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Nueve reflexiones sobre la dignidad

“Jesús y el centurión” (1571), de Paolo Veronese

 

POR Federico Vegas

En una de esas tardes interminables de mi infancia, en que ni yo mismo me soportaba, mi abuela me advirtió desde el sillón donde bordaba:

—Estás buscando lo que no se te ha perdido.

Me habló con el tono apostólico de quien sabe lo que todos ignoran y presentí un reino tan cercano como oculto, poblado de insospechadas amenazas y maleficios, incluyendo coscorrones y hasta pelas con correas de cuero.

Hoy recordé ese episodio al escucharle decir a un amigo con el mismo docto ceño de mi abuela:

—Venezuela ha perdido su dignidad.

Ciertamente la vida del venezolano se ha convertido en una noche estancada que ni termina ni se soporta y, en semejante estado de frustración, conviene estar seguro de qué perdimos antes de buscarlo. No tiene sentido rastrear un gancho de ropa cuando has extraviado el abrigo. Decir que Venezuela ha perdido la dignidad, cuando somos nosotros los que no la encontramos, equivale a decir: “Pobre abrigo mío, debes estar pasando tanto frío sin mí”.

¿Qué es la dignidad? ¿Es verdad que la hemos perdido? ¿Cómo encontrarla? No me atrevo a utilizar el verbo “reencontrar”, pues debo partir de cero y suponer que nunca cubrió nuestras vidas con su manto cálido y exigente.

II

La explicación del Centurión

En una zambullida en Wikipedia encuentro que la idea de dignidad nace con el cristianismo. El hombre, al suponer que fue creado a imagen y semejanza de Dios, se considera un sujeto libre y digno, y, por lo tanto, responsable de sus actos. Antes del cristianismo existía la idea de libertad y de dignidad, pero esta era más bien un honor ligado a condiciones sociales excluyentes y no a todo ser humano.

Para explorar este pretencioso punto de partida, examino los evangelios y encuentro que la palabra “dignidad” va surgiendo con una creciente carga de autoridad y jerarquía. En el escrito por Mateo (un recaudador de impuestos dado a utilizar ejemplos relacionados con cuentas, deudas y dinero), el primero en hablar de dignidad es Juan el Bautista. Cuando lo visita un grupo de fariseos y saduceos que quieren bautizarse para escapar de la “ira divina”, Juan los llama “generación de víboras” y les advierte:

“Yo por mi parte los bautizo con agua para que se arrepientan de sus pecados; pero el que viene después de mí es más fuerte que yo y no soy digno de llevarle las sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

La segunda vez que aparece el adjetivo “digno” ya Jesús es un adulto. Está predicando en Cafarnaúm cuando un centurión, cuyo criado está “paralítico y gravemente atormentado”, se acerca y le dice:

“Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi criado sanará”.

La explicación que da el centurión para fundamentar su requerimiento es típica de un militar:

“Porque yo también soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi autoridad; y le digo a uno ‘ve’, y va; y al otro: ‘ven’, y viene; y a mi siervo: ‘haz esto’, y lo hace”.

Jesús se maravilla con estas palabras y le dice a quienes lo siguen:

“Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe. Les digo que muchos vendrán del oriente y del occidente, y participarán en el banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Pero a los súbditos del reino se les echará afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes”.

Tantas veces susurré con exaltado recogimiento antes de comulgar: “Señor, no soy digno de que entres en mi morada, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme”. A veces me resultaba desconcertante que mi morada fuera mi estómago y me costaba tragar, pero aceptaba ese tránsito de lo gástrico a lo espiritual con devoción. Nunca pensé que eran las palabras de un soldado, miembro de un ejército de ocupación, que estaba preocupado por la salud de su sirviente.

Jesús celebra y aprovecha esta intervención para asomarnos a la universalidad de una doctrina que va a extenderse a buena parte del Imperio Romano. ¿Y quiénes son esos “súbditos del reino” que van a llorar mientras les rechinan los dientes? ¿Acaso los mismos saduceos y fariseos que Juan bautizó con tanta reticencia? Las implicaciones me turban de tal forma que me refugio en la clásica explicación: “Algo se debe haber perdido en la traducción”. No olvidemos que todo mensaje de Dios, a menos que logremos una sintonía en vivo y en directo, es necesariamente una traducción.

