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José Vicente Cobo: ¿Cuál fue el sentido de la vida de Jesús de Nazaret?

A través del acto redentor de Jesús de Nazaret en la cruz, se evitó una disolución ulterior de todas las formas. Cristo no murió como un cordero de sacrificio para un Dios iracundo, como lo exponen las Iglesias, sino que Él murió en la fidelidad de Su tarea ante el Padre, porque los hombres no aceptaron Su mensaje. Y para evitar que continuara un desarrollo de la humanidad hacia lo inferior, Él puso Su amor en forma del destello redentor a disposición de todas las almas y hombres. De este modo Él concedió a cada hombre y a cada alma la fuerza para regresar libremente a Dios.

Los seres divinos que se habían puesto contra Dios, querían la disolución de todas las formas creadas por Él, es decir, de todos los seres divinos, de la naturaleza celestial, de los planetas en los que viven los seres espirituales. Querían que todo lo creado regresara a la corriente original, de la cual el Eterno creó formas espirituales, divinas, puras, –ley divina eterna del amor que tomó forma. ¿Y por qué querían eso? Porque no querían ser hijos de Dios, sino ellos mismos querían ser Dios, omnipresentes y creadores.

Pero Cristo nos ayuda a cada uno de nosotros, enseñándonos una y otra vez a tomar en cuenta los Mandamientos de Dios, a reconocer en su profundidad Sus enseñanzas en el Sermón de la Montaña, para irnos así purificando y volver al origen, al Hogar eterno. Su tarea no fue borrar simplemente nuestros pecados.

Es muy consolador para nosotros los seres humanos que después de la vida terrenal –en tanto se hayan cumplido los Mandamientos y las legitimidades de Dios– el alma pueda emprender el regreso al Hogar, pues Cristo también nos prometió: «En casa de Mi Padre hay muchas moradas. Si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros». (Jn 14,2)

Las viviendas en el Hogar están por lo tanto libres y nuestras familias espirituales nos esperan. Tienen ansias de volver a vernos; anhelan la gran unidad cósmica en la Casa del Padre. Y la Casa del Padre es el infinitamente grande Reino de Dios. La fuerza de Dios nos irradia; por eso vinieron una y otra vez los profetas y enseñaron a los seres humanos lo siguiente: «¡Cambiad vuestro comportamiento! ¡Dirigíos a Dios que es el amor. El Padre os ama. Él ama a Su hijo creado!».

Él sería un Dios cruel si nos castigara y enviara a la condenación eterna. Pero no, Él es nuestro Padre, que nos ama. Somos nosotros mismos quienes nos maldecimos dirigiéndonos a ámbitos oscuros de la existencia, a la lejanía de Dios mediante nuestros propios pensamientos, palabras y actos oscuros, que son contrarios a la ley de la vida, a nuestra verdadera herencia divina, que es amor desinteresado. Pero esta oscuridad surgida por culpa propia tampoco será eterna, pues una condenación eterna no existe. Tal vez haya una larga y miserable existencia en tanto prefiramos las sombras. Pero Dios es luz. Luz es amor y amor es calor, eso es Dios, nuestro Padre. Él nos ama y nos llama y por eso nos envió a Su Hijo, el Corregente de los Cielos.

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