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Jesús Alberto Castillo:  El ocaso del régimen

El precursor de nuestra independencia, Francisco de Miranda, llegó a señalar que “La tiranía no puede reinar sino sobre la ignorancia de los pueblos”. La razón es muy sencilla. En la medida en que se descuide la formación de los ciudadanos, los gobernantes pueden manipular y jugar con las necesidades de la gente. Por ello no descansan en ofrecer dádivas para sumir a la gente en el más completo estado de dependencia, lo que se traduce en una especie de control que le sirve, definitivamente, para ejercer el poder caprichosamente hasta la muerte. Tal cruda realidad nos obliga a creer en la educación como la única vía para concientizar y liberar a las personas encadenadas a los vaivenes de los gobiernos déspotas. Una persona culta es poco probable ser presa de las maniobras que suelen hacer muchos tiranos en el planeta para perpetuarse en el gobierno.

En Venezuela la frase del Generalísimo  tiene mucha vigencia al observar cómo el régimen de Maduro manipula hasta la saciedad a los electores con diversas prebendas que se convierten “en comida para hoy y hambre para mañana”. La receta es muy clara.  “Dale migaja a la gente y la tendrás siempre arrodilladas ante ti”. De esta manera el gobernante aparece en el ideario colectivo como “El gendarme necesario” que mantiene con vida a la plebe y sin él no hay patria. Es un laboratorio de manipulación social que cambia de estilo, según vayan dándose los escenarios políticos. En nuestra sociedad esto es posible porque el oficialismo, en más de dos décadas, ha reforzado una simbología política de la guerra, entre amigos y enemigo. Allí no hay espacios para el diálogo, mucho menos para el reconocimiento del otro. Sólo discriminación, manipulación y demagogia.

El madurismo es la reproducción de un gobierno que no tiene paz con la miseria humana y exalta el resentimiento de muchos izquierdistas trasnochados que, al llegar al poder, se convierten en peligrosos actores que manipulan a las masas para liquidar al adversario político, aunque disfruten a rabiar de las mieles del poder, tal como lo haría cualquier personaje del Status Quo satanizado por ellos mismos. Para el régimen no hay entendimiento que valga. Quien no comulga con su proyecto autoritario es traidor a la patria. Su concepción de la política se asocia a la de Carl Schmitt, militar prusiano, donde “el enemigo es simplemente el otro que está en contra de mi posición”. En dicho esquema no hay raciocinio ni priva el imperio de la ley, sino el empleo de la fuerza para domesticar al contrario. De manera soterrada, se usan sofisticadas estrategias para manipular ideológicamente a los débiles de formación, tal como ocurre todos los días con los llamados “combos” y “bonos”, íconos del “nuevo hombre”, que se traduce prácticamente en la desmoralización y empobrecimiento de la gente.

Pero es allí donde subyace la muerte del régimen. Un filósofo de gran talla universal como el español José Ortega y Gasset, en su célebre obra “La rebelión de las masas”, desnuda el derrumbe de los regímenes autoritarios. Expresa el autor que las revoluciones estériles (metamos aquí al régimen de Maduro) han sido incapaces de avanzar a la sociedad. Intentan vender un mundo utópico a la gente pero se convierten en reaccionarias cuando ven amenazados sus intereses. El hombre masa es el sujeto vacío, sin pasado histórico y dócil, sólo embriagado de apetito por las cosas que ve delante de sus ojos. Cuando logra acceder a espacios anteriormente reservados a las élites, desde restaurante y lujos a granel, se cree con plenos derechos, pero sin obligaciones que cumplir. Ahora bien, al sentir que ha perdido esos privilegios se rebela contra quienes ya no le pueden garantizar su estatus. Es allí donde se llevan todo por delante, hasta los que hasta ayer le daban un poco de comer.

En conclusión, el ocaso del régimen madurista está cerca porque ya no puede seguir manteniendo las múltiples exigencias de su maquinaria electoral, a pesar de hacerle creer que es la salvación de la patria. Maduro no tiene recursos ni autoridad moral para innovar porque encarna el fracaso y lo viejo. Por mucho que diga que garantizará la paz y la prosperidad económica, nadie le cree. Cada día que pasa la crisis económica se agudiza y la hiperinflación se hace latente porque no hay confianza en su gestión. Las agujas del reloj anuncian su ocaso, más allá de su portentosa y costosa industria propagandística de tener incautos a su inviable proyecto político. Las horas pasan y nos aproximamos a su epitafio final. Aunque a algunos no quieran reconocerlo, el voto será el arma fulminante que terminará dando el estacazo definitivo a este régimen que ha causado miseria, muerte y destrucción de nuestra añorada Venezuela.

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