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Rafael del Naranco: Chocolate para el alma

En esa situación de ahogamiento, aprensión,  futuro sombrío y perspectivas quebradas, esta Venezuela nuestra  de gente  linajuda, buena cual arepa amasada en el hogar de las ternuras a flor de piel y el joropo que infla las pasiones, no todo logrará ser caminos yertos, exilios  y sueños despedazados, al no poder olvidarse nunca que  Venezuela está en nosotros al ser  parte de sus raíces imperecederas.

Sabemos de su precario desmoronamiento y, aún así, no está hundida. Tornará a levantarse de sus ahogos resquebrajados. Los campos volverán  a dar yuca, chirimoya, yerba mate, papa, maíz, maní, piña, caña de azúcar, el sabroso aguacate y en algún recodo, cerca de un río, manojos de hierbabuena cuya exhalación quitará las penas hondas y regresarán   las buenas.

En esta disyuntiva opacada, recordemos que el cacao merideño  que llegó de los Andes a las costas de Barlovento, Aragua y Sucre, seguirá siendo la bebida que reconforta nuestros pesares y que hoy o mañana, más pronto que tarde, retornará.

Es sabido que el cacao es un elixir de los dioses cuya preparación se pierde en la noche de los tiempos, no obstante,  igual a cualquier placer humano se le ha revestido de pecado y virtud.

El componente primario es una semilla de un árbol pequeño. Generalmente se lo  llama “cocoa”. En la actualidad se cultiva en todas las regiones de la selva tropical húmeda.

Un cacao procedente de Venezuela ha tenido fama mundial. Un día en la ciudad de Hamburgo, observamos un escaparate promocionado  el producto de las viejas haciendas de Petare y poco tiempo después, en Zurich, saliendo del hotel Movenpick, en un pequeño  supermercado  había una exhibición del chocolate caraqueño. Su contenido venía en unas cajitas ovaladas muy bien presentadas. No puedo negar que sentí un agradable y dulce regodeo.

Los orígenes de esta sustancia sólida, sensual para muchos, tienen sus raíces en el reino misterioso de los olmecas y los mayas, antiguas civilizaciones mesoamericanas, las primeras que cultivaron el árbol de cacao.

Ya el agradable condimento se usaba con fines terapéuticos en el siglo IV en tierras americanas. Los hechiceros  lo recomendaban como estimulante, y los guerreros lo consumían como una bebida tónica. Los propios colonos españoles sabían de sus virtudes curativas. Un viajero del siglo XVIII escribió:

“Con estos granos se elabora una especie de pasta que según los indios es buena para el estomago y contra el catarro”.

Con todo, la golosina despertó efectos muy encontrados entre las comunidad médica de diversas naciones. Igualmente la Iglesia Católica veía en esa sustancia aglomerada una especie de caldera de diablo, aunque tiempo después no existía parroquia, por pequeña que fuera, cuyo cura no disfrutara de las virtudes líquidas del cacao y… de la gozosa y benéfica siesta.

Con deleite habíamos  leído hace tiempo – al ser consumidores natos de ese placer y desayunar frecuentemente con una taza caliente de chocolate-   que durante el siglo XVII ese prodigio de la naturaleza ya había recibido  la bendición de buen número de doctores y botánicos, al descubrirse  en sus propiedades sustancias beneficiosas tanto para el cuerpo como para el alma.

Un médico italiano de apellido Blancardi comentó por aquella época: “El chocolate no solo tiene un sabor agradable, sino que es también un auténtico bálsamo para la boca, pues contribuye a mantener todas las glándulas y humores en un perfecto estado de salud. Todo aquel que lo bebe posee un aliento muy dulce.”

Unos investigadores de la universidad de Colonia, Alemania, se percataron de que el chocolate puede ser beneficioso para la salud tras realizar un experimento con personas padeciendo hipertensión moderada y no  tratada como patología hasta ahora.

Se demostró que los polifenoles  de este producto son una maravilla para la salud,  y más lo sería en la Venezuela de hoy tan  necesitada de un alimento que ayudara  a sostener  la alegría y convivencia del país.

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