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Fernando Ochoa Antich: Dividir para reinar

Este principio maquiavélico, cuya autoría se atribuye al gran florentino, expuesto como uno de los factores de la política en “el arte práctico de gobernar los príncipes”, ha sido aplicado permanentemente por Nicolás Maduro, irrespetando los valores de la ética y de la propia ideología que dice profesar, para satisfacer su ambición de preservar el poder sin límite de tiempo y a cualquier costo. Ese ha sido históricamente el objetivo fundamental de los regímenes estalinistas. La contundente derrota electoral sufrida por el “chavismo”, devenido en madurismo, en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015, condujo a la camarilla gobernante a plantearse la imperiosa necesidad de dividir a la oposición democrática para evitar la pérdida definitiva del poder político. Trataré de resumir las distintas acciones ejecutadas por el madurismo para lograr ese objetivo, sin importarle comprometer, como lo ha hecho, el destino de Venezuela.

Nicolás Maduro entendió que al haber sido impuesto por Hugo Chávez de su persona para reemplazarlo en la Presidencia de la República y garantizar de esa manera la dominación de los Castro en Venezuela, iba a tener un importante rechazo en el sector militar comprometido en la asonada del 4 de febrero de 1992. También percibió la dificultad que tendría para reemplazar la figura carismática de su mentor. La primera demostración que tuvo de esta realidad fue la pírrica e ilegítima victoria obtenida en la elección presidencial del año 2013. Su manifiesta incapacidad para desempeñar la presidencia de la República, la crisis económica surgida, en el año 2012, a consecuencia de la caída del precio petrolero y la debilidad financiera generada por la creciente corrupción y el desbordado despilfarro de los ingentes ingresos nacionales, inducido por  funesto “Plan de la Patria”, no le dieron margen para rectificar tan equivocada orientación. Al no hacerlo, creó las causas de la actual tragedia nacional y, en cierta forma, produjo la derrota del oficialismo en las elecciones parlamentarias de 2015.

Ese importante triunfo de la oposición democrática se obtuvo fundamentalmente por la prudente posición que tuvo el liderazgo de Acción Democrática, Primero Justicia y Voluntad Popular, al lograr el ansiado acuerdo político que la opinión pública exigía, enarbolando la bandera de la unidad. Tan inteligente acción satisfizo sus propios intereses y los de los partidos minoritarios. El resultado fue verdaderamente sorprendente, al obtener la oposición democrática 7.726.066 votos en comparación con los 5.622.844 votos oficialistas. Ese resultado permitió que el sector opositor conquistara la mayoría calificada de la Asamblea Nacional. Esta realidad le hizo entender a Nicolás Maduro y a su camarilla que, de mantenerse el anterior acuerdo unitario, su salida del poder era una realidad inevitable. A partir de ese momento, el único objetivo del régimen madurista fue crear progresivamente las condiciones para que se produjeran importantes tensiones y roces internos dentro de la Mesa de la Unidad Democrática para poder romper la exitosa unidad opositora.

Lamentablemente, el liderazgo democrático no tuvo la suficiente perspicacia para lograr interpretar la maniobra madurista, ni tampoco entender la importante capacidad de maniobra que conservaba Nicolás Maduro al mantener el control sobre los demás poderes públicos y la Fuerza Armada Nacional. De inmediato empezaron los problemas. El madurismo comprendió que era imprescindible evitar que la oposición democrática mantuviera la mayoría calificada, ya que, de haber sido así, hubiese sido posible crear un nuevo e importante equilibrio interno en los poderes públicos y como consecuencia su independencia y autonomía. Sorprendentemente, la oposición no reaccionó con suficiente fuerza en defensa de su mayoría calificada y no estableció como objetivo fundamental de sus acciones la obtención de un nuevo equilibrio entre los poderes públicos. La escogencia del presidente de la Asamblea Nacional evidenció una pequeña fisura en la unidad de la oposición democrática.

A partir de ese momento, esa fisura se expandió y surgieron dos visiones en la oposición. Una, que consideraba posible lograr la inmediata salida de Nicolás Maduro del poder, utilizando la figura del referendo revocatorio con el respaldo de una permanente movilización popular. Otra, que creía que era necesario convivir con el régimen madurista mientras la oposición democrática incrementaba su fuerza política para obtener un nuevo y arrollador triunfo en las elecciones regionales y municipales. El desenlace que tuvieron los fracasos de la convocatoria al referendo revocatorio y de la primera negociación gobierno-oposición fortaleció al sector más radical de la oposición que consideró posible la renuncia de Nicolás Maduro mediante multitudinarias manifestaciones pacíficas. El régimen entendió la maniobra y utilizo la violencia. Sin escrúpulos de ninguna especie empezaron premeditadamente a asesinar uno o dos jóvenes diarios en las manifestaciones convocadas por la oposición democrática.

El asesinato de los 157 jóvenes en las manifestaciones populares, la desesperanza que produjo la elección de la írrita asamblea nacional constituyente, el inicio de unas inoportunas negociaciones gobierno-oposición y la convocatoria a un proceso electoral para gobernadores y alcaldes, totalmente inequitativo y sometido a numerosas triquiñuelas del Consejo Nacional Electoral, hicieron que surgiera en los sectores radicales de oposición la tesis de la abstención y en la opinión pública un nuevo rechazo a los partidos políticos, olvidando que el importante crecimiento de la oposición se había logrado al reafirmar el camino electoral y fortalecer la unidad de las fuerzas políticas como la bandera fundamental de la oposición. El resultado es conocido por todos los venezolanos. Definitivamente, la estrategia madurista había logrado su objetivo de dividir a la oposición democrática en abstencionistas y votantes. ¿Era posible un nuevo triunfo de la oposición? Soy de los que creo que sí, pero debo reconocer que las ya inaceptables condiciones y garantías electorales, empeoraron aún más.

Ahora, los sectores democráticos deben enfrentar el reto de la elección presidencial. Lamentablemente, percibo una importante y dolorosa división. Inexplicablemente, el liderazgo de la Mesa de la Unidad Democrática no logró el necesario e imprescindible acuerdo, durante el año 2017, para designar un candidato único que ejerciera la conducción de las acciones opositoras y garantizara la segura derrota de Nicolás Maduro. La consecuencia ha sido el fortalecimiento de la posición abstencionista y la derrota de la oposición en las elecciones regionales y municipales. Esta circunstancia produjo el lanzamiento de la candidatura presidencial de Henri Falcón con el respaldo de Avanzada Progresista, Copei, MAS, Juntos y un importante número de independientes. ¿Qué va a ocurrir? Es difícil saberlo. Continuaré tratando el tema en mis próximos artículos. De todas maneras, considero un grave error político confundir el enemigo. Atacar al sector participativo, principalmente a figuras políticas como Henri Falcón, Eduardo Fernández y Claudio Fermín, puede tener consecuencias impredecibles al comprometer definitivamente la unidad de la oposición y garantizar la permanencia en el poder de Nicolás Maduro.

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