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¿Cómo evitar ser cómplice intelectual de los tiranos?

 

“Las almas no se vendían al Diablo, sino al Contable o al Comité”.
Alejo Carpentier, Los pasos perdidos

En el Fausto, Goethe narra la historia de un sabio anciano que vende su alma para recibir a cambio la juventud y la posibilidad de obtener todo lo deseado. Llegó a esa decisión debido a su desesperación por la insuficiencia del saber. Había experimentado incluso con la magia. Al no obtener resultados, se frustró y comenzó a considerar el suicidio, pero lo rechazó cuando escuchó las campanadas de comienzos de Pascua. Es cuando se le aparece Mefistófeles, quien le ofrece el pacto de cumplir los deseos mientras éste viva, pero a cambio deberá servirle en el infierno.

Ayn Rand, en El Manantial, afirma que: “Vender tu alma es la cosa más fácil del mundo. Eso lo hacen todas las personas en todas las horas de su vida. Si te pidiese que conservaras tu alma, comprenderías que eso ya es mucho más difícil”. El cuidado del alma constituye un trabajo muy arduo. Se necesita reflexión en el sentido más radical, es decir, vernos a nosotros mismos, y sobre todo, ubicarnos con respecto al sentido de la vida. Esta responsabilidad es especialmente crítica en lo que se refiere a quienes cumplen funciones intelectuales dentro de la sociedad.

Weber: la honestidad intelectual

En la conferencia La ciencia como vocación (1919), Max Weber afirma que toda persona que se crea llamado a la profesión académica debe tener clara conciencia de que la tarea que le aguarda tiene una doble vertiente: no le bastará con estar cualificado como científico, sino que ha de estarlo también como profesor. Estas dos cualidades no se implican recíprocamente.

En la actualidad, la situación interior de la vocación científica está condicionada, en primer lugar, por el hecho de que la ciencia ha entrado en un estadio de especialización antes desconocido, y en el que parece ha de mantenerse para siempre. En el campo de la ciencia solo tiene personalidad quien está pura y simplemente al servicio de una causa. El trabajo científico está sometido a un destino que lo distingue profundamente del trabajo artístico. El trabajo científico está inmerso en la corriente del progreso, mientras que en el terreno del arte, por el contrario, no cabe hablar de progreso en este sentido.

En el progreso, todo avance implica nuevas interrogantes. Al final ha de ser superado para convertirse en antigualla teórica. Entonces, ¿cuál es el sentido de la ciencia? En primer lugar: la ciencia proporciona conocimientos sobre la técnica que sirven para dominar la vida. En segundo lugar: la ciencia proporciona métodos para pensar, instrumentos y disciplina. En tercer lugar: la ciencia arroja claridad sobre un aspecto de la realidad, claridad que deriva de la propia lógica científica, y el deber moral del científico es no permitir que sea distorsionada por las imposiciones ideológicas.

Benda: el deber sagrado del intelectual

Julien Benda, en su libro La traición de los intelectuales (1927), sostiene que el oficio del pensador se pervierte cuando se desvía hacia la búsqueda de los objetivos prácticos del poder o las ventajas materiales. De esta forma, los pensadores se castran a sí mismos intelectual y moralmente. El rendirse a la ambición y la codicia es una falla de la voluntad, pero también hay otra falla, la racional. Benda denuncia a los escritores que adoptan el culto de lo particular abandonando lo universal, siguiendo en esto el pensamiento romántico alemán del siglo XIX, con abdicación de la razón frente a la embestida de las pasiones políticas.

Para Benda, en otro tiempo se suponía que los intelectuales eran indiferentes a las pasiones populares. Constituían un ejemplo de compromiso desinteresado con las actividades de la mente, generando la creencia en el valor supremo. Se les consideraba unos moralistas que estaban por encima del conflicto de los egoísmos humanos. Predicaban en nombre de la humanidad o de la justicia, la adopción de un principio abstracto superior, directamente opuesto a esas pasiones.

Esos intelectuales, reconocía, no eran capaces de impedir que los poderosos cometieran injusticias. Pero al menos, impedían que los legos establecieran sus acciones como religión. Les impedían que pensaran que eran grandes hombres cuando perpetraban tales acciones. En resumen, afirmaba Benda, aunque la humanidad hizo el mal durante dos mil años, siempre honró a los buenos.

