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Vladimir Villegas: La vida como moneda devaluada

En días recientes se confirmó el asesinato de dos periodistas y un conductor del diario ecuatoriano El Comercio, quienes habían sido secuestrados en la frontera por un grupo guerrillero disidente de las desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, (FARC).

Los ejecutaron sin compasión alguna. A sangre fría. Ese crimen ha sacudido a Ecuador, y también al periodismo latinoamericano. Son muchos los comunicadores asesinados por grupos paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y mafiosos de distintos pelaje y calaña. La búsqueda de la verdad tiene muchos enemigos, para quienes la vida no vale nada, a menos que sea la propia.

¿Qué habrá animado a ese grupo disidente a ejecutar ese crimen a sangre fría, contra tres trabajadores de la prensa? Seguramente es el mismo desprecio por la vida que sienten los delincuentes en cualquier lugar de Venezuela para no conformarse con llevarse el celular, el carro o el reloj de cualquier ciudadano. Hay que robarle también la vida. Estropear la felicidad de familias entera.

Ese deprecio por la vida también se hace presente en el alma- si es que tienen – de funcionarios que hacen ejecuciones extrajudiciales y luego quieren justificarlas bajo la excusa de enfrentamientos, aunque hay testigos de que los ejecutados fueron capturados sanos y salvos.

Lo mismo ocurre con quienes fabrican armas de destrucción masiva y experimentan cómo matar gran cantidad de personas con armas químicas. Y por supuesto, no pueden escapar de esa categoría quienes ordenan el uso de esas armas químicas  contra  civiles e incluso militares.

Las ganas de matar están presentes en todas partes del mundo. Lo importante parece ser la búsqueda del argumento para hacerlo. Si un soldado de Siria o un integrante del Estado Islámico recibe la orden de usar armas químicas y lo hace sin chistar también es un asesino, un criminal  de guerra. La obediencia debida no funciona en esos casos, como tampoco en otras situaciones violatorias del derecho a la vida y otros derechos humanos.

En Venezuela  la delincuencia mata por deporte. La vida  vale tanto como nuestra aporreada moneda nacional. En Estados Unidos el poderoso lobby de la super dura Asociación Nacional del Rifle impone que no se puede prohibir la venta de armas. No importa que muchos de ellos vayan a parar en manos de personas no preparadas para un uso responsable del armamento, incluso de adolescentes con severos problemas de conducta.

Se gasta más en el mundo en la fabricación de armas que en soluciones a problemas sociales como el hambre, la desnutrición y la proliferación de enfermedades. Imagínense si el presupuesto para todo el proceso productivo de armas de distinta índole se destinara a la construcción de escuelas, hospitales y otros centros de interés colectivo, o en vivienda o seguridad social. Mientras tanto el ambiente internacional se hace cada vez más tenso. Estamos ante el peligro de una guerra caliente entre países con poderío nuclear. Ojalá que a partir de lo ocurrido en Sitia, tanto el presunto uso de armas químicas como el ataque aliado del pasado viernes no pase a mayores.

La mejor manera de defender la vida, bien sea en Venezuela, en Siria o en Ecuador,  es con una política de desarme. Aquí en nuestro país, por ejemplo, hay que desarmar a la delincuencia. Esa que a diario roba y asesina sin piedad. También a los grupos  “revolucionarios” que andan armados ante la mirada cómplice de las autoridades. A los pranes y sus subalternos en las cárceles. En fin, esa es una de las tareas más complejas que tenemos por delante en nuestro país.

Como no podemos resolver el problema de armas y ganas de matar que hay en el mundo, al menos hagamos nuestra parte en Venezuela. Es lo que toca.

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