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Jose Manuel Rodriguez : Chávez y el derecho a la ciudad JM. Rodríguez

Llama la atención el poco interés que han prestado los intelectuales de izquierda europeos y norteamericanos al proceso venezolano. Son tan pocas las cosas que escriben o comentan sobre lo que sucede aquí, como muchos los olvidos, entre ellos las amenazas de sus propios países contra nosotros. Uno de estos intelectuales escribió, hace algunos años, un libro sobre el derecho de la ciudad a la revolución. Hablo de David Harvey, geógrafo y teórico marxista muy reconocido académicamente. En ese libro menciona a los estudiantes chilenos, los huelguistas de la plaza Tahir, los indignados españoles y griegos, los trabajadores de Londres, Bombay, Durban o Buenos Aires. En relación con la ciudad, que es el tema de su libro, señala que muchas de las revueltas que han tenido lugar en el mundo en los últimos 15 o 20 años han sido en torno a problemas urbanos: el parque Gezi en Turquía, las revueltas en ciudades brasileñas en 2013… Nada de Venezuela.

Sin duda el tema de la ciudad es de mucho interés. Ya Henri Lefebvre también geógrafo y marxista había escrito un icónico ensayo llamado “El derecho a la ciudad” (1968), que es simultáneamente un reclamo y una exigencia. Ese derecho está muy presente entre los europeos por el peso cultural que tiene sus ciudades históricas, aunque poco arraigado entre nosotros. Buena parte de las ciudades aquí no pasaron de ser, como dijo una vez Cabrujas, un campamento convertido en hotel donde apenas somos huéspedes… Decía él: no vivo en un lugar, me limito a utilizar un lugar… Pero, estando convencido que, luego del lenguaje, es la ciudad el hecho cultural más significativo de la humanidad; sé que aquí ocurrió, de manera sorprendente, algo muy importante para la visión política de la ciudad que pasó casi desapercibido entre revolucionarios y académicos de izquierda, de aquí y de afuera.

Me estoy refiriendo al proyecto de reforma constitucional que Chávez presentó a consideración del pueblo venezolano en el 2007. Lo considero la propuesta más avanzada sobre una sociedad socialista de nuevo tipo. En su artículo 16 decía:

La unidad política primaria de la organización territorial nacional será la ciudad, entendida esta como todo asentamiento poblacional dentro del Municipio, e integrada por áreas o extensiones geográficas denominadas Comunas.

Las comunas serán las células sociales del territorio y estarán conformadas por las comunidades, cada una de las cuales constituirán el núcleo espacial básico e indivisible del Estado Socialista Venezolano, donde las ciudadanos y las ciudadanas tendrán el poder para construir su propia geografía e historia…

A partir de la comunidad y la comuna, el Poder Popular desarrollará formas de agregación comunitaria político-territorial, las cuales serán reguladas en la Ley, y que constituyan formas de autogobierno y expresión de democracia directa.

La Ciudad Comunal se constituye, por decreto del Presidente de la República en Consejo de Ministros, cuando en la totalidad de su perímetro, se hayan establecido las comunidades organizadas, las comunas y los Autogobiernos Comunales…

Lo que Chávez nos proponía era un cambio en la estructura político-territorial heredada del coloniaje español y originada en el reparto de territorios entre los conquistadores. Una estructura que la oligarquía criolla transformó luego, sin medir sus capacidades sustentables, en extensos municipios con el mismo propósito explotador. Quería sustituirla por una nueva organización político-territorial socializada. Un espacio de lo natural y lo construido, de lo inmaterial y lo productivo, de lo particular y lo diverso, de la historia vivida y la cultura apuntalada. En síntesis, un paisaje cultural que otorga cohesión a un colectivo e identidad a sus integrantes, que le da organicidad a partir de la cual se establecen proyectos de vida, derechos y deberes, es decir, todo lo indispensable para parir una nueva forma de producción. Chávez estaba convencido que la producción en manos de la sociedad organizada, es decir, de la comuna, era lo único que podía conformar una yunta equilibrada con la planificación centralizada. Algo que no sucedió en la URSS enredados entre las cooperativas koljocianas, con alguna autonomía, y las empresas agrícolas del Estado, de trabajadores asalariados, que las sustituyeron. Y yo afirmo que, más allá de ser una forma de producción colectiva y solidaria, que se conecta directamente con las necesidades y costos que establece la centralidad, apunta apasionadamente a aquello que pregonaba Maneiro: profundizar la democracia, objetivo último de la sociedad.

Pues bien, tal propuesta resultó derrotada, pero no por la derecha. Fueron los funcionarios del partido y del Estado los que se opusieron en silencio a ella. Sabían que separaba el poder de ellos mismos. Pero Chávez no se amilanó, logró que la AN le aprobara las leyes del poder popular que le permitió continuar con su proyecto comunal. Y para darle mayor legitimidad a su propuesta, la incluyó luego en el Plan de la Patria 2013-2019. Allí en el segundo objetivo estratégico se dice: Impulsar nuevas formas de organización de la producción que pongan al servicio de la sociedad los medios de producción… Sus colaboradores cercanos no cedieron en su oposición y los revolucionarios y académicos marxistas ni se enteraron de ello.

Son variadas las razones para que se diera este infeliz fenómeno de resistencia y silencio. La ortodoxia marxista no parece entender que la ciudad es el verdadero espacio de los ciudadanos y centro de la lucha de clases. Ha vivido convencida que la lucha por el socialismo, sostenida por los sindicatos, se da en las fabricas. Parece no haber entendido que ellos son un falso sujeto de la revolución. Ni siquiera la historia de la Comuna de París los convenció que la lucha en los predios fabriles se continuaba en los mercados y panaderías, en las calles y barrios de la ciudad. Es allí donde la condición de clase se filtra en ese tejido socio-político que es la ciudad, dándoles pertenencia, identidad y solidaridad a sus habitantes. Y también en el tejido físico-espacial que les ofrece, al menos como esperanza, protección, permanencia y movilidad. Esos dos tejidos son lo que diferencia la ciudad de un caserío, suburbio o campamento, y más aún de una fábrica. Convierte a los pobladores en ciudadanos.

Esto, mucho menos lo han entendido los burócratas atados a los poderes públicos. Han secuestrado a muchísimos de los consejos comunales que lograron organizarse, los despojaron de su filo crítico y de su potencialidad emprendedora. Los convencieron que son solo organizaciones barriales para atender sus asuntos locales. Los acordonan entre unidades de batalla, movilizaciones electorales o celebraciones oficiales. Alcaldes y gobernadores buscan tutelarlos y colocarlos al servicio de su continuidad. Hay desprecio a la capacidad del pueblo para avanzar con autonomía. Y el golpe definitivo se les dio con los CLAP, una estructura que sirve, a lo sumo, para atender la emergencia del bloqueo económico, jamás un modo de producción. Ella, teniendo un control jerárquico centralizado, fue proclamada por el propio presidente como el máximo poder popular, Todo el poder a ellos… gritó un día. Y la necesidad producto de ese bloqueo pudo más que la conciencia.

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