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Luis Salas: El bucle (¿sin fin?) de la económia venezolana

 

¿Atrapados sin salida?

Lo primero que habría para decir sobre la situación que estamos viviendo en Venezuela es que si tiene salida. Y no una: varias.

Lo que esto significa es que no tenemos necesariamente por qué quedar atrapados en esta especie de dimensión desconocida en la que estamos envueltos, en la que nada es lo que parece y lo único cierto –pese a la propaganda oficial- es que todo empeora de manera lenta pero sostenida.

Sin embargo, lamentablemente, el que haya salidas no significan que vayamos a salir, o al menos no que lo hagamos en el mediano o corto plazo.

Y es que, tal y como están las cosas, pero sobre todo suponiendo que la política económica siga el rumbo que lleva, todo indica que quedaremos atrapados por un buen rato más en este estado crítico, que, como acabamos de decir, no es de estancamiento –que ya sería grave- sino de regresión y deterioro.

Una situación no necesariamente novedosa ni original

Pero a todas estas, no sería la primera vez que esto nos pasa ni sería el nuestro un caso excepcional. Cuando estalló la crisis terminal de la Cuarta República en 1983 con la devaluación del bolívar, hubo que esperar quince años para marcar un cambio de rumbo a la caída libre económica, social, cultural, etc., que implicó para el país.

En medio de esos quince años, vivimos una gran explosión social (1989), dos asonadas militares (1992), dos firmas con el FMI (1989 y 1996), una crisis bancaria (1994), dos violentos picos inflacionarios (1989 y 1996), una destitución presidencial (1993), una caída vertiginosa de los precios petroleros (1998) y un sinfín de males más. Y luego de todo eso, atravesamos un proceso de transición que implicó un nuevo pacto constitucional (1999). E inmediatamente, un intervalo de fuerte confrontación política que supuso un golpe de Estado (2002) y un bloqueo-sabotaje petrolero comercial (2002-2003).

En concreto, se necesitaron en realidad 20 años para que la economía venezolana y el país viviera un década de crecimiento casi virtuoso (2003-2012). No sin tropiezos ni exento de tensiones, pero sostenido.

En la actualidad, en el mundo existen al menos otros dos casos de países y economías que atraviesan procesos similares. Uno es Grecia, desde el estallido de la crisis financiera en 2008 pero sobre todo tras la humillante capitulación del gobierno “socialista” de Tsipras en 2015.

Y es que desde que Grecia fuera intervenida por los organismos financieros internacionales y regionales (FMI, BCE) y declarada en default por tener una deuda equivalente a 109% de su PIB, ha padecido tres “rescates” financieros, unas 16 operaciones de recortes salariales y pensiones, así como de gasto público (supresión de servicios médicos gratuitos, educación, etc.), más un violento procesos de privatización. Como consecuencia, todos los indicadores sociales se han deteriorado dramáticamente. Y no obstante, tras diez años de austeridad y ajustes, no solo ninguno de los indicadores económicos mejoran, sino que de hecho empeoraron. Por caso: la deuda que hace diez años ascendía al 109% del PIB del país, hoy supera el 178%. Es decir, no solo no disminuyó: aumento. La pobreza y el desempleo son los más altos del continente.

Zimbabue es otro país actualmente atrapado en una especie de situación zombie, donde, parafraseando a Gramsci, ni lo nuevo termina de nacer ni lo viejo de morir, o donde más justo resultaría decir que lo viejo negado a morir frustró toda posibilidad de nacimiento de lo nuevo.

Este país surafricano fue víctima primero al igual que el nuestro de “sanciones” y acciones unilaterales de bloqueo impuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea, así como una situación de default con el FMI. Todo esto trajo como consecuencia una brutal hiperinflación, que entre otras cosas llevó a la desaparición de la moneda nacional (dólar zimbabuense) y su reemplazo por el dólar norteamericano y el rand surafricano, si bien igual circulan la pula Botsuana, el euro, la libra esterlina y hasta el dólar australiano. En la actualidad, Zimbabue navega sin rumbo en un mar de incertidumbre económica y política, pasando de la hiperinflación a la deflación para luego volver a la inflación todo esto sin perspectivas de mejoramiento.

