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Salvador Garmendia: Pasillo de por medio, por Alberto Hernández

Salvador Garmendia retratado por Vasco Szinetar

 

Para Elisa Maggi, este recuerdo

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Miyó abre la puerta y se tropieza con la barba de Salvador. Miyó se ajusta los lentes y descifra la sonrisa de Salvador. Miyó y Salvador son vecinos. Casi viven en la misma casa. Sólo los separan dos trancos. Un salto para estar bajo el mismo techo, con una taza de café o un vaso de whisky en las manos.

Miyó Vestrini, la periodista, la poeta, la iluminada por la belleza verbal no puede salir de la casa sin ver el número de la puerta del apartamento del autor de “Memorias de Altagracia”. Y tampoco puede evitarlo Salvador. Y cuando ambos coinciden en salir, se topan barba y lentes. Y entonces se ríen y se beben el café o el whisky recostados de la pared.

Todo esto me lo imagino mientras le veo una sonrisa a la Negra Maggi en Valencia, mientras hablamos de ellos dos. Mientras los resucitamos y nos reímos también de ese par que nos ha dejado una herencia imperdible.

Después, días después, recurro al libro “Salvador Garmendia: Pasillo de por medio” (Editorial Grijalbo / Colección Hojas Nuevas, Caracas, 1994). La portada nos muestra a un hombre de luenga barba, de brazos cruzados, como pidiendo la bendición. Y en un recuadro el rostro de perfil de Miyó Vestrini, con una sonrisa lisa y sus grandes cristales de miope.

Es una portada que lo dice todo: destaca la mirada penetrante del novelista que habrá de ser interrogado por una mujer que sabe preguntar, quien también relata su vida en este tomo. Es decir, son dos biografías que se rozan, que se tocan. Es una metáfora de las puertas que se miran en silencio, “pasillo de por medio”.

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Escribo de memoria. Escribo con el libro cerrado. Es más, memorizo lo que escribo como si Miyó, Salvador y la Elisa, la Negra, estuviesen aquí a mi lado, sentados a mi alrededor mientras el calor de Maracay me obliga a soplarme el pecho desnudo.

Pero nada, tengo que tomar el libro y verle la cara a Salvador y a Miyó. No me queda otra opción. Debo verlos para hablar de ellos dos. De esos vecinos que a diario se veían y conversaban sobre todos los asuntos habidos y por haber, hasta que a Miyó se le ocurrió lo del libro: escribirlo para contar sus vidas. La de los dos, porque así es la vida. Nadie puede vivir solo y mucho menos escribir un libro en el que quien lo escribe desde la mirada de su amigo no se incluya, porque no había otra manera de hacerlo. Y así pasó. Y así lo leemos.

Miyó Vestrini habla desde el nacimiento de ambos. Ella en Francia y Salvador en Barquisimeto. Habla de la enfermedad de Salvador, de su tuberculosis cuando era un muchacho. Habla de las bondades de Hermann, hermano de quien luego sería el autor de “Los pequeños seres”, habla de ella y sus padres. De su otro padre, quien la crió y le dio el apellido Vestrini, un italiano que terminó con ellos en Betijoque. Habla. Escribe. Cuenta.

Novela desde la verdad y desde los sueños.

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Es una biografía melliza. Autorizada por el afecto, por esa línea que en lugar de separar abría fronteras: un pasillo estrecho que dotaba de dos puertas a dos seres que aún palpitan en la memoria de los venezolanos. De los venezolanos que leyeron sus obras, que abrieron periódicos y revistas, que supieron de un país diferente al que ahora nos toca.

Y por el libro los conocerán: Salvador, comunista de muchacho, casi criado por tres solteronas católicas, de quienes le se burlaba. Pecado capital que Salvador reconoce y convierte en anécdota, en relato de vida fraguado por la dicción de Miyó Vestrini.

Vestrini habla con la confianza de la periodista que conoce al entrevistado. Los une una pasión común: la literatura, el periodismo. E inclusive, los unió un tiempo la televisión. Ella cuenta la vida de Salvador y a la vez destaca su trabajo en los diferentes diarios en los que ejerció su oficio reporteril.