Este encuentro con el centurión sugiere que en los inicios del cristianismo continuaron las condiciones y las exclusiones en una cadena de mando regida por la autoridad y la obediencia en la que puedes no ser digno de calzar las mismas sandalias o de que visiten tu casa. Ciertamente se estaba abriendo un círculo, pues la oferta de ser “cristiano” se extendería más allá del mundo judío. Los romanos también consolidaron su influencia extendiendo la posibilidad de obtener el estatus de “ciudadano romano” a los confines del Imperio; pero esto no quiere decir que la dignidad hubiese dejado de ser considerada un honor para convertirse en una condición con la que se nace.

III

La madre y la puta

Hay ocasiones en que, más que buscar las ideas, nos sometemos a sus reapariciones y cambios de ropaje. Creía haber olvidado la explicación del centurión y sus desconcertantes implicaciones, cuando reaparece donde menos la esperaba y ofreciendo el reverso de su tejido.

En 1973 el cineasta Jean Eustache dirige La maman et la putain. La película, más larga que Ben-Hur, trata sobre las noches y los días de Alexandre, quien logra mantener por más de tres horas (me refiero a los pies de película) una relación con dos mujeres, la maternal Marie, que no llega a ser madre, y la sexualmente liberada Veronika, sin llegar a ser puta. El escenario es el París posterior a 1968, aún inmerso en la resaca del Nouvelle Vague que marcó tanto al cine como a la vida diaria a ambos lados del Sena.

Ya cerca del final de la larga serie de giros y alternativas que genera un trío amoroso, Veronika se aparece borracha a las cuatro de la mañana en el apartamento de Marie, donde Alexandre ocupa el lecho de la dueña y la gorrea a mansalva. Marie le dice a Alexandre que está harta de su amiga y no la deje entrar. El irresoluto Alexandre contesta que a él no le molesta la visitante:

“Me gusta la gente que desobedece. Le dices: ‘No vengas’ y vienen. Le dices: ‘Vete’ y se quedan. Son como los borrachos que echan de los bares y les dicen: ‘Marchaos’ y regresan. No me gusta la dignidad. Mi única dignidad es mi bajeza”.

Me maravilló y sacudió el que a siglos y leguas de distancia de Cafarnaúm, y en medio del embrujo de una película que me seducía con su sexualidad, reapareciera la escena del centurión. De nuevo hay alguien que no es digno de entrar en una morada y escuchamos una explicación muy semejante, aunque inversa. El resumen de Alexandre no deja dudas: “Mi dignidad es mi bajeza”.

No sé si Jean Eustache tenía en mente el Evangelio de Mateo o se trata de una casualidad abastecida por mi obsesión. La película se basa en la relación real de Eustache con la actriz Françoise Lebrun, quien hace el papel de Veronika (intuimos que es una película autobiográfica por la cantidad de veces que Marie y Veronika felicitan a Alexandre por sus dotes amatorias). Al final Alexandre le propone matrimonio a Veronika quien ríe eufórica y borracha mientras vomita en una palangana, una irreverente versión de un final feliz. El final de Jean Eustache no no fue tan dichoso; se suicida a los 43 años dejando una nota en la puerta de su habitación: “Toque con fuerza, como para despertar a un muerto”.

Eustache me ha ayudado a comprender que la dignidad no se trata de una cualidad otorgada que te hace inferior o superior a tu prójimo, sino una esencia consustancial e innata al ser humano. No importa cuánto te eleve o te haga descender en la escala del amor o de la perversión, la dignidad siempre está presente, palpitando hasta cuando la suponemos perdida o hundida en estratos inalcanzables.

IV

Merecer o aceptar

La lucha por el respeto a la dignidad del ser humano será eterna y cíclica. Dos milenios después de Cristo la lucha continúa, a veces acentuándose ante los horrores de las guerras y los campos de exterminio; otras por reacciones tan fulgurantes y mediáticas como la suscitada ante los abusos que sufren las actrices. Siempre habrá quien amplíe la idea de dignidad hasta incluir animales y plantas, a las ciudades y el arte, y, como antes asomábamos, a las naciones, como si ellas fueran seres con alma y piel que nacen y mueren. Y aquí comienzan los problemas. Cada vez que se habla de la dignidad de los pueblos, a más de un individuo le están tratando de imponer un disfraz o una camisa de fuerza. A la dignidad no le cuadran los plurales. Hablar de las “dignidades de los hombres” sonaría despectivo, quizás incluso indigno.

