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Rafael Del Naranco: Malaya la suerte mala

Venezuela me sabe a vereda con  ensueños floridos, costas rizadas de poblados cincelados de azul y tonada, soplos revoloteando los morichales mientras las pesadas  alforjas de la existencia se van llenado de hálito y, aún así, imposible doblegar los olvidos. Uno desea lo que conoce. Se cumplen cinco años de haber regresado a la heredad asturiana de mis mayores, la nostalgia  de la partida no amaina y así será hasta rebasar el umbral de la cárcava.

Los anhelos compartidos entre el mar de los galápagos y el océano Atlántico, ahora deshilachados a recuento de un nuevo éxodo, desgastan, secan, lesionan de tal manera que todo en nuestro interior se vuelve una mixtura de magulladuras, un camino de ramalazos donde antes existía un arroyo de ilusiones. Cada migración de ida y vuelta punza más.

Fue más tarde, en otras cruzadas, cuando el recordatorio de la tierra venezolana e hispana se iba amoldando entre las simientes los huesos, mientras los avatares se convertían, a la hora de hacer balance, en cántaros de agua y miel. Amar la vida ayuda a seducirnos a nosotros mismos. Está escrito en el pellejo de cordero joven: “Quien ama podrá amar a Dios un día”.

Todo intento de no derramar lágrimas nuevas sobre penas antiguas, está destapando el frasco en el cual se mezclan las esperanzas habidas con unas gotas de agua de rosas, ese bálsamo que los pueblos árabes dan a los enfermos del alma.

Una vez en la España de los toros  de Guisando con arcanos morunos de agua, sangre y fuego, ella se halla, a modo de una sombra en el espejo cuando se adormece, corriendo entre venas hacia la luz templada bajo un cielo plomizo.

Retornamos al lugar de la partida y, pensando en Venezuela, la heredad  que nos sedujo, el alma exclama: ¡quién pudiera no haberla dejado!

Al presente la tierra de la niñez  y juventud, alcahueta de nuestros primeros amoríos, extendida en surcos con raíces de olivos retorcidos, jaras, madroños, alcornoques, manzanos, olivos, almendros en flor y olmos solitarios en medio de la nada, ha mantenido en nosotros la copla aventada cual sementera, forma consustancial de la raza, del ramalazo quejumbroso, las exiguas alegrías y las grandes y funestas angustias trenzadas entre la cal y la paloma.

Y es ahora, retornando a la España sempiterna tras haber dejado el Caribe de los añiles tornasolados, cuando volvemos a encontrarnos con los versos del pueblo en los nichos de los trovadores de  la copla -Miguel de Molina, Rafael Farina, Manolo Caracol, Imperio Argentina, Concha Piquer, Lola Flores- y ellos siguen arrancando a mordiscos los sudarios y las malquerencias, mientras un memorial carpetovetónico interpela al socaire del viento: “¿Qué cosa sabida es despecho?”.

Nadie lo sabe. Pudiera ser un ronroneo, la mirada furtiva en la novia virgen, el gorrión herido en el regazo de un cuenco palmario, un adiós, una palabra de más, la navaja abierta, cierta herida querencial o el olvido tornado pena. Igualmente el sentimiento del sestero apureño: “Si ves a un llanero triste fue que lo dejó su amor, se le murió su caballo o le ofendieron su honor”.

A lo lejos, un coro rociero del bajo Guadalquivir respondía al unísono: “Tristeza del bien ajeno”.

Un ramalazo de pena en la península ibérica es parejo al retumbo de las garzas en los morichales de las orillas del Orinoco: un alborozo dulzón, no un desgarro.

Aquí y allí veneran a sus ídolos y a la vez se siente un placer indescriptible cuando la imagen reverenciada cae y sufre, al ser parte de la melodía suelta que se la pude uncir al yugo arrabalero del tango, el flamenco y el joropo: un estremecimiento triste que se canta.

¿Quién  no ha lagrimeado alguna vez  al oír  “Falsa moneda”, “Ojos verdes”, “La bien pagá”, “La zarzamora” o “Marinero de luces”?

La copla, con sus historias de querencias aciagas, forma parte de la memoria sentimental del pueblo. Sin ella, la España sería menos España.

La estrofa agridulce va de la “morenita de aceituna” en la voz de Fernando de la Morena, en un Jerez que hasta las calles cantan y los azulejos  trenzan en sogas las olas; a Enrique Morente -el Picasso del cante- con “Venta Zoraida” y “Si mi voz muriera en tierra”.

Ella rasguea, punza, clama, patalea, asusta, fluye y se desgarra en hervores sobre tonadilleras con peineta, mantilla, bata de cola y  corazones picados por asta de torito asustado.

Lo dijo Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor”.

Repaso estas líneas a la brisa de la playa de Malvarrosa frente al Mediterráneo valenciano, ese mar en que uno ha vivido noches de vino y mañanas heridas de cansancio. Fuimos jóvenes en un tiempo, cuando apurar el vaso de las ilusiones era lo único posible.

Y al final la exclamación cuarteada: persigo a dos terruños y solamente poseo un corazón: ¡Malaya la suerte mala!

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