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Alfredo Salgado: Miguel en la Carraca

Pienso en Miguel Rodríguez, Miguel El Terrible, como le dijo una vez la señora Sofía, en una de esas sulfúricas entrevistas que ella solía hacer en la TV, y  no puedo dejar de pensar en una presunta maldición que estamos los venezolanos obligados a desarraigar, si queremos persistir como nación. Esa maldición consiste en un hábito que quizá se engendre aún desde las casas, cual es el premiar, el recompensar, al hijo disfuncional, vago, antisocial, y castigar y relegar a aquellos que andan por el camino estrecho y recto, que el predicador de Galilea nos señaló en El Sermón del Monte.

Miranda, Andrés Bello, Simón Rodríguez, Teresa Carreño, Fernández Morán, Gabriela Montero, y las multitudes de jóvenes que día a día abonan con sus lágrimas la policromía de Cruz Diez en Maiquetía, vienen a ser una imagen de la Parábola del Hijo Pródigo, pero al revés: desechamos al hijo bueno y nos quedamos con el impresentable, aupándole sus malas conductas. Es lo que vemos, por ejemplo, en las familias de esos jóvenes malandros perfumados llamados los bolichicos: roban al país entero, lo lanzan a la miseria, y todavía sus padres y abuelos les aprietan los cacheticos mientras los arrullan.

El año pasado, durante una tarde hermosa, me fui con mis hijos, pero lo más importante, con mi pequeño nieto Salomón, a una suerte de peregrinación, que todos nosotros, sobre todo los caraqueños, deberíamos hacer: fuimos a ver el cuadro de Miranda en La Carraca. Nos paramos delante de él, y sentí que nos preguntaba molesto ¿qué buscan aquí?

Mi hija conmovida me dice -Papi ¿qué le pasó a él? Respiré hondo y le dije: Lo jodió Bolívar.

-¿Por qué?

-No sé, creo que lo jodimos todos.

Llego hoy a la conclusión que en Venezuela es peligroso tener la razón, y peor si la tienes fuera de tiempo. Serás aplastado o al menos intentarán hacerlo.

La aberración en la que estamos sumidos los venezolanos nos ha llevado a que sin ninguna vergüenza ni remordimiento, hayamos preferido, al menos en estos tiempos que corren, a hombrecitos como Jaime Lusinchi, el mismo Caldera, Chávez y Maduro, habiendo desechado groseramente, dementemente, a Miguel Rodríguez y el estelar equipo que comandó.

Por un lado, Miguel y su gente, no supieron  convencer, ni supieron manejarse en ese turbio mar de los políticos, sindicalistas y empresarios de la IV, no supieron jalar bolas con habilidad (¿Cuánta bola habrán jalado Gorbachov en la URSS o Lenin Romero en Ecuador?), pero la nación sensata, poco esfuerzo hizo por entenderlos.

Hoy Miguel Rodríguez, al igual que aquel hijo de la panadera de la Caracas pre independentista, anda en su Carraca y desde una profunda y muy razonable rabia, llama a El Desastre Chavista, “¡Esta plasta!”

Recuerdo el cuadro al que fui a peregrinar con mi descendencia, y no sé si la imagen que me viene a la mente es la de Miranda o la de Miguel Rodríguez. No puedo diferenciar los rostros en mi mente.

Miranda se despedía amargado, traicionado, derrotado, víctima de las envidias, diciendo que “…esta gente lo único que sabe hacer es bochinche”. Veo las imágenes de la clase media, tomando por asalto los supermercados, mutada de raspa cupos en raspa salchichas; veo al lumpen asaltando gandolas de comida, y me resulta natural que estos Bochincheros, hayan desechado a Miranda y preferido a Boves en el siglo XIX, y que hoy le hayan dado una patada en “ese” lugar a Miguel Rodríguez y HAYAMOS preferido a Chávez. Tampoco es la gran cosota, los fariseos prefirieron a Barrabás en lugar de a Jesús. ¡Ni en esa vaina somos originales!

Qué concluyo, en esta onda de amarguete en la que ando hoy: no habrá plan político, económico, que tenga posibilidad de éxito, más allá de las laptop de quienes escribimos de estas cosas, si no se toma en cuenta, como una variable fundamental, la condición degradada del sentido de la responsabilidad de los venezolanos, que nos ha llevado a elegir y a justificar a los antisociales, que ubicados en espacios claves, vienen destruyendo al país desde los tiempos del Viernes Negro.

Desde ayer ando correteando a Miguel Rodríguez para conversar con él y no lo he logrado. Sé dónde está: en La Carraca. Y sé qué me va a preguntar: ¿Qúe quieres de mí?, y le diré: Te estoy llamando para decirte que tenías razón, que sigues teniendo razón y que siempre tendrás razón.

Iré con Salomón, con Diego, con mis hijos a ver a Miguel en su Carraca. Mi hija me preguntará -¿Papi qué le pasó?, y luego de contarle que el padre de Miguel tuvo una entrañable relación con mi papá, que se iban a enlazar en compadrazgo a través de mí, tratando de eludir la fatal respuesta le diré: Lo jodimos nosotros mi amor, lo jodimos nosotros.

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