Para entender esta condición que unas veces parece descender de los cielos y otras nacer en nuestros tuétanos, conviene acercarnos al origen de la palabra. “Dignidad” deriva del adjetivo latino dignus, que puede traducirse y celebrarse como “valioso”, aunque más bien proviene de “merecedor”, lo que sugiere que se trata de algo que mereces sin que sea necesariamente valioso. Aristóteles decía que “la dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos”.

Abrumado con esta vertiente, no me esperaba que aún faltara otra vuelta de tuerca. Según la raíz indoeuropea dek: “acción de tomar, de aceptación”, parece que la dignidad proviene y depende más de “aceptar” que de “merecer”.

Antes de examinar esta reveladora dualidad, vamos a detenernos en dos posibles puntos de vista. Una cosa es la dignidad considerada como algo que merece nuestro prójimo y otra la dignidad considerada desde la soledad de nuestro interior.

Respetar la dignidad de una persona nada tiene que ver con apreciar sus cualidades. Al contrario, mientras menos valoramos a esa persona y más diferentes nos sentimos a ella, más se pone a prueba nuestro respeto a la dignidad inherente a la condición humana de ese prójimo, aunque sea nuestra peor pesadilla.

El otro extremo, el que ocurre en esa caja de resonancia de la que no podemos escapar, plantea mayores exigencias.

V

El ser de la misma cosa

Tomás de Aquino proponía que la persona es lo más digno de toda la naturaleza por ser pensante y volitiva. Resumía el caso diciendo: “Es de gran dignidad subsistir en la naturaleza racional”. Esta visión del filósofo nos lleva a la solitaria esfera del alma donde se revuelven nuestros pensamientos y deseos, dudas y afirmaciones. Allí nace una dignidad cuya existencia no se basa en reconocimientos o merecimientos. El mismo Tomás de Aquino la define como “una bondad que resulta del ser mismo de la cosa”.

Para irnos acercando a la política venezolana, digamos que no puede haber “dignificados”, pues a la dignidad no le cuadran los participios pasivos. La política no puede otorgarte dignidad, más bien la cercena cuando pretende ser la gran y única proveedora. La política solo puede ofrecerte las condiciones para ayudarte a encontrarla, a encararla, a asumir la magnitud de su oferta.

La búsqueda de ese “ser mismo de la cosa” tiene que ver más con aceptar que con merecer; requiere comprender y aceptar lo que cada uno es. El tener que subsistir bajo el peso y la gracia de una naturaleza racional nos coloca ante la inevitable existencia de nuestra dignidad. Si nuestro respeto a la condición humana se pone a prueba frente a los hombres que detestamos, imaginemos la magnitud y el esfuerzo de enfrentar y comprender lo que rechazamos de nosotros mismos. Este es uno de los grandes retos y escollos al intentar aceptar nuestra propia e intransferible dignidad.

VI

La culpa y la responsabilidad

Ahora debo enfrentar el tema en el que soy más ignorante y reticente. ¿Cómo encontrar la dignidad perdida? O dicho de otra manera: ¿Qué es lo que cada uno de los venezolanos, desde el dictador más corrupto y poderoso hasta el más abandonado y desdichado de los ciudadanos, no logra encontrar?

No puedo hablar sobre la dignidad de los demás, ni siquiera sobre la de mis seres más queridos. Incluso describir el estado de la mía me resulta difícil, confuso, un proceso lleno de equívocos y trampas. Dice un manual que la dignidad nos hace sentirnos orgullosos de nuestros actos y nos trae una sensación de plenitud y satisfacción. Según esta lista, la mía debe estar atravesando uno de sus peores momentos.

Esta ardua e incesante revisión del “ser mismo de la cosa”, desde esa cosa que somos, funciona tal como establece la sentencia del cura y filósofo Franz Brentano: “toda consciencia es consciencia de algo”, a lo que habría que agregar: “con una intención manifiesta u oculta”. El sexo, por ejemplo, suele ser ese “algo”, una referencia para nuestra dignidad que ocupa una buena parte de nuestra vida. Mi experiencia, ahora que me acerco a los setenta, es que vamos pasando de lo que “idealmente” deseamos a lo que “realmente” hacemos, y luego de vuelta a la idealización de lo que ya no podemos hacer.

