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Henry M. Cabello: Por las buenas o por las malas.

 

Inevitable sentir una especie de “Déjà vu” cada vez que leo noticias sobre la situación del país. O tal vez una sensación de teatro del absurdo al estilo de Ionesco. O de ser un personaje de Kafka sumergido en una interminable y desesperante red de equívocos burocráticos. O de ser víctima de una pesadilla continuada donde somos sometidos a una tragedia sin fin en la que se nos maltrata y tortura una y otra vez, mientras que hay unos espectadores que sienten compasión no por las víctimas sino por sus victimarios. O quizá una combinación de todas esas cosas juntas, mezcladas en una infernal olla con asquerosos diablos que nos perforan las tripas una y otra vez, sin darnos respiro ni descanso. Uno padece las calamidades de un país improbable en el que los que gobiernan son una pandilla de delincuentes armados que solo se dedican a engordar sus bolsillos y controlan todos los recursos del poder, mientras que los gobernados emplean sus fuerzas para intentar sobrevivir un día más, intentando conservar una apariencia de normalidad. Porque eso es lo que vivimos y sentimos: puras apariencias.

La gente hace esfuerzos diarios por aparentar algo de normalidad: “Tenemos que seguir viviendo…verdad?” Y llevan sus hijos al colegio, a las clases de ballet o al fútbol, la playa, etc. Vamos a comprar alimentos y nos sorprendemos y quejamos amargamente por lo que ya sabemos: los precios. Uno ve los pollos y la carne como quien mira el escaparate de una joyería, suspira y se conforma con su yuquita y su ñame. Nada es normal, pero intentamos vencer y dominar esta ridícula anormalidad metiéndola en la camisa de fuerza de nuestros razonamientos: “Esto no puede durar mucho, hay que aguantar…” Y seguimos tropezando. Damos rienda suelta a nuestras frustraciones insultando a diestra y siniestra a cuanto líder político se nos cruce en el camino: “¿Pero es qué van a seguir con esos cuentos?… ¿Cuándo c…rrizo es que se van a decidir a hacer algo?…” Como si el problema fuera solo de los líderes y no de nosotros. Como si de alguna manera ellos hubieran adquirido la sacrosanta responsabilidad de defendernos y defender al país contra la tiranía, mientras nosotros nos dedicamos a seguir adelante con nuestras pequeñas vidas como si nada estuviera pasando. Y lo peor es que cuando intentan hacer algo inmediatamente reaccionamos criticándolos fieramente con cuanta ofensa se nos ocurra, buscando el pelo en la sopa sin darnos cuenta de que, al menos, hay una sopa donde antes no había nada.

Si nos invitan a participar en alguna reunión para organizarnos y tratar de hacer algo, rechazamos desdeñosamente la invitación con algún argumento del tipo: “Yo no soy político, no me meto en política…” O algo así. Insistimos en creer, que de alguna mágica manera, los dirigentes tienen la obligación asumida de sacarnos del pantano en que nosotros mismos nos metimos desde hace más de 20 años. Y como no lo logran con la rapidez y la urgencia que reclaman las circunstancias, procedemos a insultarlos: “Todos son iguales, lo único que quieren es el poder para seguir enriqueciéndose ellos solos…” Y continuamos rumiando en silencio o a grito pelado nuestros rencores y nuestras frustraciones.

Sin embargo, puede que tengamos razón. Porque, entre otras cosas, cuando nos han pedido ir a votar, hemos acudido en masa aún a sabiendas de que nos van a robar los votos. Y cuando nos han pedido abstenernos, también lo hemos hecho, disciplinadamente. Cuando nos convocaron a las calles, también fuimos. Pero allí sigue el malandrín bailando salsa y nosotros comiendo caca. El problema es que cuando alguien clama por una intervención humanitaria externa, entonces también nos oponemos ácidamente. ¿Quién nos entiende? Porque ya está claro que solo podremos salir de esta barbarie si alguien de afuera

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