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Jesús Alexis González: Depresión económica y polarización social

Tal y como es bien conocido, entre 1999 y 2013 el precio de la cesta petrolera venezolana creció en más de un 300% para luego experimentar, al inicio de junio 2014, una caída al momento que se cotizaba a US $ 98,70 hasta ubicarse para esa fecha en US $ 41,25 (su menor valor desde 2009); ello como consecuencia tanto de un aumento significativo de la oferta petrolera de los países NO OPEP con especial relevancia de EEUU con un crecimiento interanual del 15% (en el presente su producción supera los 10 millones de b/d) , como por una desaceleración del crecimiento económico mundial en especial de la región Asia-Pacífico (34% del consumo mundial de petróleo) y de Europa (20% del consumo mundial).

De igual modo, vale recordar que Venezuela y su industria petrolera experimentó una bonanza cuando el precio promedio del crudo pasó de US $ 11/b en 1998 a US$ 16/b en 1999 en continuo aumento hasta situarse en US$ 32/b en 2004 para continuar creciendo hasta ubicarse en un promedio de US$ 84/b y US$ 103/b entre 2011 y 2014; siendo que entre 1999 y 2014 el país contó con un monto superior a US$ 1,2 billones para un promedio anual de US$ 70.000 millones durante 17 años  Vs US$ 15.000 millones anuales del último quinquenio de la Democracia (en el primer año de la “revolución” el ingreso superó todo el saliente quinquenio democrático). Es de acotar, que a ese fabuloso monto ha de sumarse compromisos de deuda  por US$ 92.750 millones hasta 2027 (Ecoanalítica), adicionalmente a otros US$ 54.300 millones ya parcialmente pagados en clara demostración (ante la ausencia de crecimiento y desarrollo) que durante el boom petrolero se enfatizó tanto en un aumento del gasto público populista-electoral como en una cuantiosa malversación revestida de corrupción que según el exministro J. Giordani puede situarse en unos US$ 300.000 millones equivalente a un 27% del total de ingresos, hecho que facilita inferir la elevada cantidad de fortunas personales generadas.  Al propio tiempo, PDVSA ha venido disminuyendo su producción en una realidad observada a la luz de la cantidad de taladros en operación que cayó desde 115 a finales del 90 a unos 79 en 2013 y a 49 en 2017; situación en mucho causada por la brusca disminución del financiamiento de la propia industria hacia nuevas inversiones habida cuenta que una inmensa cantidad de los recursos que le ingresaron fueron destinados a la instauración del Papá Estado como estrategia de dominación, superando con creces lo destinado a exploración y producción en una descabellada acción que ahora intentan compensar mediante un aumento de la deuda financiera de PDVSA desde US$ 3.000 millones al final de la democracia a más de US$ 46.000 millones en 2015 con especial énfasis en la colocación de pagarés  en el BCV, que en conjunto con otras fuentes ha significado una constante emisión de dinero no productivo (inorgánico)  que presiona continuamente el alza de los precios internos. En fin, la caída tanto de los precios de la cesta como de la producción petrolera ha tenido (y tiene) evidente efecto negativo sobre el sector externo de la economía en cuanto al movimiento de divisas e importaciones se refiere (escasez y desabastecimiento) habida cuenta que los ingresos petroleros representan cerca del 96% de las exportaciones del país así como más del 50% de los ingresos fiscales; un dramático desequilibrio macroeconómico que el régimen intenta “enfrentar” ampliando, sin sanidad monetaria, la cantidad de dinero inorgánico en circulación, al tiempo de “escudarse” en una ficticia “guerra económica” supuestamente promovida por el imperialismo estadounidense; mientras que por ausencia de un plan de reestructuración y de haber eliminado el Fondo de Estabilización Venezuela ya entró en el quinto año de recesión para adentrarse en el tenebroso campo de la depresión.