Para acercarme otra vez a la política, confieso que estoy pasando por una prolongada exacerbación de la venezolanidad como referencia para mi dignidad. Por un lado está ese evangélico “no soy digno de entrar en tu morada” (léase Venezuela), y de hecho no logro volver, regresar a mi casa, a mi morada, como si ella también estuviera en la lista de lo que ya no merezco, junto con la vista a la montaña y una frondosa quebrada al noreste donde habitan desde guacamayas hasta búhos.

Mi mortificación y necesidad de expiación se fundamenta en que mi escritura resulta inocua, incapaz de ayudar a terminar con las tardes, las noches y los días más humillantes en la Venezuela que me ha tocado vivir. Esta valoración de la literatura como un arma para acabar con los tiranos es una deformación que no logro quitarme de encima y debe tener mucho de fatua vanidad. Mis intentos de incidir, de ser efectivo, me van haciendo tedioso, obsesivo, pedante, alejándome de los demás mientras me voy cercando y sumiendo en una rabia y un dolor que insisto en llamar mi deber y mi misión. Ya no sé diferenciar la culpa de la responsabilidad y parecen ser una misma cosa.

En el otro extremo me acosa esa versión aún más patológica a la que ya me asomé: “Venezuela ha perdido la dignidad”, lo que es igual a decir: “Venezuela no es digna de mí”. Este juicio sobre una dignidad colectiva es un pésimo síntoma y puede convertirse en una enfermedad incurable.

Ambas visiones, la de la propia dignidad y la del país, provienen de convertir la búsqueda del “ser de la cosa” en una fijación dirigida y centrada en “la cosa del ser”, impuesta a uno mismo y proyectada a Venezuela. Suena a trabalenguas, pero creo que explica buena parte de nuestra desesperación, un debilitamiento que nos lleva a fijarnos más en la “cosa” que somos que en lo que podemos “ser”, y así terminamos invirtiendo la propuesta de Tomás de Aquino y convirtiendo una posible fuente de bondad en una maldición.

VII

La Mala Fe

Sartre llama “Mala Fe” a este proceso de confundir la cosa con el ser, y lo describe como un fenómeno en el cual el hombre evade la mortificación y el reto de su libertad absoluta hasta comportarse como un objeto, lo que equivale a “cosificarse”.

Para Sartre (hasta donde entiendo en mi búsqueda precipitada de náufrago), la Mala Fe comienza cuando sostenemos que una, entre nuestras muchas posibilidades de ser, tiene una prioridad absoluta, lo que nos lleva a asumir un rol fijo y determinante: “¡Soy un padre de familia!”, “Ante todo la patria”, o esa proclama que proponía el socialismo o la muerte y los convirtió en una misma sustancia. Estas elegidas actuaciones en el teatro de la vida pueden convertirse en un constante autoengaño capaz de coartar nuestra ineludible libertad. Sartre creía en este último adjetivo al punto de crear un eslogan: “El hombre está condenado a ser libre”, pero llegó a los grumosos extremos de la caricatura en su rol de filosofo existencialista.

La Mala Fe de los venezolanos es tan abundante como las razones para que haya cundido como una epidemia. Sumidos en el papel de víctimas, nuestra libertad está cada vez más mermada, anulada por la sensación de que nada se puede hacer y, por lo tanto, nos convertimos en un objeto que decide someterse a las circunstancias o a huir de ellas, esperando a que la diosa Fortuna resuelva el asunto.

Con peor Mala Fe contemplamos lo que llamamos “la dignidad de Venezuela”, sometiendo a nuestro país a tal nivel de cosificación que algunos plantean dos soluciones: la invasión de los marines o la autodestrucción total del país, por aquello de “muerto el perro se acabó la sarna”. Y todavía hay más. Bajo el efecto de ebrias iluminaciones decimos que la culpa de nuestros males la tiene un exceso de bienes naturales. Los más poéticos exclaman como Albert Camus en Argelia: “¡Singular país que, al mismo tiempo, da al hombre que nutre su esplendor y su miseria!”. Otros, más simplones, hablan con asco del “maldito petróleo”.

