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Domingo Alberto Rangel: Aquelarre en La Lagunita

 

Atardecía en La Lagunita Golf Club y los Monterola, proveedores de cajas Clap “y de lo que nos pidan si los sobreprecios dan”, estaban preocupados.

Al Junior regresaron de Miami y no se pudo convencer al aduanero yanqui de lo vital que era para el muchacho probar su nuevo Ferrari que lo esperaba en la exclusiva urbe de Boyton.

“Papucho eso de que a uno le quiten la visa no le pasa ni a mis amigos colombianos que tú sabes a qué se dedican” dijo el joven, repitiente del bachillerato pero acosador de sus condiscípulas, para minimizar daños.

“Ya lo sé” dijo el padre “pero estamos en guerra económica y en el norte nos tienen envidia”. “Y no nos preocupemos que nuestro amigo El Enchufe algo inventará y el consejero ya viene”.

Luisito, el barman de la casa, no portaba por el salón Juana La Avanzadora donde se realizaba la reunión porque Anayantzi, la costilla de Ruperto, le había echado paja con el argumento… “ese muerto de hambre como que es opositor”… y le prohibieron “escuchar nada”. Para él, ese día no habría horas extras pero a cambio se iría más temprano y quizás bajaría a Caracas en buseta sin tener que caminar hasta Baruta.

Todos los hijos de Monterola estaban enchufados en altos cargos del gobierno y dado que la conversa entre ellos no pasaba de comentarios medio idiotas, un observador externo podría concluir que “esa es la razón de tanta ineficiencia en la administración pública”.

Mientras tanto el orden apareció personificado en un conocido abogado y vecino de La Lagunita, mudado a la exclusiva urbe, pero “en la Cuarta”, como gustaba recalcar el doctor Sosa Díaz-Parra, consejero familiar y de negocios.

El invitado pidió whisky de 21 y habló: “Lamentablemente por un largo tiempo no les recomiendo pisar territorio estadounidense”. “Los chivos no se van a arriesgar y ustedes saben por dónde revienta la cuerda” dijo. Pueden vacacionar en Beirut, La Habana y me dicen que en la China hay buenas playas aparte de que ese país está lleno de Ferraris soltó picándole el ojo al Junior que vestía guayabera rojita estrenada en la Bolívar. Luego se fue.

Ruperto dijo “ese abogado vale lo que le pago”… Anayantzi pensó “donde rayos queda Beirut”… y el Junior “tendré que aprender chino para levantar jevas con mi Ferrari”… Luisito aprovechó un descuido para marcharse y ya estaba en la parada de buses de El Hatillo.

 

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