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La forma singular es la infinita: Poemas de Ida Gramcko; por Juan Luis Landaeta

 

Escribe, como quien labra su voz para la memoria, quien amarra, para la lectura, su existencia. Este libro, desde la primera impresión de su apariencia, nos da cuenta de un hecho verdaderamente excepcional, con el brillo nato de lo simple: es una pequeña caja de cartón que contiene poemas.

Este valiosísimo conjunto de textos, reunidos y revisados para la presente edición, es ante todo un rescate y, como tal, emerge. Se salva no sólo la manifestación de un lenguaje moderno y vívido, sino de una latencia urgente. Gramcko, en el soporte lúcido de su escritura, la que apropia para sí, imprime con su latencia y su exactitud, la pira por la que el pensamiento arde. En sus propias palabras: las campanas ocultas de su lengua.

Cada autor ofrece su propia memoria y su propio olvido. Los textos de Poemas recorren la sensibilidad de un pensamiento que no embelesa, no empalaga y, sobre todas las cosas, nunca esquiva. Sólida, llanamente corpórea, la poeta asiste sin restricciones a la extensa fauna del deseo, del dolor y de la comunión que brindan el amor o el hambre. Estas páginas no despliegan maromas antes de hablar de la lágrima, confesarse o interpelar el hecho vital desde un paisaje repleto de pérdidas o vacíos: La sombra azul del árbol / se dilata y me ciñe. / Déjame con los pájaros.

Esta compilación de textos escritos entre 1947 y 1952 —en la medianía de un siglo que todavía se sacudía la extensa pólvora de la guerra— revela un verso que disipa cualquier elucubración y, asombrosamente, concluye. Aun con el hilo narrativo, la rima y los recursos atienden siempre a una glosa nítida, ajena al derrape o a la improvisación, en medio del extrañísimo hecho que es verse. La escritora fija una posición frente al lenguaje y su lenguaje desde una elementalidad privilegiada. Alucinada o epifánica, para Ida Gramcko, el ser que sueña o deambula sonámbulo pueden ser el mismo, sin privilegios ni asombros.

La vocación lírica, por signar, no permite discriminación alguna. Las comarcas se despliegan, dibujan, no se sienten. Ninguna cosa es un cerrado límite, todo puede ser nuestro es un verso abarcador y libre, antes que ambicioso. La poeta deja en nuestra mirada una promesa de entendimiento y asombro, sin esquemas y sin alardes. En el fondo, todo eso que puede ser nuestro ya lo ha sido. Asirlo no sería una operación primigenia, sino de rescate. Los poemas existen bajo la consciencia de su necesidad, así como la del canto hecho verbo, desde luego, palabra. Memoria, como casa o plaza a la que se vuelve. Todas las palabras, como este libro mismo, se alzan ante el olvido.

Siendo venezolana, oriunda de la costa norte del país, y habiendo sido laureada en vida, con numerosos reconocimientos, Gramcko no escapó a los atavismos de la época, de la industria cultural, ni de las ya famosas omisiones editoriales. Aunque parezca mentira, esta reunión tan particular de poemas, sujeta a un ideario personalísimo y enorme, en el dominio de un registro propio, jamás había sido editada en Venezuela. Por primera vez lo hace allí y llega a nuestras manos, con el sello de la Editorial Letra Muerta, dirigida por la diseñadora y editora Faride Mereb, cuyo eje central de trabajo han sido autoras de archivo.

Como si el libro fuera un tremendo ideograma, la edición hecha por Mereb nos acerca a una manera más extensiva y rica de la lectura. Digamos que consigue, de alguna forma, representarla. El tomo principal está compuesto por 5 tipos de papeles, cada uno de distinto tamaño; el libro se muestra como una pieza “escalonada” que avanza, precisamente, atravesando los 5 años que hay entre unos y otros. A su vez, en primer término, encontramos una pequeño ejemplar que salta a la vista con manuscritos, tachaduras y transcripciones de la autora. Las reiteraciones, rimas o esquemas conceptuales de la poeta encuentran su reflejo en diseños, descansos e intersticios que se suman con armonía al tránsito de la lectura. A los textos los acompaña una selección de fotografías y retratos de Gramcko, muchas de ellas con la autoría de Alfredo Cortina, reconocido fotógrafo, pionero en muchos ámbitos de estéticas en cine, fotografía y medios de comunicación en Venezuela.

Una hermosa dicotomía invade a estos poemas y al libro. La potencia necesaria del verso se estrella contra el destino impotente de éste mismo: Dios supera al canto, —señalan los ascetas—. Traigo a colación la paradoja, pues es en textos casi proscritos, enconados y, más aún, en autoras relegadas al peligrosísimo archivo que tanto Mereb como Letra Muerta han encontrado asidero no sólo de su arte, sino de su misión. A la invasión total de sentido que ofrece la lectura de la obra de Gramcko la apoya una manifestación impresa, exquisita y artesanal en todo rigor de la palabra.

Una caja de poemas venciendo el límite, la orilla palpitante de una mano, coincidiendo con la íntima metamorfosis de leer al poema. Somos uno con la autora cuando asumimos el paisaje profuso de su idioma, la dúctil necesidad de su ser o —como diría ella en un verso—: la carne de una música o de un pétalo.

La frontera entre dispositivo y sentido se borra cuando se arma una sola experiencia para quien la percibe y disfruta. Si en toda obra escrita es imposible saber dónde empieza y dónde terminan los textos, su fin y sus versiones, entonces Poemas, de Ida Gramcko, también borra la noción de dónde empieza el libro. Esta cápsula, bella y remota, como las estrellas que ya no existen, nos ofrece el lugar del poema, justamente donde éste no está. Un lenguaje súbito e inesperado, dominado en su esencia. Un idioma que, a decir de la autora, responde a Lo real, no la manzana / entre la mordedura y la semilla

 

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