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Luis Fuenmayor Toro: Un gobierno rechazado que sin embargo se mantiene

 

El país sin lugar dudas está destruido. Su economía lo está, sus instituciones lo están, sus servicios públicos también. El agua de lluvia nos inunda y ahoga en medio de una escasez total en nuestros hogares. Tenemos las mayores reservas mundiales de petróleo pero perdimos la forma de extraerlo, algo en lo que fuimos exageradamente eficaces. El informe, imparcial en principio de la OPS, terminó de desnudar al gobierno sobre la insalubridad existente y la inoperatividad del sistema sanitario asistencial. Ya no puede afirmar que todo es invención de opositores enviados por Satanás. El fracaso de todo el tren ejecutivo es más que evidente. Lo negarán ellos mismos y, de la boca para afuera, quienes por distintas razones lo defienden aún.

Las divisiones y luchas internas están a la orden del día. Uno de sus grupos hasta hace poco muy poderoso, con fuertes nexos con los gobiernos de Fidel y Raúl Castro, con figuras como Alí Rodríguez, casi legendarias, y cuyo liderazgo lo encarnaba Rafael Ramírez, ha sido desplazado de sus posiciones de poder y es judicialmente perseguido y encarcelado con acusaciones de corrupción, negligencia y sabotaje de la revolución. El otro grupo procubano, el del Presidente y el Frente Francisco de Miranda, se ha reforzado en su lucha por el control y reordena sus vínculos con Cuba, a través del nuevo mandatario de la Isla, que aunque heredero de los viejos gobernantes, se dispone, como todo heredero, a ejercer su propia política.

El sector no cubano, mientras tanto, toma también nuevas posiciones desde las cuales aumenta su fortaleza, para afrontar las luchas venideras y hacerse mayoritario. Relegado por mucho tiempo al aparato del partido, emerge con ímpetu a raíz de las elecciones presidenciales, en las que jugó un papel estelarísimo al abultar, en varios millones de votos, la diferencia existente a favor del presidente Maduro y al derrotar al aparato creado por éste y dirigido por Delcy Rodríguez, que obtuvo una bajísima votación el pasado 20 de mayo. La lucha partidista la da en este momento en torno al Congreso del PSUV, pero ya dispone de una posición gubernamental muy importante al controlar la Asamblea Nacional Constituyente. Tiene su sector militar y se perfila como decisor del poder en el futuro.

Al lado de este escenario gubernamental de confrontación y en medio de una crisis enorme, hechos que en cualquier parte significarían una gran ventaja para la lucha política opositora, los hasta hace poco mayoritarios lucen totalmente paralizados y divididos, sin capacidad de respuesta y sin norte. Luego de llamar a la abstención, se presenten con la propuesta de la renuncia de Maduro ¿Era ésa la hoja de ruta que tenían en el momento de convocar la abstención? Realmente es insólito que políticos de experiencia, como lo son Ramos Allup, Borges y algunos otros, estén dando la cómica frente a un gobierno que está entre la espada y la pared.

Regresaron a enero de 2016, cuando engolosinados por el triunfo en las elecciones legislativas, divagaban entre exigir la renuncia de Maduro, anular su mandato por tener doble nacionalidad, abrirle un juicio y destituirlo, revocarlo electoralmente, elaborar una enmienda constitucional o incluso convocar una Asamblea Nacional Constituyente, idea que terminó ayudando al supuesto adversario. Creyeron tener a Dios “agarrado por la chiva” y no tener que esperar el término del período presidencial. Los invadió la locura del impaciente e inventaron que el país no aguantaba más las acciones del actual equipo gobernante. Y esa alocada inmediatez la contagiaron a sus seguidores junto con las descalificaciones más extremas del Gobierno, cuya pésima gestión no requería de exageraciones ni inventos.

Hubiera bastado seguir la ruta ordinaria de la Constitución: participar en las elecciones de gobernadores y consejos legislativos en 2016 y luego en la de alcaldes y concejales en 2017, en las que hubieran triunfado sin lugar a dudas, y estarían hoy listos para las presidenciales de diciembre de este año. Pero no. Quisieron saltarse tres años de gobierno de Maduro y se olvidaron que el adversario no era mocho, que estaba en el poder, que tenía un apoyo minoritario pero firme y que se defendería como gata panza arriba como dicen los nicaragüenses. Los muchos fracasos, en lugar de llevar a la reflexión, aumentaron los desequilibrios mentales y los extendieron a sus seguidores y a gente no fanatizada inicialmente, pero afectada por la crisis económica que ha hecho “cuadritos” la vida de los venezolanos.

Están hoy, al igual que el Gobierno, en un callejón sin salida, que a su vez amenaza con dejar también sin salida a la nación venezolana, a menos que la sensatez regrese y se retome la ruta democrática como vía nacional, pacífica, constitucional y electoral, para enfrentar exitosamente al actual régimen. La locura es tan intensa, que hay quienes ven y analizan la política internacional a través del cristal con que miran al gobierno de Maduro. Y no me refiero sólo a los fanáticos, sean o no seguidores de la difunta MUD. Me refiero también a sus líderes. Ya Ledezma, por ejemplo, dejó de hablar de la “ayuda humanitaria”, para llamarla ahora sin ambages “intervención humanitaria”. Y María Corina Machado ve al narco ex presidente Álvaro Uribe, protagonista de masacres sanguinarias contra el pueblo colombiano, como el paradigma de la justicia, la libertad y la democracia.

Con posiciones extremas es imposible salidas de ningún tipo. Por otra parte, separar la lucha política de la búsqueda de soluciones a los graves problemas del pueblo, dejándolo que se pudra en vida, no es moral ni éticamente aceptable. La defensa de los intereses nacionales nos obliga a presentar soluciones en todas las áreas posibles a toda Venezuela y a exigir que el Gobierno las asuma. Esto dista mucho de ser una actitud colaboracionista con el régimen. Decirle al régimen qué hacer para enfrentar una epidemia o cualquier problema de salud, cómo resolver el problema del agua o de la electricidad, de qué manera asumir la educación o las deficiencias de PDVSA o la violación de los derechos ciudadanos, es una obligación con la gente que malvive y sufre en nuestro país.

 

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