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Rafael del Naranco: Nuestro Cinema Paradiso

Suelo acudir con poca asiduidad a las salas de  cine y siempre si   la película  proyectada   ofrece ramalazos de ternura o enaltece causas   que nos hacen algo más humanos,  ese atributo cada vez más inexcusable    en unos tiempos de intimidación desatada y  descosidos  ramalazos con más técnica y menos  valores.

Tampoco suele veo filmes en la televisión al ser el territorio aún menos apropiado para ello. Si alguna vez hice un  esfuerzo y contemplé una película  en esa caja negra,  declaro que me he quedado profundamente adormilado. La televisión es  un maravilloso somnífero, tanto, que desplazó al “Lexotanil”.

Aún con lo dicho sería un ser artificioso si no admitiera que alguna proyecciones nos ha dejado recuerdos imborrables. Podría nombrar tres docenas  o acaso  alguna más. Entre ella destacan “Casablanca”,  “¡Qué verde era mi valle!”, “”De aquí a la eternidad”, “El doctor Zhivago”, “La vida es bella”, “Esplendor en la hierba” –  interpretada por Natalie Wood,  nuestro imperecedero amor cinematográfico – y “La gran belleza” pieza admirable de  Paolo Sorrentino.

Con  “Casablanca”, a pesar de los años transcurridos desde la primera vez, siempre  la vuelvo a contemplar con la misma ilusión palpitante.

Un día lejano  fui al encuentro de  ese apasionamiento cinematográfica, y en la ciudad marroquí  del mismo nombre lo único que  hallé fue la niebla espesa  y el bullicio del  zoco moruno.

El la ciudad homónima el famosos “night club” no existía, ni  en ninguna parte estaba Rick aún viéndolo con los ojos cerrados en cada bar inclinado sobre el mostrador en la alta madrugada:  traje blanco, pajarita negra,  mano izquierda agarrando un vaso, el cenicero repleto de colillas, mientras la vista se le iba  al encuentro de una lejana querencia  furtiva.

Salimos de la posguerra española  intentando dejarnos el bigotillo y así  parecernos a Clark Gable. Habíamos visto sacudida la vida y lo poco que teníamos se lo había llevado el vendaval de la crueldad. El hambre no, y aún así permanecía el cine. Después ni eso.

Creo recordar la primera vez que fui a ver “Lo que el viento se llevó” arrastrado por una joven rubia oxigenada   de nombre de Amanda.

En ese tiempo lejano  no me atraían los melodramas estridentes y los besos castos obsesionados con el cine de Pudovkin. Intenté durante la proyección  llevar su mano a la suya. Tarea irrealizable.

Un día, con otra muchacha del barrio, cuando conseguí al  fin acercar mis labios a los suyos, justo en el preciso momento en que una melodía inolvidable inundaba la pantalla y una tal Escarlata O ´Hara lanzaba un largo suspiro , a ella le entraron  deseos de  llorar.

Desde esa época creo haber aborrecido  el cine pueril al no creen que en esas salas – nidal de los ensueños – eran el lugar  originario para descubrir el amor esperanzado. Alcancé el primero fogonazo carnal  en una pensión tras otra película “Hiroshima mon amour”. Duro cuatro días, al quinto, la madre de la criatura nos puso en la calle, no por cortejar a la manceba, sino por algo tan prosaico como no tener peculio para pagar la manutención.

Eso, y algunas otras emociones a flor de piel,  formaron parte de nuestro propio “Cinema Paradiso”, una realidad anegada de ternura   surgida de la esplendida obra fílmica  de Giuseppe Tornatore.

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