Por cierto que, tras legalizar su circulación, Zimbabue es uno de los países de África y el mundo donde más se compran criptomonedas, siendo que de hecho el disparo en la cotización del bitcoin a finales de 2017 estuvo relacionado con el golpe de estado que sacó a Mugabe. Los pocos habitantes de este país con medios para comprar criptomonedas, huyen hacia la misma como reserva de valor. Nadie invierte productivamente. El que no fuga capitales invierte en actividades especulativas y/o ilegales, como el contrabando.

No está de más recordar que Zimbabue fue el laboratorio favorito de los experimentos monetarios de Steve Hanke, unos de los cerebros tras la dolarización de la economía venezolana y asesor económico de dolar today y luego fan de Air TM.

Cuando el futuro nos alcance: ¿o ya lo hizo?

El apagón estadístico oficial que acompaña la crisis que vivimos –desde 2015 no se publica prácticamente ningún indicador económico- dificulta dimensionar de manera rigurosa la situación actual y sobre todo proyectarla. No obstante, con los pocos datos disponibles más los que se pueden construir, es posible trazar el panorama actual y porvenir.

Entre las cosas que más preocupan en la medida en que tributarán a agravar los problemas que ya tenemos a la vez que generarán otros había que citar los siguientes:

(1) Caída en términos reales de la recaudación fiscal: aunque seguramente en términos nominales la recaudación por concepto de ISRL aumentará con respecto a 2017, en términos reales seguramente no. Siendo más o menos conservadores, dados los precios actuales, debe haber una caída en torno a un 70% con respecto al año pasado. Entre otras consecuencias, esto pone más presión al ya bastante malogrado presuuesto público, lo que se traduce en una mayor merma de los servicios.

(2) Caída en la producción petrolera ya la ubica por debajo del millón quinientos mil barriles diarios. Y nada indica por el momento que se vaya a detener la tendencia y mucho menos revertirse. Ahora bien, según diversas fuentes, de ese millón 500 mil la parte más importante se da en el marco de convenios operativos, empresas mixtas y para amortización de pago de deuda (caso China) por lo que en realidad la producción diaria que permite la entrada de flujo de caja a PDVSA y por tanto a la República se ubicaría en torno a los 400 mil barriles diarios.

(3) Subida indetenible de los precios (y el tipo de cambio). Al momento que se escriben estas líneas, se están convocando nuevas mesas de trabajo entre el gobierno y el sector privado para el acuerdo de precios. Ahora, más allá de la voluntad y la buena intención, todo indica que será un nuevo fracaso. Muchas razones pueden argumentarse al respecto, pero en concreto dos: si no se hace en el marco de un acuerdo más amplio que suponga una política económica más integral y coherente, luce ingenuo pensar que el precio de 50 productos se mantendrán fijos o bajaran (así sea de manera temporal) mientras todos los demás suben diario o interdiario. Al ritmo actual, la variación promedio de los precios mensual ronda el 100%, lo cual por la vía del ajuste necesario de los precios relativos hace inviable el acuerdo de precios tal y como está planteado. La otra razón es desde luego la cambiaria: mientras el bolivar se siga devaluando tanto oficial como extraoficialmente al ritmo que va, los precios no pueden si no seguir subiendo detrás.

(4) Hasta la fecha se acumulan 17 trimestres de contracción del PIB, con una proyección a final de año en torno al 15%. En términos concretos, esto significa no solo que no se está producciendo riquezas, sino que se está destruyendo. Y esto se traduce en varios problemas adicionales: mayor quiebre y cierre de empresas y comercios, aumento del desempleo y de la informalidad (siendo que esto último ya viene ocurriendo por efecto de los bajos salarios que motiva a las renuncias de los trabajadores y las trabajadoras), así como un mayor predominio de las actividades especulativas sobre las productivas y la fuga definitiva del bono demográfico hacia otros países. Esto también afecta la recaudación fiscal y por tanto el presupuesto público (ver numeral 1). De seguir la tendencia, los avances en materia social retrocederán forzosamente a niveles de 1998.

