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El caso del mes de salario integral que se gastó en 30 minutos

Saque usted su propia cuenta de los productos que está en la foto y obtenga sus propias conclusiones del costo de alimentarse.

Por tercer mes consecutivo, pusimos a un ama de casa venezolana a hacer mercado con el equivalente a la suma de sueldo mínimo y bono alimentario. Solamente en medio kilo de carne molida (Bs 395.000) se desvaneció el primero (Bs 392.546). “Yo viví tiempos mejores: esto no es ser feliz”, concluye Bertha Mirabal, una profesional de clase media del sector caraqueño de Prado de María.

En 1984 se publica El caso de la araña de cinco patas, una novela detectivesca del humorista Otrova Gomás que pasa a la posteridad por el Archivo Nacional de Promesas, espacio imaginario en las torres caraqueñas de Parque Central en el que están depositadas todas las ofertas que hacen, dentro y fuera de campañas electorales, los políticos venezolanos.

Para la memoria de los que habiten este pedazo de tierra en el futuro debe quedar el caso del salario integral que se gastó en exactamente 30 minutos. Pudieron haber sido 10 minutos, si todos los negocios en los que Bertha Mirabal compró 8 ítems se hubieran situado en una misma calle del sector caraqueño de Prado de María.

Por tercera vez en 2018, luego de las experiencias con Petra Gutiérrez e Irene Castillo, acompañamos a hacer mercado a un ama de casa a la que se le había transferido previamente el equivalente a un salario integral mínimo mensual.

Fue la primera ocasión en que el experimento se hizo con un ingreso superior a 1 millón de bolívares fuertes, decretado por el presidente Nicolás Maduro el pasado primero de marzo (Bs 392.546 de sueldo básico, que es el que se utiliza para el cálculo de prestaciones sociales, más un bono alimentario de Bs 915.000, para un total de Bs 1.307.646).

Nunca antes el dinero se gastó tan rápido. Bertha hizo su primera compra en la Calle Real de Prado de María a las 2:16 pm del jueves 5 de abril (Bs 260.000 en dos bolsas artesanales con 500 gramos de caraotas cada una), y para las 2:46 pm ya había dejado atrás por un par de cabezas al salario integral después de adquirir una pila de plátanos, medio cartón de huevos (15 unidades) y 384 gramos de queso blanco duro para rallar en la avenida Los Bucares del sector que fue bautizado en 1920 por el padre Santiago Machado en homenaje a la Virgen de la Salette.

En total, la licenciada en Ciencias Políticas de 49 años invirtió 1.388.150 bolívares, si se agrega medio kilo de carne molida que, por sí solo, derrotó al sueldo mínimo (Bs 395.000) y un puñado de ají, cebolla y zanahoria (Bs 30.150) para sazonar la preparación que haría en casa.

Pudiera alegarse que, a diferencia de Petra Gutiérrez en enero e Irene Castillo en febrero, Bertha hizo énfasis en las proteínas, pues ya contaba con algunas hortalizas en la nevera. “Trato de que en mi casa siempre haya al menos una proteína porque tenemos dos personas de edad madura y dos muchachas estudiantes que necesitan alimentarse”, justifica.

No obstante, el hecho de que se le desvaneciera el dinero en mucho menos tiempo que a sus antecesoras es un indicador de que, probablemente, la hiperinflación en Venezuela va a un ritmo más rápido que los aumentos aprobados de manera periódica (hasta seis en 2017) por el presidente de un gobierno que se hace denominar socialista.

Otros dos indicadores de Venezuela año 2018: ninguno de los productos que compró Bertha fue procesado de manera industrial. Las caraotas las adquirió en un comercio llamado Deliquesos y el queso en un local de terminales de lotería.

Tan afortunada como triste

¿A cuánto es que está un sueldo?”, preguntan, con curiosidad, las dueñas del local de lotería cuando se enteran de que forman parte de un reportaje de El Pitazo, una reacción más amable que la de los propietarios del frigorífico donde se compró la carne, que, a la defensiva, hacen la advertencia al equipo periodístico de que, “por si acaso”, han sido grabados con cámaras de circuito cerrado.

En el mundo real, como ocurre en muchos otros hogares venezolanos, el salario mínimo integral es una entelequia: sólo existe en la ficción. Bertha Mirabal responde al perfil de una profesional de clase media. Hace siete años invirtió en un apartamento en Macaracuay al que no ha podido mudarse con su esposo y sus dos hijas por carecer de recursos para equiparlo, y hoy vive “arrejuntada” en una casa de dos plantas en la calle Santa Teresita junto a su madre y un tío.

Todos se apoyan y aportan algo para los gastos de la casa, bien con pensiones de tercera edad o remuneraciones formales e informales. También reciben ayuda, eventualmente, de familiares que emigraron de Venezuela. Bertha ha perdido 10 kilos de peso en los últimos dos años.

“Todos hemos adelgazado en este casa. No hemos tenido rencillas por alimentos, pero sí he puesto mucho más control sobre todo lo que se deja en la nevera. Me cuesta decirlo, pero siempre hemos tenido al menos desayuno y una cena muy ligera. Sólo hemos reducido el número comidas los fines de semana, que es cuando estamos todos aquí: hacemos sólo un desayuno a las 11:00 am, y un almuerzo a las 5:00 pm. Me siento afortunada y triste al mismo tiempo”, hace con remordimientos el balance de su fortuna en un período histórico en el que, según la reciente encuesta Encovi (organizada por las principales universidades nacionales), 61% de venezolanos se acostó con hambre en 2017, aunque la muestra se tomó antes de que se oficializara la hiperinflación en octubre.