Ha de entenderse, que la recesión económica implica un decrecimiento de la economía por un mínimo de dos trimestres consecutivos con tasas negativas de variación del PIB, que al prolongarse en el tiempo por más de tres años consecutivos o que el PIB tenga una caída del 10% o más en un año (como viene sucediendo en Venezuela) se trasciende hacia la depresión económica que hace referencia al lapso durante el cual declina con intensidad el PIB, disminuye la capacidad adquisitiva de la población, se devalúa la moneda, y aumenta el desempleo en un escenario de destrucción del tejido empresarial. A tenor de ello, puede asumirse que una depresión es en la práctica una gran recesión económica cuyas características y consecuencias son de mayor magnitud y prolongadas durante más tiempo.

Resulta pertinente citar que Venezuela, hasta finales del 2017, mostró un crecimiento negativo durante 16 trimestres consecutivos (4 años) y una reducción del PIB superior al 50%, y en razón de ello ha desaparecido la mitad de la economía, con probabilidad de transitar hacia lo que pudiere ser el quinto año consecutivo de decrecimiento económico bajo la indeseable premisa ceteris paribus (mantenerse el resto constante) de una continuidad del actual régimen en el poder, en un hecho que luego pudiere denominarse la “Gran Depresión venezolana de 2018” en un escenario que impactará de variadas formas, tal como el aumento del hambre ya señalado por la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en cuanto a que durante el período 2016-2017 el hambre continuó ascendiendo, afirmación que facilita inferir que para el 2018 y siguientes la hambruna (escasez generalizada de alimentos básicos que padece una población de forma intensa y prolongada) afectará a millones de habitantes; en un marco de  pobreza de ingresos (una familia que no cuenta con recursos para comprar una canasta de alimentos básicos al mes) que superará la ya critica situación actual donde se encuentra más del 80% de la población, al igual que en la condición de pobreza extrema (falta de recursos para satisfacer las condiciones mínimas necesarias para la subsistencia: ingesta alimentaria, vivienda, vestido y asistencia sanitaria) que puede elevarse más allá del 62% del presente. Ambos niveles de pobreza, han sido consecuencia de la ausencia de un modelo económico al punto que según el FMI la economía cayó un 18% en 2016, un 12% en 2017 y estima un 15% para 2018 hasta reducir el PIB en un 50% durante el trienio 2016-2018 equivalente a señalar que la producción de bienes y servicios se habrá reducido a la mitad para finales de 2018. Desde un ángulo complementario, la hiperinflación reinante aunado a la tasa de inflación que el FMI estima en un 13.000% para 2018, puede conducir a Venezuela hacia una polarización social entendida como un proceso de segregación de la sociedad (desplazamiento de las personas) en un escenario de precarización del mercado de trabajo (incremento de los puestos de trabajo poco cualificados) hasta perfilar dos grupos perfectamente diferenciados: (A) Una aplastante mayoría ubicada en el estrato de pobreza de ingresos en tránsito hacia  la pobreza extrema, y (B) Una minoría vinculada con el régimen que disfrutará (y ostentará) la inmoralidad de una riqueza mal habida (conjunto de bienes, dinero o cosas de valor que poseen siendo de procedencia dudosa) así como del bienestar que le proporcionará  su cercanía con el Papá Estado comunista. Es de manifiesta obviedad, que tal polarización social se traducirá en conflictos sociales especialmente centrados en (1) Pugna por alcanzar los pocos puestos de trabajo que muchos aspirarán habida cuenta de ser poco exigentes en términos de conocimiento, habilidades y destrezas; (2) Masiva emigración en la búsqueda incierta de un mejor futuro; y (3) Proletarización de la clase media que ante la necesidad de subsistencia se verá obligada a depender de un trabajo gubernamental y por ende a entregar su fuerza emprendedora a la dictadura propietaria de los medios.

Reflexión final: Deslastrarnos del quemeimportismo al tiempo de integrarnos en favor de una Sociedad Unida por la Democracia es la única vía para evitar la penuria (falta o privación de las cosas más necesarias para vivir) de ese triste devenir.

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