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Jesús Alberto Castillo: El síndrome de Pilato

Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas y Juan relatan que la Junta Suprema de los Judíos, el Sanedrín, halló culpable a Jesús de blasfemia y lo condujo ante Poncio Pilatos para que fuera crucificado. De acuerdo a la historia, dicho gobernador romano en Judea, durante los años 26 y 36 d.C. en el mandato del gobernador Tiberio. Es importante recordar que los judíos no tenían la potestad de autorizar la muerte de ninguna persona, sino que la misma quedaba en manos del gobernador, siempre y cuando se sospechara de alguien y hubiese pruebas de sedición o conspiración contra el imperio.  Le correspondió al gobernador romano llevar a cabo el juicio más recordado de la humanidad y que, años tras años, se escenifica en los actos conmemorativos de la Semana Santa.

Pilato, según los evangelistas, interrogó en varias oportunidades a Jesús respecto a si era el Rey de los Judíos. El propio Jesús se limitaba a responder: ¡Tú lo has dicho! Así que no encontró pruebas para sentenciarlo a muerte. Sabía que el Mesías había sido presentado ante él por envidia. Pero, los maestros de la ley y la muchedumbre enardecida, le exigían al gobernador que lo crucificara. Tratando de maniobrar para dejar libre a Jesús, el gobernador procedió, de acuerdo a la tradición judía en las fiestas de Pascua, a soltar un preso con el consentimiento de la gente. A tal efecto, le preguntó a la multitud si quería que soltara Barrabas o a Jesús. La enardecida multitud no se hizo esperar y pedía a gritos que soltara a Barrabas, un hombre acusado de asesinato y conspiración. Pilato, en medio del bullicio, se limitó a preguntar ¿y qué quieren que haga con Jesús, el que llaman el Mesías? La respuesta no se hizo esperar: ¡Crucifícalo! Pilato volvió a preguntar: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos insistieron en que debía crucificarlo.

Al percatarse Pilato que no conseguía su objetivo, sino que el alboroto de la gente era mayor, mandó a traer agua y se lavó las manos delante de todos, mientras decía: ¡Yo no soy responsable de la muerte de este hombre, es cosa de ustedes! De manera que la gente gritó: ¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte! Entonces el gobernador romano, como quería quedar bien con la gente,  dejó libre a Barrabas, mandó a azotar a Jesús y lo entregó a la multitud para que lo crucificaran. En sus adentros, Pilato estaba consciente que Jesús era inocente de la acusación que le hacían los sacerdotes y fariseos. Sabía que las denuncias de andar alborotando al pueblo y de incitarle a no pagar los tributos al imperio eran puras mentiras de los sacerdotes. Sin embargo, no hizo nada para evitar su muerte. Se lavó las manos y cedió a la presión de una turba para que crucificaran a Jesús.

Este relato de la actitud evasiva de Pilato permitió que Jesús, El Mesías, sacrificara su vida por nosotros. Tal como estaba anunciado en las sagradas escrituras, El Salvador del Mundo se entregó para librarnos del pecado. La sentencia a la crucifixión de un hombre inocente, fue el camino de la salvación de la humanidad. Sin embargo, si lo contextualizamos en el plano de la vida cotidiana es un vivo ejemplo del comportamiento que muchas veces arropa a los individuos que evaden su compromiso con la realidad. A pesar de saber que no tienen la razón actúan de manera equivocada y terminan condenando a los demás por su mal proceder. Es el síndrome de Pilato que se hace presente en diversos escenarios de la vida, sean estos económicos, sociales, culturales y políticos. El no involucrarse en los asuntos con seriedad y dejar que otros terminen haciendo las cosas por nosotros mismos, terminan generando nefastas consecuencias en la sociedad. En todo caso, el tiempo como fiel testigo terminará dándole la razón a quien la tiene.

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