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Rafael Simón Jiménez: Magnicidios de verdad y magnicidios de mentira

 

La violencia, el terrorismo insurgente o el terrorismo de estado,  la represión, el uso de la fuerza y la confrontación armada, son en todas sus motivaciones y modalidades, métodos absolutamente execrables, que merecen no solo el repudio colectivo, sino ser desterrados de cualquier sociedad democrática y civilizada. La política es precisamente la negación de todo ese catalogo primitivo, es el imperio del dialogo, de la divergencia, del respeto y la tolerancia y sobre todo  del ejercicio de la libertad y de la soberanía popular practicada sin cortapisas, como mecanismo para dirimir las diferencias y asegurar el pluralismo y la alternabilidad entre los distintos factores políticos.

Los confusos  sucesos del pasado sábado cuatro de agosto en el contexto de la celebración de un nuevo aniversario de la guardia Nacional de Venezuela, solo sirven para que los venezolanos de convicciones democráticas ratifiquemos nuestro repudio a toda forma de agresión y acción armada que pretenda agredir a cualquier sector de la colectividad Venezolana, más aun, si como lo califica el gobierno se trata de un intento de magnicidio, ajeno por tradición a lo que ha sido la experiencia histórica venezolana.

Un atribulado Nicolás Maduro, recordaba al referirse a su versión de los hechos sucedidos  durante la parada militar en la avenida Bolívar, que en la historia contemporánea  del país, solo se han conocido dos episodios que pueden ser  calificados como acciones magnicidas. El primero de ellos perpetrado en la persona del teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud, Presidente de la Junta Militar de Gobierno que había derrocado al gobierno legitimo y popular de Rómulo Gallegos,  acaecido el 13 de noviembre de 1.950, en la Urbanización las Mercedes de Caracas, y el segundo felizmente frustrado el 24 de julio de 1.960 cuando un grupo de conspiradores de extrema derecha financiados y avituallados por la dictadura dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, pretendió matar al Presidente Rómulo Betancourt.

Según la recapitulación histórica, hecha por el jefe de Estado, la pretensión de asesinarle durante los actos de la Guardia Nacional, sería la tercera en nuestro devenir. Esta secuencia incurre en una grave e imperdonable omisión, al ignorar las numerosas acusaciones de intentos frustrados de magnicidios, que su antecesor,  “padre político y comandante eterno e inolvidable “Hugo Chávez, hiciera en numerosas oportunidades, bajo las más inverosímiles y desmesuradas circunstancias, donde solo basta recordar un francotirador apostado en Ciudad Bolívar, otro que fue descubierto en el calvario en las adyacencias de Miraflores, y otro más increíble aun,  que supuestamente quiso volar el avión Presidencial en plena operación de despegue en el aeropuerto de Maiquetía, mediante el uso de una bazuca. En todas esas oportunidades fuera de la operación propagandística desplegada, el gobierno no aporto mayores detalles sobre los autores de tan censurable hecho, ni presento ningún tipo de pruebas..

Resulta muy extraño que en su paseo por los magnicidios de la historia venezolana, Nicolás Maduro, no hiciera tampoco  mención, a anteriores denuncias suyas sobre complot y conspiraciones para asesinarlo, donde tampoco nunca se colocara de cara a la opinión pública pruebas concluyentes sobre los planes, personajes involucrados y medios de comisión.

Ha sido precisamente la manipulación, la torcedura propagandística, y la utilización de la mentira en forma reiterada y sistemática y con perversos objetivos políticos, lo que ha desacreditado la palabra gubernamental, de manera que cuando estamos frente a un suceso que por todo lo público y comunicacional pareciera verosímil y por supuesto condenable, existe una insensibilidad e  incredulidad en relación a la versión oficial, que solo puede ser superada con transparencia y objetividad, asegurando el acceso de todos los venezolanos a las actuaciones y diligencias practicada por investigadores profesionales que permitan que el común de la gente de algún crédito a la palabra gubernamental.

Por lo demás la condenable acción terrorista  del pasado cuatro de agosto, ha tenido desde el gobierno una respuesta que se coloca en el plano del terrorismo de estado, del atropello a las garantías constitucionales y a los derechos humanos. Los allanamientos sin orden judicial, la forma grotescamente inconstitucional a la que se acudió para violar la inmunidad parlamentaria de Julio Borges y Juan Requezens, las detenciones arbitrarias, y finalmente la publicación de un video infame donde el parlamentario confesaría su participación en los hechos,  son parte de una violencia ejercida desde  el poder que no se diferencia para nada  de la violencia que practican sectores radicales.

Venezuela vive la hora más grave de su acontecer contemporáneo. Una crisis pavorosa que mata de hambre y necesidad a los venezolanos y que expulsa a la desbandada a millones de compatriotas que buscan refugio en países vecinos, consume a la que fuera la economía más fuerte y solida de América Latina. La necesidad de cambios urgentes es un clamor compartido por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Solo rescatando los valores y las practicas  fundamentales sobre la que se edifica la democracia es decir: diálogos, consenso, respeto, tolerancia, acuerdos mínimos, pluralidad es posible superar la terrible situación de hoy, para ello es necesario  desterrar para siempre del ejercicio del poder y de las practicas de grupos radicales, los odios, la intolerancia, la violencia, el uso de la fuerza, la represión y todo cuanto signifique el retorno de la barbarie, la incivilidad y el primitivismo, que debieron quedar enterrados  en  la Venezuela del siglo XIX.

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