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César Malavé: Ni la paz de los sepulcros existe en Venezuela

Nuestra acción cotidiana se limita a una pelea sin cuartel para sobrevivir.  Comprar alimentos, fármacos, o repuestos para vehículos, son ahora parte de una rutina que desgasta, estresa y consume buena parte de las horas que debieran ser hábiles, pero se agotan en las colas. He allí otra cara de esta tragedia que nos atrasa y envilece como sociedad. Las entidades financieras no tienen efectivo, las estaciones cerradas por ausencia de gasolina, las farmacias con los anaqueles vacios tal y como lucen los de los supermercados. Esta es parte de la realidad que golpea duro a millones de compatriotas y sigue expulsando a otro tanto, en penosa diáspora, hacia diversas latitudes. La fuga de talentos que se registra, la cual se ha acentuado en los últimos meses ante la obstrucción de una salida electoral a este drama, es, sin lugar a dudas, una de las sangrías más dolorosas. También están los que se van, en una desesperada o agónica aventura y desembocan en la prostitución, en el delito, o producen calamitosas escenas como la que, para nuestra vergüenza, produjo en Barranquilla en diciembre.  Los saqueos, y conatos de saqueos, se han regado como pólvora y el gobierno se los endosa a la MUD como hechos tendentes a sabotear la acción de un gobierno, que se limita a convertir a los venezolanos en flojos y mendigos con el reparto de “bonos” que no alcanzan ni para comparar un cartón de huevos. Migajas del derroche que busca, entre otras cosas, a troche y moche, convertir a nuestras humildes mujeres en una especie de “Gallinas ponedoras”.  La muerte por hambre, o a causa de tratamientos médicos interrumpidos por la falta del fármaco, del dinero para adquirirlo o pagar la consulta médica, y la muerte a punta de fusil, como ocurriera el 31 de diciembre en la carretera Caracas-El Junquito, donde un efectivo de la GNB, movido quién sabe por qué demoníaco instinto, decidió que era parte de su servicio segar la vida, de un disparo en la cabeza, de una mujer de 18 años, con cinco meses de gestación,  mismo sitio donde masacraron a Oscar Pérez, sin darle oportunidad de rendirse. Ahora el “fusil de la barbarie” gubernamental apunta a la iglesia y se pretende enjuiciar a obispos por predicar la verdad en sus homilías. No obstante todo esto, el cinismo oficial, su crueldad, su ciega ambición de ventajas políticas y de perpetuidad, lo ha expuesto con salvaje precisión el vicepresidente del área económica, Wilmar Castro Soteldo. Según él, léase bien esto, el resultado de los incrementos salariales decretados no puede medirse “por la capacidad adquisitiva y la cantidad de productos que podemos adquirir, sino que se pueden medir por la paz que hemos alcanzado y la victoria que hemos tenido en las elecciones de alcaldes y municipales”. ¿De cuál paz hablará el ministro?, porque con otro auge siniestro, el del sacrilegio a las tumbas, ni la paz de los sepulcros ha quedado intacta frente a esta catástrofe.

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