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Jesús Alberto Castillo: La  rebelión de los votos

Los griegos, padres de la cultura política occidental, instituyeron el voto como expresión de la mayoría a la hora de resolver algún asunto de interés público, que es el campo de la política.  Dicho mecanismo, también, les sirvió para depurar la sociedad de gente mala o cuya acción pudiera poner en peligro la convivencia colectiva. Un ejemplo fue el ostracismo donde cada ciudadano votaba para condenar a un individuo que se sospechara de una conducta nociva y se le condenaba al destierro. De esta forma “se evitaba que una manzana podrida pudiera echar a perder al resto de las buenas”, tal como se dice popularmente. Luego, con el pensamiento liberal el voto adquiere una dimensión fundamental en las constituciones de los Estados, al consagrarse como un derecho político universal, cuya herencia permanece vigente actualmente,  a pesar de algunos vaivenes.

No es casual que Juan Jacobo Rousseau, uno de los grandes pensadores del liberalismo político haya sentenciado que “el voto es un derecho que nada ni nadie puede quitar a los ciudadanos”. El autor de “El Contrato Social” llegó a esa conclusión convencido del papel que tienen los ciudadanos, como sujeto colectivo, de ejercer su soberanía a través de sus representantes, pero sin renunciar a ella. Es un mecanismo de control hacia los gobernantes para garantizar la convivencia colectiva y fortalecer la democracia como forma de gobierno. De esta forma los ciudadanos no quedarían subyugados al poder arbitrario del mandatario, como lo sostenía Thomas Hobbes, defensor del absolutismo moderno.

Igualmente, Abraham Lincoln, expresidente y furibundo defensor del federalismo estadounidense, sostuvo que “una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”. Sus palabras no solo testimonian la importancia del voto como vía de resolver los conflictos en la arena política, sino reflejan que es mejor apostar por una actitud racional y firme que a una acción violenta y aventurera. Al final quienes apuestan a una salida por la fuerza tienden a ser víctimas, posteriormente, de esta situación.  La historia de la humanidad está llena de esos episodios que debemos tomar presentes para no cometer errores en el presente. Si nos ubicamos en el caso venezolano podemos tomar como ejemplo que en 1945 los adecos le dieron un golpe de Estado a Isaías Medina Angarita y, tres años después, recibieron la dosis de su propia medicina, cuando el presidente Rómulo Gallegos es derrocado por un golpe militar. Desde allí el país volvió a sumergirse en dictadura, después que había dado pasos firmes hacia una transición democrática a la muerte de Gómez en 1935.

Estas apreciaciones cobran fuerza en nuestro país ante la proximidad de unas elecciones presidenciales, las cuales han generado todo tipo de comentarios que afectan el comportamiento del electorado. A pesar de que el gobierno está en su punto más crítico de rechazo y es minoría, mantiene una ligera ventaja ante un debate en los sectores opositores entre sí ir a votar o no. Los abstencionistas inciten en que no hay condiciones para acudir a un acto electoral que, a todas luces, es un fraude adelantado. Por tanto quienes voten estarían legitimando al régimen. En cambio, para los defensores de la participación hay una gran oportunidad de derrotar al gobierno si todos votan. El no acudir sería contraproducente y una actitud que serviría para que el oficialismo se aferre al poder.

Nuestra humilde opinión se inclina por la segunda perspectiva. Creemos que la abstención es inducida desde dos fuentes. En primer lugar, por algunos líderes opositores que no están seguros de ganar porque han perdido el respaldo de sus otrora seguidores. Sus errores tácticos le han producido un alto costo político. En segundo lugar, desde las esferas del propio gobierno a quien los números no le dan y hacen todo tipo de laboratorio para desalentar al electorado opositor. Es la máxima de Maquiavelo: divide et impera (divide y reina). Por eso traemos a colación una frase de George Jean Nathan, dramaturgo y crítico literario estadounidense, “los malos gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan”. La fuerza de sus palabras devela que, paradójicamente, quienes se muestran más reaccionarios al gobierno, terminan por omisión que éste se salga con las suyas.

Justo cuando acaba de finalizar la Semana Santa, es pertinente romper con esa conducta abstencionista que se parece al síndrome de Pilato, es decir, lavarse las manos y dejar que otros decidan por quienes no ejercen el derecho de decidir (el voto). Una ciudadanía fuerte y activa no se construye con quien grita más que otro y al final deja el camino libre a los déspotas. Ella se construye con mujeres y hombres valientes que están dispuestos a dar la pelea por muy dura y amarga que sea. Al final, la constancia da la victoria a quien la ejerce en cualquier terreno que sea. Es tiempo de creer y seguir luchando por muy oscura que parezca la noche. Lo reconfortante es la luz que trae el nuevo amanecer. Hay que rebelarse y eso solo es posible votando. Parafraseando a José Ortega y Gasset, es importante producir “la rebelión de los votos” para insistir que el ciudadano es él y su circunstancia. Después, no habrá tiempo para arrepentimiento.

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