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Vladimir Villegas: Cambio, para que regresen

Esta semana le dijimos adiós a dos familiares que tomaron la decisión de irse del país. Es una historia repetida miles y miles de veces cada día  en aeropuertos terminales de pasajeros y hasta puntos fronterizos. Jóvenes y no tan jóvenes que se marchan hacia otros destinos y nuevos desafíos lo hacen porque no encuentran salidas, opciones, oportunidades o posibilidades de llevar adelante sus proyectos en Venezuela.

Dejan tras de si sus familias, sus ilusiones de emprender, vivir, alcanzar metas en la tierra que los vio nacer y crecer.  Tal vez los acompaña una mezcla de dolor y alegría. De frustración por no poder hacer realidad sus sueños en Venezuela,  pero a la vez de optimismo por lo que les espera en otras latitudes. El éxito no está garantizado, pero es parte de la apuesta asumir el riesgo de enfrentarse a lo que venga. Lo que existe es la certeza de que en la Venezuela de hoy no se les  abre puertas sino se les cierran.

Por eso las escenas dolorosas de la despedida describen la Venezuela de hoy. Retratan de cuerpo entero lo que nos toca vivir como individuos y como ciudadanos de una nación que no hasta hace mucho era considerada próspera, privilegiada, rica, y que hoy está azotada por la plaga de la miseria, el hambre, el cierre de empresas, la hiperinflación, la escasez de medicinas, el derrumbe de la seguridad social, y hasta la falta de efectivo, el colapso del servicio eléctrico y otras situaciones derivadas de una nefasta  forma de gobernar, marcada por la ineficiencia, la improvisación, la corrupción y la ausencia de espíritu autocrítico y de enmienda.

Quienes somos hijos de inmigrantes tenemos esa huella dentro de nosotros. Mi madre y su familia salieron de Croacia a inicios de la década del 40 del siglo pasado,  huyendo de la noche negra del fascismo. Ser judíos ya era, como el tiempo lo demostró, una sentencia de muerte, o cuando, menos de una vida marcada por la discriminación, el odio, la persecución, la represión y la exclusión.

En el caso de la mayoría de los que se van, lo hacen por los estragos que en sus vidas está haciendo un modelo económico hambreador, y  no pocos por un ambiente contaminado por la inseguridad jurídica, el miedo a caer en las estadísticas fatales de la impunidad con la cual actúa la delincuencia, tanto  la que anda de civil como la que lleva uniforme. Toda una mezcla que hace espantar al más pintado.

Se nos está marchando una parte de nuestra joven generación. Los que nos quedamos vamos a extrañarlos, solo eso. Nada de cuestionar al que tomó esa decisión, ligada fundamentalmente al propio instinto de supervivencia, a hacer realidad su sueño y su derecho a a vivir mejor, a conseguir ingresos que les permitan ayudar a los suyos, o simplemente dejar de ser una carga económica y emocional, por el constante peligro de entrar a las estadísticas fatales que convierten en fríos números a miles de jóvenes caídos a manos del hampa.

Estoy convencido de que esta dura experiencia, de pasar de ser una nación receptora de ciudadanos de todo el mundo, a “exportar ” migrantes  nos dejará valiosas lecciones, además del reto de hacer bien las cosas para que regresen más temprano que tarde.

Ese anhelado regreso depende de que en Venezuela se produzca un cambio político que permita asumir una nueva ruta, la de la reconstrucción del país, la de refundar las bases institucionales de la República, para ponerle coto al autoritarismo, y a su pariente más cercano, el abuso de poder. Para avanzar por la vía de una modelo económico realmente productivo, para relanzar la educación y darle vigencia plena al derecho a la salud.

El cambio político es condición indispensable para que la familia venezolana, abatida por la diáspora, se reunifique en esta hermosa tierra hoy  abonada con ríos de lágrimas por un adiós que, seguro estoy, no será definitivo.

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