La Mala Fe no consiste solo en ver un aspecto y considerarlo como definitivo y definitorio, también en pretender ver una sola cara de la moneda mientras gira en el aire. Escribí con ligereza la frase “sumidos en el papel de víctimas”. Sucede que solo veo el de la víctima que he aceptado ser, pero los dictadores civiles y militares también están incluidos en esta misma cosificación. Su diálogo consigo mismos debe pasar por reconocer las desgracias que han causado a sus compatriotas, una aceptación que conlleva terribles merecimientos. Esto explica que la lucha contra su propia dignidad sea vehemente, beligerante, terca y ciega, atiborrada de una descarada Mala Fe para no aceptar las circunstancias que continúan insistiendo en crear.

Imagino al dictador susurrándole a su esposa en medio de la noche:

—Creo que la estamos cagando.

Y su desconcierto cuando ella le contesta:

—Puede ser, pero mira que hemos hecho bastante.

Y el dictador trata de mirar en la oscuridad mientras se pregunta: “¿Bastante de qué? ¿Cuál es esa sustancia que todo lo invade y destruye?”. Está atrapado en el epicentro de una aberración que asombra a un mundo que solo acierta a preguntarse: “¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo continúan existiendo?”.

Pasan las horas y los días y el dictador continúa hundiéndose en el horror que ha creado, intentando sobrevivir a base de eliminar alternativas, incluso la más importante, la libertad de dejar de ser la cosa que es.

VIII

De vuelta al centurión

El caso de los militares es el más penoso, el más trágico. Un proceso de “militarización” es desde sus inicios y concepción muy similar a una “cosificación”, y, por consiguiente, un arduo entrenamiento en el arte de la Mala Fe. Si es verdad que “el hombre está condenado a ser libre”, al militar se le premia por no serlo o, para no ser tan dramático, por subordinar su libertad a la cadena de mando que describe el centurión en Cafarnaúm. La frase: “le digo a mi siervo: haz esto, y lo hace”, en el caso del militar puede incluir asesinar a un ser humano que no conoces y no te ha hecho daño, que está sitiado y doblegado, como en el caso de Óscar Pérez y quienes lo acompañaban; o atacar con saña a multitudes de compatriotas donde pueden estar manifestando sus hijos.

En su libro fundamental, El ser y la nada, Sartre nos da un ejemplo de Mala Fe. Es comprensible que habiendo pasado tanto tiempo sentado en los mismos cafés de París que frecuentaba Jean Eustache, y su personaje Alexandre, haya elegido a un mesonero para explicar su teoría. Sartre observa a quien le trae su bebida a la mesa y percibe que hay algo en el personaje “demasiado fijo, demasiado rápido; su voz, sus ojos expresan un interés quizás excesivamente lleno de solicitud por el encargo del cliente”. Toda su conducta parece un juego, una mímica, un mecanismo preestablecido. ¿A qué juega? Está jugando a ser mesonero. Sartre concluye:

“Es como el soldado que presenta armas y se convierte en una cosa, un soldado con una mirada directa pero que no ve, que no está hecha ya para ver, pues el reglamento y no el interés momentáneo determina el punto en que debe fijarla”.

¿Por qué Sartre no utilizó desde el principio el ejemplo del soldado? Aparte de que no abundan en los cafés de París, hay otra razón: el juego del militar es demasiado obvio, carece de las sutilezas y ambigüedades que atraen a los existencialistas. Pero vamos a sustituir al mesonero por un militar y ver cómo cuadra en la descripción de Sartre:

“¡Cuántas precauciones para aprisionar al hombre en lo que es! Como si viviera con el perpetuo temor de que su ser se escape, se desborde, y dude de repente de su condición”.

El temor y las dudas subsisten aunque no se alimenten. Al militar su “representación” no le ofrece una seguridad absoluta. El ser militar simplemente lo provee de un reglamento para realizar algunas elecciones, algunas escogencias. Tarde o temprano deberá tomar decisiones más trascendentales que no están escritas, pautadas en el manual ni en sus juramentos, pero la libertad lo asusta y prefiere no tomar riesgos. Quiere saber qué se espera de él, qué puede hacer y qué no puede hacer, y simplemente se acomoda a una ruta preestablecida hacia una misma y única vida que cree puede ser “para siempre”.

Al jugar con tanto esfuerzo a ser militar, asume su realidad no como un punto de partida sino de llegada, al extremo de negarse otras posibilidades de realización. De igual forma, el centurión de Cafarnaúm sintió la necesidad de describir la cadena de mando en la cual era un eslabón para explicar y justificar lo que estaba pidiendo, quizás exigiendo, a Jesús. El centurión solo podía entender el milagro desde el papel al que había elegido ceñirse.

