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Yoani Sánchez: Venezuela y Cuba, la crisis heredada

Las desafortunadas políticas económicas del chavismo también resultan familiares en Cuba, donde al cortarse el subsidio del Kremlin quedaron en evidencia las delirantes decisiones tomadas por Fidel Castro.

Al principio fue el trueque. Las familias buscaron en sus despensas lo que pudieran intercambiar, en una Cuba sumida en los abismos de la crisis económica tras la caída del muro de Berlín. Cuando las reservas domésticas se acabaron, llegaron las sustituciones, el estiramiento de las porciones o acostarse con la barriga vacía.

Aquellos años 90, conocido como Período Especial, están frescos en la memoria de millones de cubanos y reviven hoy al escuchar las penurias de los venezolanos.

Como en Caracas ahora, La Habana se volvió dos ciudades en una. La que estaba en la superficie, visible, que tenía rostro de miliciano, gritaba consignas y solo vivía con lo poco que se distribuía por el mercado racionado. Mientras que la urbe sumergida armaba balsas clandestinas para lanzarse al estrecho de Florida, hacía chistes contra los jerarcas del Partido Comunista y se abastecía del mercado negro.

La creatividad se disparó al máximo. Las mujeres usaban betún de zapato para pintarse las pestañas, las familias fabricaban jabones en sus casas a partir de grasa de cerdo para aliviar la falta de productos de aseo, los zapatos se remendaban varias veces y el colapso del transporte obligó a millones de nacionales a moverse a golpe de pedal, sobre una bicicleta.

La inflación también tocó techó. Una pizza comprada a un vendedor ilegal en el Malecón habanero podía llegar a costar un cuarto del sueldo de un mes de un profesional y un kilogramo de cebolla la mitad. La gente renunció a las especias, las modas y las comodidades. El imperativo era sobrevivir, colocar algo en el plato cada día y esperar que la situación no se agravara con el próximo amanecer.

Los verdaderos héroes

La salida del momento más grave de la crisis vino por el lado más inesperado: el Gobierno se vio obligado a abrir el sector privado, permitir la inversión extranjera y hasta dolarizar la economía. Después de esas decisiones y aunque muchas familias nunca recuperaron el nivel de vida anterior, sobre la Isla comenzaron a soplar vientos más frescos.

El país se llenó de pizzerías, puestos de croquetas y también restaurantes de variado menú. Los emigrados ayudaron con recursos e inversiones, a escondidas, para mantener muchos de estos negocios. Regresaron sabores perdidos y también festividades que habían sido desterradas del “calendario ateo”, como las Navidades.

 

Después de tocar fondo, fue la inventiva de la gente la que evitó que la Isla terminara en una crisis humanitaria de proporciones inimaginables. Ese ingenio mantiene hoy a flote a muchas familias, a pesar de las restricciones que se imponen todavía a la economía no controlada por el Estado.

No fueron los políticos los que lograron dejar atrás esos años oscuros. Aquellos que cambiaron una camisa por un puñado de frijoles, compraron a la vera de la carretera un poco de ajo o convirtieron un viejo bolso en la cartera para

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