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Manuel Taibo: ¿Necesitamos que lleguen más malas noticias?

 

Esta miseria planificada resulta aún más grotesca si pensamos que la riqueza acumulada por la clase élite es exhibida en Venezuela como en ningún otro lugar de nuestra América. En la Venezuela actual, la riqueza está tan estratificada que los ricos y los pobres parecen vivir no sólo en países distintos, sino también en siglos diferentes. Una de esas “zonas horarias” es el centro de Caracas, transformada a pasos acelerados en una ciudad del pecado futurista del siglo XXI y, más allá, donde los oligarcas se desplazan a un lado a otro en convoyes de “camionetotas” protegidos por “policías mercenarios” de primer nivel, y donde los gestores de “dólares” se ven seducidos por la laxitud de la normativa de inversiones durante el día y por las prostitutas facilitadas por gentileza de sus anfitriones durante la noche. Difícil hablar del siglo XXI cuando estás sentada aquí, leyendo a la luz de una vela. El siglo XXI importa bien poco. Aquí estamos en el siglo XIX”.

Este pillaje al que ha sido sometido todo un país con tanta riqueza como la que Venezuela atesora ha requerido de actos extremos de terror en la historia reciente. “Las políticas que engendran pobreza y delincuencia, sólo pueden sobrevivir si se suprime la democracia”. Nunca tantas personas han perdido tanto en tan poco tiempo sin que existiera una hambruna, una plaga o una batalla de grandes proporciones. El empoderamiento económico del pueblo es una meta que suscribimos y promovemos sin reservas y, en nuestra situación, el control estatal de ciertos sectores de la economía es inevitable. El derecho al trabajo, a una vivienda digna, a la libertad de pensamiento y, como principio más radical, a compartir la riqueza del país rico de nuestra América y del mundo.

La corrupción ha sido un elemento tan habitual de estas fronteras contemporáneas como lo fue durante las fiebres del oro coloniales. Como los acuerdos de privatización más significativos se firman siempre en medio del tumulto generado por una crisis económica o política, no impera casi nunca en esos momentos un marco legislativo claro ni unas autoridades reguladoras efectivas; el ambiente es caótico y los precios son tan flexibles como los dirigentes políticos. Lo que hemos estado viviendo durante los últimos cinco años ha sido un capitalismo de frontera que ha ido cambiando constantemente de ubicación, de crisis en crisis, trasladándose tan pronto como la ley se ha ido poniendo al día de la situación en cada nuevo lugar.

Habrá que preguntarse sí podría tener sentido concebir la provocación deliberada de una crisis para eliminar los obstáculos de carácter político que se le pueden presentar a la reforma. Por ejemplo, se ha sugerido en algunas ocasiones que valdría la peno avivar un proceso de hiperinflación si con ello se asusta suficientemente a todo el mundo para que se acepten los cambios. ¿Es posible concebir una “pseudocrisis” que pueda generar el mismo efecto positivo pero sin el coste de una crisis real?

A la luz de ese hecho, que los organismos internacionales tenían que hacer algo más que, simplemente, aprovechar las crisis económicas existentes para imponer el Consenso de Washington; debían cortar preventivamente el suministro de ayudas para empeorar esas crisis; Como, por ejemplo, súbito descenso de los ingresos del Estado o de las transferencias procedentes del exterior, podría, en realidad, incrementar el bienestar, porque acortaría el período de demora con el que adopten las reformas. En realidad, una crisis provocada por una fuerte elevación de la inflación podría dejar a un país en mejor situación que si éste se hubiese limitado a capear una sucesión de crisis menos graves.

*La reconciliación significa que quienes han estado en la parte perdedora de la historia deben poder apreciar la diferencia cualitativa que existe entre represión y libertad. Y, para ellos, eso significa que la libertad se traduzca en estar bien abastecidos de agua potable y en disponer de electricidad con sólo apretar un interruptor; en poder vivir en un hogar digno y trabajar en un buen empleo; en poder enviar sus hijos a la escuela y en disfrutar de una sanidad accesible. Lo que quiero decir es que ¿de qué sirve haber hecho esta transición si no aumenta y mejora la calidad de vida de estas personas? Si no se consigue esto, el derecho al voto es inútil.

Arzobispo Desmond Tutu.

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