Al actuar como si fuera exclusivamente un militar, quien comanda quiere que su realidad defina su esencia, su ser, su dignidad, hasta convertirse en el perfecto militar. Quiere que lo real defina también a lo ideal, trascender desde y a través de su regimentado autoengaño. Quiere ser un Dios-militar, pues así debe sentirse Dios, satisfecho de tener todo controlado al ser sujeto y objeto de su destino. Esto es imposible porque hasta el militar más encumbrado y poderoso es un hombre que de paso es un militar, cuya esencia no está predeterminada, ni es fija e invariable. Siempre será más amplio lo que no es que lo que jura ser.

En la historia de Venezuela hay militares que han logrado encontrar nuevos caminos de realización al integrarse al mundo civil (pienso ahora en Eleazar López Contreras y Rafael Alfonso Ravard). Lamentablemente las condiciones para ese proceso están siendo negadas. Siempre les resultará complejo a los militares “colgar el uniforme” e integrarse al mundo civil que tanto han despreciado por sus infinitas opciones. Han aprendido a combatir, a dominar, incluso aniquilar, y ahora se les pide que conduzcan el país sin dejar de ser lo que han sido. Se les exige (o ellos se adjudican) cada vez más protagonismo y, al mismo tiempo, una mayor sumisión. Se fomenta su cosificación política mientras se le entregan las llaves del futuro del país, de su producción y distribución, incluyendo al “maldito petróleo” y nuestros bienes naturales. El destino del país está en sus espaldas pero no en sus almas, porque sus almas no pueden decidir, no son libres. Se les ha ungido de políticos y pueden hacer lo que quieran, incluso considerarse un ejército de ocupación; todo menos ser opositores. Y cuando esa omnipotente y servil cadena de mando se corrompe, la corrupción se transmite y se acrecienta bajo el lema implacable de “ve y va”, “ven y viene”.

Es una calamidad que una mayor oportunidad de libertad se haya convertido en la peor condena.

IX

La cosa

Comenzar con un centurión en Cafarnaúm se lo debo al Evangelio de Mateo, terminar hablando de militares tiene que ver con la creencia, el estribillo, de que el destino de Venezuela está en manos de ellos. No creo que los militares sean el principal problema ni la única solución. Lo que me interesa de una cosificación que ha sido tan destructiva es su significación como ejemplo. Lo civil también se ha ido militarizando, incivilizándose, ahogándose, congelándose, uniformizándose, como si estuviéramos en una guerra contra nuestra intransferible e individual dignidad.

Los diálogos con mi abuela solían ser breves:

—¿Cómo estás, abuela?

—Aquí, con todo esto que ha pasado.

Nunca aclaraba que había pasado. No hacía falta, siempre algo está sucediendo. Hoy respondería:

—Aquí, con todo esto que ha dejado de pasar.

Recuerdo también que cuando algo le resultaba inconcebible, exclamaba:

—¡Pero qué cosa!

“Cosa” debe ser una de las palabra más usadas y malgastadas, pero Tomás de Aquino le dio un lugar privilegiado en la filosofía y mi abuela solo la usaba en casos extremos.

Yo continúo buscando lo que no se me ha perdido, lo que siento que ha dejado de existir, las alternativas que genera el diálogo entre la libertad y la dignidad. Sucede que nuestra dignidad no está perdida; se encuentra dentro de cada uno de nosotros esperando ofrecer sus bondades. Entender y aceptar qué carrizo somos es una tarea angustiosa cuando estamos tan avergonzados y maltratados por lo que hemos sido y estamos siendo. Los exilios, las desgracias, las heridas, las pérdidas, las separaciones nos duelen, pero al mismo tiempo crean una relación más íntima con nuestro ser. Digamos que mientras peor está la “cosa” debemos ser más valientes y creativos, más bondadosos (para recordar lo que Tomás de Aquino tenía de santo). Yo quisiera curarme de mi tristeza escribiendo sobre lo que me divierte; compartir por el puro placer de hacerlo, sin culpa ni responsabilidad, así sea con mensajes como los que Jean Eustache dejó en la puerta de una habitación de hotel.

 

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