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Earle Herrera: Socialismo en la bajadita

Los venezolanos somos dados al diminutivo. Por cariño (Angelito, Anita) o por premura (ahorita, en un ratico, rapidito). A veces, su uso expresa dificultad, problema, gravedad. Hace algún tiempo titulé una crónica “Socialismo en las chiquitas”, es decir, cuando se pasó de ser militante de una causa con un barril de petróleo a 130 dólares, a permanecer allí con un bajón hasta los 20 verdes. No es fácil. Unos se piraron, otros saltaron la talanquera y algunos descubrieron “el discreto encanto” de la “disidencia”.

La expresión “te espero en la bajadita” es una advertencia de que tarde o temprano te tocarán las malas. El socialismo venezolano está hoy bajo todos los fuegos y asedios nacionales y foráneos. Algunos maquinistas abandonaron el barco cuando apenas presintieron la tormenta. A otros los invadió una preventiva amnesia y olvidaron que estuvieron en puesto de mando durante diez o doce años. Sociópatas, se declaran inocente de todo cuanto estuvo bajo su responsabilidad: petróleo, planificación, justicia.

Hay un silencio allá afuera de algunos aliados. Corral adentro, pululan gallinas cantando como gallos. La victoria de la derecha en 2015 les enfrío guarapo y espinazo a más de uno. Los saltos de talanqueras se pusieron de moda. Pero ninguna bajadita es eterna. En medio de la tormenta, el presidente Maduro empezó a enderezar el rumbo y estabilizar el barco. La elección de la ANC fulminó la violencia guarimbera y le impuso la paz. La Asamblea Nacional entró en un proceso auto degenerativo. La bajadita sigue empinada, pero nadie dijo que el socialismo es una línea recta o una superficie plana, como algunos cerebros.

La espera en la bajadita no es para pasar facturas y consumar venganzas, sino para conocerte mejor. Mirar tus ojos cuando el imperio golpea la mesa y zapatea el piso. Observar el sudor de tu frente y el color de tu rostro cuando Rajoy te prohíbe visitar el Camp Nou o el Santiago Bernabeu. El socialismo en las chiquitas es una placa del espíritu en tiempos difíciles. Son esos tiempos en que unos permanecen firmes y otros huyen como saltamontes. Esos días, para decirlo con venia y vena vallejeanas, en que el pan en la puerta del horno se nos quema.

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