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Earle Herrera: El odio sin receso

Cuando el diálogo entra en receso, la intolerancia toma la palabra. Todo esto es un oxímoron, diría mi amigo Régulo Hernández, porque “intolerancia” y “palabra” son como el agua y el aceite, términos antagónicos, expresiones que se niegan y repelen. La palabra, en boca del intolerante, se deforma, es un sarcasmo cruel, una burla grotesca.

La expresión que empleó el presidente de República Dominicana, Danilo Medina, para expresar la negativa opositora de firmar el acuerdo con la representación del Gobierno venezolano, es alarmante: “El diálogo entra en receso indefinido”. Una frase lapidaria. El timbre del receso nunca debería sonar para el diálogo.

Todo el trabajo realizado por hombres y mujeres de buena voluntad en aras del entendimiento y la paz en Venezuela, fue abortado por una llamada desde Colombia, cuyo proceso de paz tanto le debe a Venezuela. Cruel paradoja. La mueca de Rex Tillerson copó las primeras páginas y pantallas de los medios occidentales. La sonrisa de Almagro se trocó en rictus nauseabundo. Santos solo asentía: “Yes, sir”.

Un fanfarrón encargado de negocios de EEUU en Caracas, Todd Robinson, cabalgó la injerencia imperial sobre ese “receso”. Lleva el apellido de un luchador por los derechos de los afroamericanos: Jackie Robinson, primer pelotero, nieto de esclavos, en jugar en las Grandes Ligas. Con lavado cerebro blanco, el diplomático amenaza a la Venezuela bolivariana y mestiza, un país con tanto de afrodescendencia como sus abuelos.

Por los años 60 del siglo pasado, los jóvenes del mundo pedían darle un chance a la paz. Hoy el imperio, la derecha europea y los perros echados en la alfombra de una América Latina traicionada, ensañados contra la República Bolivariana de Venezuela, sabotean toda posibilidad de diálogo, que es el camino más corto hacia la paz. Urge ponerle fin al “receso indefinido” de la convivencia y el entendimiento para que los perros de la guerra, sus amos y cachorros no hagan de la patria de Bolívar su presa.

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