(5) Recrudecimiento de las sanciones: como comentamos en una nota hace ya algunas semanas, de los veninte primeros socios comerciales de nuestro país (es decir, destino y/u origen de nuestras exportaciones e importaciones), al menos 17 pertecene al Grupo de Lima y/o mantienen una línea de hostilidad. Mike Pence, ha iniciado una nueva gira continental para aumentar el cerco contra Venezuela, que incluye visitar a Ecuador, importante aliado pero que con Lenin Moreno en la presidencia lentamente gira a la derecha. En lo que resta del año no queda sino esperar nuevas sanciones.

(6) La amenaza de la deuda: Como se comentó en la más reciente editorial de 15yultimo.com, este año 2018 solo por concepto de deuda externa el país debe cancelar unos 8 mil millones de dólares más vencimiento por el orden de los 4 mil millones. Más allá de las presiones que esto pone sobre las finanzas nacionales y el abastecimiento, hay que considerar que supone un riesgo claro de mayor intervención e incluso lesión del patrimonio nacional por la vía de embargos de activos.

Y entonces, ¿cuál es la salida?

Como comentamos al inicio, de este cuadro para nada inspirador existen, sin embargo, varias salidas. El problema a mi modo de ver es que para encontrar una salida el gobierno debe responder primero a ¿qué tipo de salida quiere?.

A este respecto, digámoslo así, el gobierno se encuentra en un dilema similar -guardando obviamente las distancias entre una cosa y la otra- al de Alicia frente al gato de Cheshire, cuando ésta quiere salir del misterioso país al cual cayó a través de un hoyo negro. Ante la pregunta cómo salir aquel le responde lo siguiente: “eso depende en buena medida de hacia dónde quieras ir.”

En efecto: para encontrar salida a esta situación el gobierno debe responderse primero -y responderle al país- hacia dónde quiere ir.  Y valga decir que “hacia la prosperidad nacional” no es una respuesta: eso es una expresión de deseo tal cual lo mismo de “querer salir”.

La economía ortodoxa tiene una salida relativamente rápida a situaciones como estas: liberalización total de precios (incluyendo la de los servicios y combistibles internos) y levantamiento regulaciones (incluyendo la del tipo de cambio), más congelamiento salarial y flexibilización laboral. Esto último implicaría, para el caso nuestro, derogar la actual ley del trabajo, la innamovilidad laboral y demás leyes proteccionistas en materia de empleo, como las que protegen la maternidad y paternidad, al tiempo de no aumentar más los salarios ni entregar más bonos. Esto causaría el necesario y definitivo shock de precios que pararía la inflación por la vía de la contracción del consumo. Fue la receta que utilizó Caldera en 1996: vencer la inflación por la vía del hambre.

El problema con esta salida es obvia: sacrifica a la mayoría de la población asalariada no responsable de la crisis, mientras  termina premiendo a quienes la causaron. En buena medida por esto son tan impopulares: recuérdese los casos de CAP en 1989 y el de Macri actualmente en Argentina.

Las salidas no ortodoxas pasan por otro lado, suelen ser más exitosas y justas. Y a este respecto tambén existen antecedentes: Chávez en 2003 y luego en 2010. Cristina Fernandez en 2013-2014.

Ambos tipos de salidas tienen sus riesgos y costos asociados, lo que hay que decidir es cuáles se quieren tomar y de allí en adelante asumirlos. Y también es verdad que conducen a futuros países diferentes.

Lo que no puede seguir pasando es que se quiera salir por las dos puertas a la vez, o fingiendo ir por una cuando en realidad se va por otra, porque los resultados son peores y el bucle de las repeticiones de las mismas medidas no exitosas una y otra vez  se vuelve exasperante para la población e irreversiblemente costosas para el país.

 

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