Es un libro escrito para disfrutarlo completo. Datos sobre la vida de ambos personajes, quienes siguen siendo figuras protagónicas de nuestra cultura verbal, pero también anímica.

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En el capítulo “Un diálogo amoroso que nunca termina”, Miyó habla de la relación entre Salvador y Elisa Maggi. Se trata de un segmento donde ella conversa con Miyó y le cuenta cómo llegó a la vida de Salvador. O como la vida de Salvador llegó a ella.

Mérida, Emiro Lobo, experiencias en las que la periodista se explaya y hace que la Negra converse con soltura.

“Hace unos meses, salvador y Elisa recordaron que se conocían desde hace veinte años. Salvador más bien reacio a los aniversarios, me comentó que siempre le asombró la capacidad de la Negra –así la llamamos todos– para precisar fechas. La conozco desde que ambos vivían en Chuao, un apartamento al que siempre era grato llegar y donde el Chino Valera Mora formaba parte de la familia, quizá más que cualquier otro amigo”.

Así comienza este trozo de existencia que nos relata los tres: Miyó, Salvador y Elisa.

Y así continúa en una ambiente distendido narrando su pasantía por este mundo, mientras la de Salvador se concentraba en hablar acerca de la suya, que sería un poco más prolongada.

Un libro fascinante. Un libro que Venezuela, los escritores jóvenes venezolanos deben leer para acercarse a un país poco conocido. Ese país donde Salvador Garmendia imaginó sus personajes y Miyó Vestrini los fue descubriendo a través de los de ella.

5

Cerraré este breve comentario con las últimas líneas del bello libro que hoy me ha tocado en suerte revisitar. Es la despedida, es el adiós de dos personas que respiraban los aires del mismo pasillo.

Helo aquí:

“Salvador me entregó este texto ya escrito, en realidad el único que redactó totalmente antes de entregármelo. Cruzó el pasillo, tocó el timbre y con su sencillez de siempre, me tendió las dos cuartillas: Es algo que se me había olvidado por completo…”

Me pareció el texto más apropiado para cerrar nuestra década de conversaciones. Son las cuatro de la mañana. Dentro de poco, Salvador se levantará. Con su short y sus zapatos de goma irá al Parque del Este, rito infaltable desde hace años. Ese caminar tempranero lo hace sentir bien; se encuentra con amigos, conversa, se divierte y mantiene un estado físico envidiable. Forma parte casi, diría yo, de su disciplina diaria, esa misma disciplina que le ha permitido convertirse en el escritor más espléndido de su generación.

Hace unos días, murió Galileo, el gato de los Garmendia.

Recogido hambriento y mugroso en la calle, pese a todos los cuidados y afectos, no sobrevivió al raquitismo ocasionado por el hambre y fue necesario sacrificarlo. Fue una de las pocas veces que vi lágrimas en los ojos de la Negra. Altagracia expresó su pesar armando un libro, el libro de Galileo, con un texto sorprendente en su austeridad y hermosura. Alfonso escondió su pena tras una expresión adusta y seria y Salvador escribió la historia del gato. Un cuento para niños que me conmovió profundamente y que me hizo recordar lo que en una oportunidad dijo en una conferencia: si en diferentes momentos de mi vida me hubiera preguntado por qué escribo, la respuesta hubiera sido distinta cada vez y de una manera u otra estaría siempre cercana a la verdad. Pero el caso es que me estoy acercando peligrosamente a una edad donde estas variantes ya no son enteramente posibles; no van quedando márgenes suficientes donde trazarlas y el camino vuelve a ser, como en la infancia uno solo”.

Seleccioné este texto para terminar por la ternura que contiene y por la verdad final de sus líneas. Un hermoso testimonio de un hombre que fue contado por una muy sensible y hermosa escritura, la de una mujer que terminó sus últimas horas en medio de tribulaciones que la condujeron a la desaparición.

Libro/ testamento, queda en el ámbito de mi alegría vital, de la siempre próxima raíz de mis afectos a gente como la que nos enseñó a respirar las palabras.

 

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