“Este mercado de Bs 1.388.150 que hicimos hoy me puede alcanzar, a lo sumo, para tres o cuatro días, haciendo combinaciones para que rinda para seis personas: por ejemplo, arepa con huevo y queso y, si sobra algo de carne, pasta con salsa. Hoy ya tenía hecho algo de arroz y con eso puedo completar un almuerzo más o menos decente. La carne la compro molida porque no tiene pellejito y es menos desperdicio”, calcula.

El arroz, la pasta y la harina de maíz para las arepas los ha obtenido de una caja CLAP, una ayuda alimentaria de distribución irregular que vende el gobierno venezolano a precio preferencial, o bien del mercado negro (“bachaqueros”, en la jerga criolla). “El CLAP no es solución para una familia de seis. En promedio llega una vez al mes o cada 45 días. Somos una familia de ascendencia andina y la arepa era nuestro pan básico. Hemos reducido el consumo porque la harina de maíz es difícil de conseguir. Y la que se consigue es a precio de bachaqueros. No tengo más remedio: o trabajo o hago colas (por productos regulados). La harina de la caja CLAP para nada sabe a arepa. Suele venir de México y está hecha para tortillas”, rezonga Bertha, que recibe el beneficio a pesar de que no ha tramitado el Carnet de la Patria, un documento de identidad con código digital que el gobierno utiliza para control social y electoral.

Cazadores y recolectores de efectivo

Todas las compras que hizo Bertha Mirabal para este reportaje se efectuaron a través de un punto de venta electrónico, lo que le restó poder adquisitivo: la economía venezolana de menudeo está afectada por una grave escasez de dinero en efectivo, que el presidente Maduro promete paliar a partir de junio con una reconversión monetaria que eliminará tres ceros a los actuales bolívares. El papel moneda es revendido por un precio mayor al de su valor nominal, lo que hace que sea aceptado con los brazos abiertos por los comerciantes: “los huevos que me costaron Bs 300.000 con punto de venta los podría haber comprado a la mitad o menos si tuviera billetes. En mi familia nos cuesta muchísimo conseguir efectivo. Sólo hay una agencia (del banco Mercantil) en la zona. Lo que hacemos es estar cazando entre todos el momento en que llega la remesa (de billetes) al banco. Tratamos de sacar billetes de Bs 100.000 (los de más alto valor, emitidos a partir de noviembre) y luego vemos cómo los cambiamos”.

Bertha y sus parientes emplean el efectivo, principalmente, para los fundamentales gastos de transporte, otro servicio público afectado por un déficit de hasta 80% de unidades paralizadas por carencia de repuestos. Tienen otras razones para sentirse afortunados: no han padecido cortes de agua y luz ni averías de electrodomésticos, con excepción de una lavadora. Pero sí cancelaron recientemente Bs 1.300.000 por la reparación de una tubería de suministro directo de gas, un gasto que la compañía estatal PDVSA no asumió.

En la casa de la calle Santa Teresita se deja sobar un lanudo símbolo de estatus: Chicho, un perro casi idéntico a un personaje de la Guerra de las Galaxias. En realidad no es de Bertha, sino una familiar que le deja la Perrarina. “Afortunadamente mis dos perros murieron hace tres años. Pero me niego a abandonar mis loritos. Los mantengo con alguna verdurita, una frutica, un jojoto”, cuenta la politóloga, que atribuye al gobierno de Maduro la responsabilidad principal por los precios que cambian varias veces incluso en el transcurso de un mismo día: “Reconozco que puede haber especulación por parte de los comerciantes. Pero esta situación se debe a la política económica, o la ausencia de ella. Se envía dinero a la calle sin soporte y se profundiza el problema. Los aumentos de sueldo no sirven absolutamente de nada, son un círculo vicioso. La mayor prueba de que no se puede hablar de ‘guerra económica’ (justificación de la crisis que utilizan las autoridades del país, mezcla de bloqueo externo y saboteo interno) es que tenemos a 27 generales controlando 27 productos y aproximadamente 190 empresas de alimentos en manos del Estado. Es decir, cuentan con el control de la producción y la distribución”.

Bertha también es afortunada (¿o no tanto?) porque, como en esos cultos religiosos que creen en la reencarnación, conserva parámetros de lo que parece una vida anterior. “Extraño la compra mensual. Llenábamos un carrito de supermercado. El sueldo nos alcanzaba para ir al cine y dos o tres veces al mes a un restaurante. De vez en cuando nos podíamos dar un gusto con un jamón serrano, un queso manchego o un dulce”. Y se le ponen los ojos aguarapados: “No soy feliz. Ver a mis hijas que no pueden disfrutar su juventud no me hace feliz. Para nada. Viví tiempos mejores. Más que depresión, los precios me dan mucha rabia. La inflación se puede solucionar, pero no hay ninguna voluntad para que esto se solucione. Pero soy optimista. No voté por este gobierno y quiero estar aquí cuando ocurra el final de todo esto. Tarde lo que se tarde”.

Para quedarse en el país, Bertha probablemente necesitará mucha más ayuda en moneda fuerte de los familiares que sí se marcharon.

El Pitazo

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