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Víctor Álvarez: La tarjeta solidaria

El equipo asesor de Henri Falcón adelantó que -de ganar las elecciones- su gobierno entregará tarjetas en dólares. “Nosotros vamos a traer una tarjeta solidaria a la que tendrán acceso todos los venezolanos, sin ninguna distinción política, a través de la cual cada adulto recibirá 25 dólares y cada niño 10 dólares”. No es la primera vez que un candidato ofrece tarjetas de ayuda económica como parte de su promesa electoral. En 2006, Manuel Rosales ofreció la Tarjeta Mi Negra y el Gobierno de Nicolás Maduro ha implantado el Carnet de la Patria, a través del cual reparte bonos y ejerce un creciente control sobre su clientela electoral.

La viabilidad de la reactivación económica no puede descuidar el problema de la compensación temporal que será necesario mantener, hasta tanto la actividad productiva comience a recuperarse y genere más y mejores puestos de trabajo. Pero hay que dejar claro que los programas compensatorios no corrigen las causas del problema y su prolongación en el tiempo los condena al fracaso en la lucha contra la pobreza.

La asignación de bonos que no están asociados al esfuerzo productivo no sirve para superar la cultura rentista que espera seguir viviendo de ingresos que no son fruto del trabajo. Este tipo de subvenciones debe ser temporal y condicionado al logro de metas en capacitación técnica y empresarial para que quienes las reciben puedan reinsertarse como nuevos emprendedores a la actividad económica. Así serán capaces de satisfacer, con ingresos propios, sus necesidades de alimentación, educación, vivienda y salud, sin depender de los bonos que reparte el gobierno.

La política social compensatoria no ofreció antes, ni podrá ofrecer nunca, una solución estructural al problema de la pobreza. Lejos de alterar las causas que originan la desigualdad en la distribución del ingreso, crean inercias que condicionan su evolución en el largo plazo. Los bonos se vuelven “derechos inalienables” que absorben cuantiosos volúmenes de recursos, los cuales arrojarían mejores resultados si fuesen destinados a la formación empresarial, la capacitación y asistencia técnica, y el financiamiento del emprendimiento productivo.

La mejor política social será una nueva política económica que, en lugar de generar efectos perversos sobre la población al destruir la moral de trabajo y llevarla a depender de las dádivas que reparte el gobierno de turno, más bien estimule el espíritu emprendedor y el valor del trabajo para multiplicar así el tejido productivo en el que se genera y distribuye la riqueza.

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