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Gioconda San Blas: La náusea, de nuevo

 

En diciembre de 2012, recién reelecto Chávez para un nuevo período presidencial que la muerte no le permitiría cumplir, escribí una reseña del libro “Afiuni, la presa del Comandante”, del periodista Francisco Olivares, en el cual manifestaba el horror instalado en mi corazón durante la lectura de ese testimonio sobre las vejaciones sufridas por la juez María Lourdes Afiuni, cuyo único delito fue el de administrar justicia imparcial, a contrapelo de los caprichos del mandante.

Escribí entonces que creía imposible sentir mayor repugnancia que cuando leí “Los juristas del horror” de Ingo Müller, quien relata los excesos de la “justicia” envilecida, dependiente de los amos del poder en la Alemania nazi. Con ingenuidad pensé que tales atropellos, producidos en un país remoto presuntamente culto y un tiempo ya lejano, no se vivirían en esta Venezuela moderna que ya habría superado las sangrientas dictaduras del siglo XX y las violencias inhumanas de quienes en cualquier período se imaginan amparados en un poder sin límites.

Seis años más tarde, bajo el mismo régimen (si acaso más cruel), igual dolor surge en mí al ver unos videos que lo único que evidencian es la tortura a que está siendo sometido el diputado Juan Requesens por el aparato represivo del régimen. Inventándole delitos, cometiéndolos ellos, violando residencias sin orden judicial y trasgrediendo normas constitucionales de inmunidad parlamentaria, es secuestrado y torturado a las órdenes de la policía política para luego ser exhibido como presa herida, en la creencia de que esa humillación pudiese servir de instrumento para acallar la disidencia.

Qué equivocados están. La náusea que provocan las imágenes generadas por seres carcomidos de odio, esclavos de sus bajas pasiones, solo ha servido para resaltar la dignidad del preso político, de Juan y de los cientos que desde hace varios lustros están o han estado encerrados en las mazmorras del régimen por sus deseos de vivir en libertad, democracia y progreso. Con ellos estamos presos todos quienes creemos en esos mismos principios y valores.

Por eso invito a que en vez de difundir las atrocidades orquestadas por el régimen, propaguemos más bien el apasionado discurso del diputado Juan Requesens en la Asamblea Nacional el pasado 7 de agosto, horas antes de caer en manos de sus captores.

“Que una madre tenga que enterrar a su muchacho porque lo mataron en una manifestación, que un padre no tenga cómo comprar un medicamento, eso es meterse con los venezolanos…  La desgracia que estamos viviendo en Venezuela es por culpa de quienes están aferrados al poder, dispuestos a gobernar sobre los cadáveres de los venezolanos que mueren todos los días… El arma de nosotros los políticos es el verbo, es la fuerza, es la voz y las ganas de cambiar. Yo me niego a rendirme, me niego a arrodillarme frente a quienes hoy pretenden quebrarnos la moral. Hoy puedo hablar desde aquí, mañana no sé… La única estrategia de la dictadura es aplastar a todo el que piense distinto… Nuestras motivaciones las tenemos por el amor a nuestra patria, a nuestro pueblo, las tomamos por una profunda convicción de lucha y compromiso por Venezuela. Cada quien tendrá su razón para luchar, cada quien tendrá esa razón que lo moviliza, pero sea la razón que sea, esta es la época para decir ¡basta! Basta de tanta desidia, basta de tanta persecución, no podemos acostumbrarnos a vivir en una Venezuela que se carcome…”

Ese es el verdadero Juan Requesens, el que debemos tener presente en estas horas menguadas, el que nos dará ánimo para seguir adelante, el entonces estudiante que en su momento dio la cara por la universidad, tarea continuada ahora por su hermana Rafaela; el político que acompañó a los jóvenes en sus luchas; el diputado de apenas 29 años que ahora dedica su vida generosamente a la defensa de ese pueblo que depositó en él sus esperanzas de reivindicación.

Tú, Juan, los innumerables presos políticos del régimen, los defensores de derechos humanos y civiles que sería largo enumerar, el sufrido pueblo que lucha decorosamente por su sobrevivencia, representan la decencia que se perfila en esa Venezuela mejor que nos está esperando. Estamos llamados a no desfallecer.

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