Lilla: resistir a la seducción tiránica

Mark Lilla acuñó el término “filotiranía”, amor a la tiranía, como opuesto a “filosofía”, amor a la sabiduría. Con ese término califica a los intelectuales que han caído en la trampa de los cantos de sirenas de los dictadores y los totalitarismos. La ideología antiliberal parece audaz y es electrizante, mientras que las filosofías que defienden la democracia y las libertades aparecen como conformistas y aburridas.

En su libro Pensadores temerarios (The Reckless Mind: Intellectuals and Politics, 2001), Lilla nos narra una anécdota paradigmática. Cuando Jaspers le pregunta a Heidegger cómo pudo confiar en alguien tan poco preparado como Hitler para gobernar Alemania, el filósofo del ‘ser-ahí’ le responde: “La cultura no importa. Mira sus maravillosas manos”. Esta respuesta evidencia la irresponsabilidad moral y política de un pensador que se supone de los más dotados de su generación.

Lilla basa sus resultados en el estudio de distintos aspectos de la vida y pensamiento de seis pensadores occidentales del siglo XX. Martín Heidegger y Carl Schmitt, se orientaron hacia el fascismo. Lilla nos confirma el fanatismo nazi de Heidegger, el cual se revela en su relación con sus allegados. Es muy significativo que Hannah Arendt, su discípula y amante judía, nunca vio al monstruo, a pesar de todas las evidencias. Mientras que su compañero académico Karl Jaspers, según Lilla, “vio a un nuevo tirano entrar en el alma de su amigo, una pasión salvaje que lo descaminó al punto de llevarlo a apoyar al peor de los dictadores políticos y dejarse seducir por la hechicería intelectual”.

Carl Schmitt fue el cerebro jurídico del nazismo. Su pensamiento político es profundamente antiliberal. Menoscaba la calidad humana al adversario y lo convierte en un enemigo que debe ser exterminado. Llama la atención que, a partir de los años setenta, se ha convertido en un ídolo de sectores de la extrema izquierda intelectual.

Los filotiránicos no solo son de derechas. También existe la filotiranía de izquierda, tal como muestran cuatro pensadores enemigos del liberalismo político. La selección de los pensadores de izquierdas no es tan emblemática como los de derechas. Los dos primeros son casos muy peculiares. El primero de ellos es el famoso crítico literario Walter Benjamin. Lilla se dedica a mostrar su sufrimiento debido a la contradicción que existía en su alma entre la mística y el materialismo marxista.

Otro caso peculiar es el de Alexander Kojève, un pensador poco conocido del gran público, pero el más destacado intérprete de Hegel en el siglo XX. Kojève llegó a la conclusión, de la mano de Hegel, de que la historia había llegado a su fin. De origen ruso, escapó de su país natal debido al comunismo, donde casi muere fusilado. Lo paradójico de su historia es que, a pesar de eso, estaba convencido de que el futuro del mundo estaba unido al éxito del comunismo soviético.

Los otros dos pensadores de izquierdas están asociados al posmodernismo. El primero es Michel Foucault, quien se ha hecho famoso por su crítica a la civilización moderna y sus formas de opresión. La irresponsabilidad política de Foucault se hace evidente en su elogio a la violencia revolucionaria y su admiración por el Irán del ayatolá Jomeini.

En último lugar está Jacques Derrida, otra de las luminarias del posmodernismo. Derrida es autor de un pensamiento abstruso, aunque ha logrado introducir en la cultura el término “deconstrucción” para denunciar el carácter “logocéntrico” de la cultura occidental. Luego profetiza la derrota del liberalismo en nombre de la victoria del relativismo moral, el antihumanismo y los gobiernos dictatoriales.

El libro de Lilla concluye con un ensayo fascinante: “La seducción de Siracusa”, donde  plantea la paradoja de los intelectuales que deberían defender las libertades y terminan bajo el influjo del pensamiento autoritario. La explicación de esa paradoja la encuentra en Sócrates. El filósofo griego atribuye la perversión de los pensadores en que se dejan arrastrar por las pasiones y no mantienen la soberanía de la razón.

¿Quién defiende la democracia?

Los tres libros que hemos revisado invitan a los intelectuales a abandonar las filosofías providencialistas de la historia y sus utopías angélicas, que solo traen violencia redentora y dictaduras totalitarias. En su lugar les invitan a abrazar la causa de la humanidad, la cual se expresa en la defensa de los derechos humanos y las libertades políticas que los hacen posibles. De no ser así, los intelectuales se convertirán en cómplices de los crímenes de los tiranos. Lo que conduce a la inefable pregunta de Pascal: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?

 

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