto de un canino. Sus llantos son totalmente diferentes. Sin embargo, ellos también sufren y por tanto, exteriorizan su “dolor” con el llanto. Muchas veces sentimos la necesidad, por ejemplo, de saber por qué llora un perro. Es un llanto que nos amarga, nos entristece. Es traumático, enloquecedor y desconcertante. Muchas veces no damos con la causa. Cuando lo vemos o escuchamos llorar, nos preocupa. Pueden llorar por ansiedad, temor, soledad o porque padecen de algún mal. Lloran por hambre. Por abandono.

Ahora demos un paseo por nuestra realidad cotidiana. Nosotros, obviamente como animales racionales, también lloramos. Durante los últimos días del año que recién acaba de finalizar, se presentaron hechos muy dolorosos para muchos, y sin sentidos para pocos. Lamentable pues. Mucha gente lloró de indignación por la actitud del régimen de turno. Lloró por la burla a las que fueron sometidas durante  el mes de diciembre. Lloraron, y aún lloran, por la tragedia socio-económica donde nos han lanzado. La gente llora por hambre. El ciudadano venezolano, en esta hora menguada, llora porque no consigue leche para sus hijos, por el cierre de su comercio, por el asesinato de un familiar, por madrugar para hacer cola para comprar un poco de alimento. Llora de rabia, de impotencia porque lo que tiene en el bolsillo se lo lleva la hiperinflación. ¿Inducida?

Los de a pie lloran porque quieren una justicia objetiva. Claman equidad. El pueblo humilde que vive de las migajas que el régimen les ofrece y que algunas veces no cumple. El llanto también es por falta de una vivienda digna. Si no, lean este titular del 30/03/2008 referido al difunto presidente: “Insólito, Chávez: tras 10 años mandando, se escandaliza por los ranchos” (http://www.noticias24.com/). Hoy más que nunca, la gente llora al emigrar o ve partir a un ser querido a otras latitudes dejando a su Patria y a su familia. Porque lamentablemente, en Venezuela solo hay infelicidad y desolación. Ahora mismo, vean los llamados “cinturones de ranchos” alrededor de las carreteras y autopistas. Vean el puente Simón Bolívar frontera Cúcuta-San Antonio. La emigración es descomunal. En el título III de nuestra Constitución, están nuestros derechos humanos, fundamentales para la convivencia de los ciudadanos. Pero su acatamiento brilla por su ausencia. Hay impunidad.

El llanto, la amargura, la necesidad de los hombres y mujeres del mismísimo “proceso revolucionario”, por falta de un pedazo de pernil en la mesa para compartir con sus seres queridos una cena navideña, fue la “mecha que encendió la pradera”. Las exigencias no se hicieron esperar. Sectores populares de algunas regiones del país, se lanzaron a la calle reclamando que se les cumpliera con lo prometido: el pernil. Al parecer, las mentiras de algunos personeros del régimen, enardecieron mucho más a los ciudadanos. “Oh sorpresa”, apareció el pernil. No para toda la población. Sino para un reducido número de pobladores. Sobre todo, para las clases menos favorecidas. Las redes sociales estallaron con múltiples mensajes subliminales contra el régimen y contra las personas que protestaban por el pernil de Maduro. Mensajes denigrantes se leían. El tamaño de la situación de desespero en la población fue tal, que un GN le quitó la vida de un disparo a una joven embarazada. A eso llegamos. Al igual que muchos animales irracionales, nosotros también lloramos. Ojalá que con el llanto, nuestras lágrimas no inunden la pradera. Que haya paz. Se abre el debate pues.

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